Ni siquiera pude “colocarla”… La malaria me seguía pegando duro pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante. Eso porque no sabía lo que me iba a pasar.
CAPITULO III ( 1989-1999) (Duodécima parte)
Les contaba que quería echarme uno pero mi “aparato” no respondía.
Se ve que el de arriba me tuvo lástima y a fines del ’98 apareció el VIAGRA.
¡Ah! Cuántos festejamos este invento. Pero mucho más lo festejaron las mujeres. “Por fin ese pedazo de carne inútil serviría para algo”, pensaron ellas.
El VIAGRA voló de las farmacias y el resultado fue impresionante.
Se pararon más corazones que penes.
En lo que a mí respecta; me dejé llevar por la ansiedad y, escéptico como buen argentino, me tomé 20 al mismo tiempo. Por las dudas.
Lo que no tuve en cuenta fue el estado neurosiquiátrico de mi novia. Resulta que a ella la internaron en el Moyano un ratito antes de que tomara las pastillas. No hubo forma de convencer a los médicos de que me dejaran estar con ella, aunque más no sea diez minutos.
Y eso que les expliqué que lo mío también era una emergencia.
Fue muy duro. Gracias a Dios que no me morí, porque sino no hubiesen podido cerrar el cajón. La erección me duro dos meses y parecía un circo ambulante. Iba de un lado a otro con la carpa...
Pero Alfredito argentino se la banca y le da para adelante...
Estaba empezando el ’99 y yo presentía que este por fin podía ser no sólo mi año sino también el año de todos los trabajadores, porque el Gobierno le declaró la guerra a la desocupación.
No le ganó ni siquiera una escaramuza. En este país los únicos que siempre tienen trabajo son los que hacen las encuestas para saber cuánta gente no tiene trabajo.
Pero Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
No era cuestión de bajar los brazos por una pequeña mala racha, ¿no? Y así estaba, pensando qué hacer con mi vida, cuando me encontré con un compañero de la primaria que había hecho mucha guita.
¡Era falsificador! Me dijo que se iba unos meses a Europa y necesitaba que alguien de confianza le cuidara la casa. Por supuesto, acepté.
Ah, no saben lo que era eso. Una mansión infernal. Pileta de natación, cancha de tenis, yacuzzi, sauna... ¡Y todo para mí.! ¡Qué verano de puta madre iba a pasar!
Dos días me duró la joda. Fue la época donde se puso de moda hacer razzias en busca de extranjeros indocumentados.
Un vecino me vio regando las plantas, creyó que era usurpador y me denunció. Yo traté de explicar mi situación, pero intuyo que los policías no me creyeron porque me decían: “¡Qué vas a ser argentino vos, jorobado de mierda!”.
Me dieron una paliza y encima destrozaron toda la casa, así que después mi amigo quiso hacerme juicio por daños...
Ahí fue cuando me hinché como un sapo y me agarré una culebrilla impresionante. Para curarme estuve un mes tomando sopa de tinta china.
Pero Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Leí un aviso de una agencia de seguridad que necesitaba personal... Como no pedían buena presencia, me mandé.
No lo podía creer. Me tomaron enseguida y me mandaron nada menos que a Punta del Este. “Salvé el verano” fue lo primero que se me vino a la cabeza.
Fui confiado porque me dijeron que era un trabajo muy tranquilo, al sol y en la playa. Llegué en enero del 99 para ser... ¡Custodio de Pamela Anderson!
En pleno auge de la serie Baywatch se le ocurrió venir al Uruguay.
Ni con un gol de Boca a River sobre la hora vi semejante avalancha. Me pasaron por arriba como 500 tipos. A ella le dejaron marcadas las manos en los pechos y a mí los pies en la espalda. No podía respirar.
Y encima un corto de vista me acariciaba la joroba y decía:
“¡Qué gomas tenés, Pamela!”.
Igual la saqué barata. Sólo tuve fisura de coxis y medio desprendimiento de retina. Para mi historia clínica, dos boludeces.
“Estoy de suerte y tengo que aprovecharlo”, me consolé.
¿Alfredito argentino con suerte? Eso tenés que verlo, o mejor dicho, leerlo, en el próximo capítulo de EL JOROBADO DE ARGENTINA.
martes, 1 de diciembre de 2009
domingo, 11 de octubre de 2009
MI VIDA SEXUAL EN TIEMPOS DEL TURCO
Me salvé raspando de mi incursión en el travestismo; pero eso me hizo recapacitar. Hacía rato que no tenía una mujer a mi lado. Ni abajo, ni arriba… Ni cerca siquiera. Hasta que en mi jorobado devenir, apareció una.
CAPITULO III ( 1989-1999) (Undécima parte)
Como ya sabrán, porque es muletilla, Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Vendí regalado el departamento en la Zona Roja y con la plata aproveché para estudiar periodismo. Porque Alfredito argentino no es ningún boludo.
Yo me di cuenta de que esa era la profesión del momento.
El periodismo había pasado de ser el cuarto poder, a ser el primero.
En parte por mérito propio y en parte porque, digamos la verdad, los otros tres ya daban lástima. (Y en general lo siguen dando)
La cosa es que hice un curso super veloz y en marzo ya trabajaba de movilero en una FM trucha. Mi primera nota la tuve que hacer en la casa de Susana Giménez. No me olvido más.
Cuando llegué a la casa había un despelote bárbaro de periodistas. Pero yo tenía que conseguir la exclusiva si quería ser famoso.
Por suerte el destino me ayudó y me pude colar.
Una vez adentro, fui testigo del momento culminante de la pelea entre Susana y Huberto. Y cómo único testigo presencial les puedo asegurar que Susana no le tiró un cenicero. Le tiró dos. Uno le pegó en la nariz a Huberto y el otro me partió la frente a mí.
Por eso hasta el día de la fecha, llevo desde la frente hasta la mitad de la cabeza una prótesis de acrílico con injertos de pelo natural.
Pero volví a recuperarme y salí con una sonrisa, dispuesto a seguir peleándole a la vida.
Porque Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Lo primero que hice fue ir a buscar la plata que precavidamente había dejado depositada en... ¡El Banco Patricios!
Si ya no podemos confiar en alguien de la colectividad para cuidar la guita, ¿entonces qué nos queda?
Cuando me estaba por tirar debajo de un colectivo me paró un tipo joven y bien vestido. Trató de convencerme de que aún tenía un futuro por delante y me ofreció trabajo. Pero yo ya estaba curtido.
Porque Alfredito argentino no es ningún boludo.
Primero pregunté de qué se trataba. Y resultó ser un laburo legal y fácil. Acepté y al otro día estaba trabajando de portero en Spartacus. ¡No pego una!
Cuando me dijeron que eso era un club de hombres, pensé que iban a jugar al truco, al ajedrez, al billar. Yo creía que hablaban de fútbol cuando los escuchaba decir “tomala vos, dámela a mí”. Y no quieran saber lo que sufrí para convencer a todos de que el que estaba en el video con el juez no era yo.
Terminé humillado; señalado... Y con una crisis nerviosa tal, que me salieron caries en el pie y hongos venenosos en las axilas.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
El Juez me mandó a hacer trabajos comunitarios y ahí conocí a una mujer maravillosa, dulce, amable y sencilla... los días que estaba cuerda.
Es que ella había sufrido mucho. Calculen cómo sería, que comparado con lo de ella lo mío era un pic nic de la primavera.
Por eso le dí ánimo. Le hacía notar que mucha gente estaba en la lona.
Pero que si nosotros nos esforzábamos y luchábamos sin descanso, también podríamos subir a la lona...
El amor floreció. Y es muy lindo estar enamorado. Es la vida.
Claro que también es lindo darle a la matraca. Como para reforzar el amor, digo. El problema fue cuando llegó la hora. ¿Pueden creer que no me funcionó? ¡Me quería matar!
Tanto tiempo esperando ese momento y resulta que a mi órgano sexual; a mi miembro viril, se le ocurre declararse en huelga.
Y miren que le hablé, lo amenacé, le rogué... Y nada. No se paró ni con el Himno Nacional.
La mina, que estaba muy enamorada y también muy caliente, me llevó a un médico. El tordo, ni bien me revisó, me dijo: “Disculpe, pero con todo lo que le pasó, ¿usted qué esperaba?”
“Por lo menos “uno” le contesté”
¿Pude o no pude? ¿Concreté o no? Si la duda cruel los carcome, no se pierdan la próxima entrega de EL JORONADO DE ARGENTINA
CAPITULO III ( 1989-1999) (Undécima parte)
Como ya sabrán, porque es muletilla, Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Vendí regalado el departamento en la Zona Roja y con la plata aproveché para estudiar periodismo. Porque Alfredito argentino no es ningún boludo.
Yo me di cuenta de que esa era la profesión del momento.
El periodismo había pasado de ser el cuarto poder, a ser el primero.
En parte por mérito propio y en parte porque, digamos la verdad, los otros tres ya daban lástima. (Y en general lo siguen dando)
La cosa es que hice un curso super veloz y en marzo ya trabajaba de movilero en una FM trucha. Mi primera nota la tuve que hacer en la casa de Susana Giménez. No me olvido más.
Cuando llegué a la casa había un despelote bárbaro de periodistas. Pero yo tenía que conseguir la exclusiva si quería ser famoso.
Por suerte el destino me ayudó y me pude colar.
Una vez adentro, fui testigo del momento culminante de la pelea entre Susana y Huberto. Y cómo único testigo presencial les puedo asegurar que Susana no le tiró un cenicero. Le tiró dos. Uno le pegó en la nariz a Huberto y el otro me partió la frente a mí.
Por eso hasta el día de la fecha, llevo desde la frente hasta la mitad de la cabeza una prótesis de acrílico con injertos de pelo natural.
Pero volví a recuperarme y salí con una sonrisa, dispuesto a seguir peleándole a la vida.
Porque Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Lo primero que hice fue ir a buscar la plata que precavidamente había dejado depositada en... ¡El Banco Patricios!
Si ya no podemos confiar en alguien de la colectividad para cuidar la guita, ¿entonces qué nos queda?
Cuando me estaba por tirar debajo de un colectivo me paró un tipo joven y bien vestido. Trató de convencerme de que aún tenía un futuro por delante y me ofreció trabajo. Pero yo ya estaba curtido.
Porque Alfredito argentino no es ningún boludo.
Primero pregunté de qué se trataba. Y resultó ser un laburo legal y fácil. Acepté y al otro día estaba trabajando de portero en Spartacus. ¡No pego una!
Cuando me dijeron que eso era un club de hombres, pensé que iban a jugar al truco, al ajedrez, al billar. Yo creía que hablaban de fútbol cuando los escuchaba decir “tomala vos, dámela a mí”. Y no quieran saber lo que sufrí para convencer a todos de que el que estaba en el video con el juez no era yo.
Terminé humillado; señalado... Y con una crisis nerviosa tal, que me salieron caries en el pie y hongos venenosos en las axilas.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
El Juez me mandó a hacer trabajos comunitarios y ahí conocí a una mujer maravillosa, dulce, amable y sencilla... los días que estaba cuerda.
Es que ella había sufrido mucho. Calculen cómo sería, que comparado con lo de ella lo mío era un pic nic de la primavera.
Por eso le dí ánimo. Le hacía notar que mucha gente estaba en la lona.
Pero que si nosotros nos esforzábamos y luchábamos sin descanso, también podríamos subir a la lona...
El amor floreció. Y es muy lindo estar enamorado. Es la vida.
Claro que también es lindo darle a la matraca. Como para reforzar el amor, digo. El problema fue cuando llegó la hora. ¿Pueden creer que no me funcionó? ¡Me quería matar!
Tanto tiempo esperando ese momento y resulta que a mi órgano sexual; a mi miembro viril, se le ocurre declararse en huelga.
Y miren que le hablé, lo amenacé, le rogué... Y nada. No se paró ni con el Himno Nacional.
La mina, que estaba muy enamorada y también muy caliente, me llevó a un médico. El tordo, ni bien me revisó, me dijo: “Disculpe, pero con todo lo que le pasó, ¿usted qué esperaba?”
“Por lo menos “uno” le contesté”
¿Pude o no pude? ¿Concreté o no? Si la duda cruel los carcome, no se pierdan la próxima entrega de EL JORONADO DE ARGENTINA
lunes, 14 de septiembre de 2009
¡LA VIDA COLOR DE ZONA ROJA!
La etapa del Turco presidente no habrá sido buena pero sí fue entretenida. Yo la seguía peleando; no me daba por vencido y juré salir adelante aunque tenga que romperme el culo. Y las promesas se hacen para cumplirlas. ¡Y sufrirlas!
CAPITULO III ( 1989-1999) (décima parte)
Les contaba en el Capítulo anterior que por entonces me encontré con una Alianza.
Cuando me contaron que se habían unido los radicales con el Frepaso, me reí. Pensé que era una joda para Tinelli.
Pero no. Estaban juntos, nomás. “Coincidencias programáticas, me dijeron”. Y pensar que para las elecciones del ’95 fueron enemigos a muerte y se acusaron de todo.
Encima Hilda “Chiche” Duhalde había perdido en la provincia con una tal Graciela Fernández Meijide. (Otra “iluminada” figura política que venía para combatir a los políticos tradicionales. Será inolvidable su spot televisivo de campaña en que se la veía pisando barro en una villa de emergencia. Dicen que habría sido la primera vez que vio a un pobre. Y la última.)
Yo no la conocía, pero igual me puse contento porque en nuestra política hacía falta “sangre joven”.
Sentía que todo esto abría una posibilidad de cambio.
Y como Alfredito argentino se la banca y le da para adelante, me asocié con un arquitecto al que ni para manejar un taxi lo tomaban y empezamos a pedir limosna. Ni bien juntamos un peso nos compramos un cartón de Telekino.
¿Quieren creer que nos ganamos el primer premio?. No fue un monto de los que te cambia la vida pero sirvió. Nos quedaron cien lucas a cada uno.
Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, ¿qué hizo?
Enseguida puse la mitad en el banco. Y con la otra mitad abrí un coqueto restaurante por Palermo en una zona concheta.
Todo indicaba que me iba a llenar de plata. Recuerdo que el mes de noviembre de 1997 fue increíble.
Se puso de moda el robo a restaurantes. Miren como habrá sido que a mí... ¡Me asaltaron once veces!
La última, como no había ni plata ni clientes, se llevaron los jamones que tenía colgados del techo y la máquina de hacer ravioles.
Ese problema me provocó una nueva alteración física. Tuve mal de Parkinson testicular. Sí, no se rían. Cada vez que salía a la calle me temblaban los huevos.
Por suerte recuperé unas veinte lucas de todo eso. Y como no quería tocar lo del banco, pensé: “Tengo que invertir en algo seguro. Y qué más seguro que la propiedad. Los ladrillos siempre dan ganancias.”
Buscando en el diario encontré una oferta maravillosa.
Un departamento de tres ambientes, planta baja a la calle, y pedían 25 mil pesos. Sí, ya sé. Algún curro debía haber, pensarán ustedes.
Yo también, porque Alfredito argentino no es ningún boludo.
Pero fui un mediodía a verlo y estaba bárbaro. Además el dueño tenía todos los papeles en regla. Así que se lo compré.
“Si el tipo es un gil, la culpa no es mía”, pensé.
Y en los primeros días de 1998 me fui a vivir a mi hermoso y tranquilo departamento en planta baja a la calle, ubicado en ¡Paraguay y Godoy Cruz, Palermo Viejo!
¿Y qué carajo sabía yo de travestis?!
Pensé que le decían Zona Roja porque eran todos de Independiente. Para colmo enganché el fin de los edictos. ¡Para qué les voy a contar!
De noche armaban quilombo los travestis y de día armaban quilombo los vecinos. Todo este asunto me volvió a desestabilizar los nervios y tuve alteraciones sicosomáticas. Resultado: me crecieron tetas.
¡Lo único que me faltaba.! Ahí nomás pensé en suicidarme. Pero una vocecita interna me dijo: “Alfredito, no seas boludo” “Aprovechá esas tetas. Ponete una peluca, pintate los labios y salí que te llenás de guita”
En otro momento me hubiera negado rotundamente. Pero estaba sin laburo y sin plata. Porque la del banco no la quería tocar. La guardaba para cuando las cosas me fueran mal. Y además sentía que mi vida necesitaba un cambio. Esta era mi gran oportunidad.
Así que esa noche me vestí de mujer y salí dispuesto, perdón, dispuesta a ganar plata de una buena vez.
No me dieron bola ni los borrachos. El único vehículo que paró fue el camión de la basura. Para colmo con los zapatos de taco alto me torcí 24 veces los tobillos y me quedó un esguince crónico.
El maquillaje me sacó un sarpullido que me dejó la cara peor que la de Freddy Krugger. Y encima, por la presión de la medibacha, se me hernió un huevo.
Pero Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Para saber lo que había adelante (si es que no lo recuerdan) no se pierdan el próximo capítulo de EL JOROBADO DE ARGENTINA.
CAPITULO III ( 1989-1999) (décima parte)
Les contaba en el Capítulo anterior que por entonces me encontré con una Alianza.
Cuando me contaron que se habían unido los radicales con el Frepaso, me reí. Pensé que era una joda para Tinelli.
Pero no. Estaban juntos, nomás. “Coincidencias programáticas, me dijeron”. Y pensar que para las elecciones del ’95 fueron enemigos a muerte y se acusaron de todo.
Encima Hilda “Chiche” Duhalde había perdido en la provincia con una tal Graciela Fernández Meijide. (Otra “iluminada” figura política que venía para combatir a los políticos tradicionales. Será inolvidable su spot televisivo de campaña en que se la veía pisando barro en una villa de emergencia. Dicen que habría sido la primera vez que vio a un pobre. Y la última.)
Yo no la conocía, pero igual me puse contento porque en nuestra política hacía falta “sangre joven”.
Sentía que todo esto abría una posibilidad de cambio.
Y como Alfredito argentino se la banca y le da para adelante, me asocié con un arquitecto al que ni para manejar un taxi lo tomaban y empezamos a pedir limosna. Ni bien juntamos un peso nos compramos un cartón de Telekino.
¿Quieren creer que nos ganamos el primer premio?. No fue un monto de los que te cambia la vida pero sirvió. Nos quedaron cien lucas a cada uno.
Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, ¿qué hizo?
Enseguida puse la mitad en el banco. Y con la otra mitad abrí un coqueto restaurante por Palermo en una zona concheta.
Todo indicaba que me iba a llenar de plata. Recuerdo que el mes de noviembre de 1997 fue increíble.
Se puso de moda el robo a restaurantes. Miren como habrá sido que a mí... ¡Me asaltaron once veces!
La última, como no había ni plata ni clientes, se llevaron los jamones que tenía colgados del techo y la máquina de hacer ravioles.
Ese problema me provocó una nueva alteración física. Tuve mal de Parkinson testicular. Sí, no se rían. Cada vez que salía a la calle me temblaban los huevos.
Por suerte recuperé unas veinte lucas de todo eso. Y como no quería tocar lo del banco, pensé: “Tengo que invertir en algo seguro. Y qué más seguro que la propiedad. Los ladrillos siempre dan ganancias.”
Buscando en el diario encontré una oferta maravillosa.
Un departamento de tres ambientes, planta baja a la calle, y pedían 25 mil pesos. Sí, ya sé. Algún curro debía haber, pensarán ustedes.
Yo también, porque Alfredito argentino no es ningún boludo.
Pero fui un mediodía a verlo y estaba bárbaro. Además el dueño tenía todos los papeles en regla. Así que se lo compré.
“Si el tipo es un gil, la culpa no es mía”, pensé.
Y en los primeros días de 1998 me fui a vivir a mi hermoso y tranquilo departamento en planta baja a la calle, ubicado en ¡Paraguay y Godoy Cruz, Palermo Viejo!
¿Y qué carajo sabía yo de travestis?!
Pensé que le decían Zona Roja porque eran todos de Independiente. Para colmo enganché el fin de los edictos. ¡Para qué les voy a contar!
De noche armaban quilombo los travestis y de día armaban quilombo los vecinos. Todo este asunto me volvió a desestabilizar los nervios y tuve alteraciones sicosomáticas. Resultado: me crecieron tetas.
¡Lo único que me faltaba.! Ahí nomás pensé en suicidarme. Pero una vocecita interna me dijo: “Alfredito, no seas boludo” “Aprovechá esas tetas. Ponete una peluca, pintate los labios y salí que te llenás de guita”
En otro momento me hubiera negado rotundamente. Pero estaba sin laburo y sin plata. Porque la del banco no la quería tocar. La guardaba para cuando las cosas me fueran mal. Y además sentía que mi vida necesitaba un cambio. Esta era mi gran oportunidad.
Así que esa noche me vestí de mujer y salí dispuesto, perdón, dispuesta a ganar plata de una buena vez.
No me dieron bola ni los borrachos. El único vehículo que paró fue el camión de la basura. Para colmo con los zapatos de taco alto me torcí 24 veces los tobillos y me quedó un esguince crónico.
El maquillaje me sacó un sarpullido que me dejó la cara peor que la de Freddy Krugger. Y encima, por la presión de la medibacha, se me hernió un huevo.
Pero Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Para saber lo que había adelante (si es que no lo recuerdan) no se pierdan el próximo capítulo de EL JOROBADO DE ARGENTINA.
martes, 7 de julio de 2009
¡DE GUIYOTE A MAURO VIALE!
Yo pensé que verme involucrado en el Caso Còppola era lo peor que me podía pasar. Pero no. Todavía me faltaba pasar por lo Mauro Viale y su troupe de invitados. Aunque ahí tampoco terminó todo. Como será de injusta la vida que Cóppola pudo sacar un libro, y venderlo, mientras que yo apenas consigo que lean este blog.
CAPITULO III ( 1989-1999) (novena parte)
Como les contaba en el capítulo anterior, algo no quedó claro porque me mandaron preso a Dolores. ¡Qué ciudad! En esa época tenía más visitantes que Mar del Plata. Allá me agarró otro juez, un tal “Bernaschotti” creo. Ustedes lo vieran; pulcro, fino, impecable, todo un gentleman.
Cuando entré a su oficina, el juez estaba cerrando un gran frasco de gomina, mientras pedía por teléfono agujas de colchonero para pinchar teléfonos. Enseguida cortó, repasó el expediente y lo primero que me preguntó fue si conocía al "Conejo" y a "la morsa".
“Yo le contesté que sí, que los había visto en el Discovery Channel”
Ni bien dije eso, unos me querían mandar a Sierra Chica y otros a la colonia Open Door. Finalmente el juez “Bernaschotti” me propuso largarme con la condición de que trabajara para él como agente encubierto. Es que ese entonces el tipo se había recopado con la idea de investigar a los famosos.
La primera misión que me dio fue la seguir y vigilar estrechamente al Oso Arturo, porque sospechaba por el tamaño de su nariz. (Aclara para los distraídos que Arturo era un Oso Hormiguero que tuvo su momento de gloria en VideoMatch y hoy debe estar en un geriátrico de muñecos junto con Grok, de la Ola Verde, y Petete)
Después me mandó a secuestrar todos los libros de “Blanca Cota” y por último tuve que investigar la vida privada de Carozo y Narizota.
Como todo eso no condujo a nada y solo le hizo perder tiempo y plata a la Justicia, yo renuncié.
Pensar que después de tanto despelote, los culpables hoy son inocentes y los acusadores están todos en cana.
De todas formas me fui contento. Porque Dios te saca por un lado y te da por otro. Durante ese tiempo conocí a la mujer de mi vida. Ella me devolvió la sensación del amor; la posibilidad de tener un futuro mejor. Por eso lo primero que hice fue ir a visitar a mi pobre vieja al geriátrico donde terminó al ver todo lo que me iba sucediendo.
Para mí era como una revancha. Después de tantas malas, quería darle la buena noticia de que su hijo iba a rehacer su vida y su hogar. Quería alegrarla contándole que me la iba a llevar para que viva conmigo y la que sería mi esposa. Y ahí nomás le presenté a mi santa novia, Samantha Farjat. Y a los padrinos de la boda, Yayo y Natalia.
Mucha gente fue al velorio de mamá.
Al menos eso fue los que me contaron cuando salí del coma neurológico en el caí al ver la cara de mi vieja cuando le di la noticia.
Pero Juancito argentino se la banca y le da para adelante.
Estábamos en pleno año ’97 y por haber estado en Dolores, me invitaron a un programa de televisión, conducido por Mauro Viale.
¡Mamita querida! Aquello parecía Titanes en el Ring.
Primero zafé del tirón de pelo de María Fernanda y su mamá. Eludí apenas los arrebatos de Adriana Aguirre y su insólito marido Ricardo García. Después esquivé un cachetazo de "Chizito" Winograd pero al final ligué una trompada de la Momia y volví a caer en coma.
Cuando me desperté, lo primero que me pregunté fue: "¿Juancito Argentino se la banca y le da para adelante o es mejor seguir en coma? Opté por la segunda, pero en el hospital me rajaron de una patada en el culo porque, como ayer y hoy, necesitan camas libres. Así que no tuve más remedio que volver a la lucha.
La primera sorpresa fue que teníamos un nuevo ministro de Economía. Domingo Cavallo se fue al galope y lo reemplazó Rocky Fernández. Ojo; ya sé que se llama Roque. Yo lo bautizé “Rocky” porque nos terminó de noquear.
Y también me encontré con una Alianza.
¿Querés saber como me fue con Alianza? Parece que no te alcanza con saber como te fue a vos. Y no yo no fui la excepción. Lo mío cada vez se hacía más “jorobado”.
CAPITULO III ( 1989-1999) (novena parte)
Como les contaba en el capítulo anterior, algo no quedó claro porque me mandaron preso a Dolores. ¡Qué ciudad! En esa época tenía más visitantes que Mar del Plata. Allá me agarró otro juez, un tal “Bernaschotti” creo. Ustedes lo vieran; pulcro, fino, impecable, todo un gentleman.
Cuando entré a su oficina, el juez estaba cerrando un gran frasco de gomina, mientras pedía por teléfono agujas de colchonero para pinchar teléfonos. Enseguida cortó, repasó el expediente y lo primero que me preguntó fue si conocía al "Conejo" y a "la morsa".
“Yo le contesté que sí, que los había visto en el Discovery Channel”
Ni bien dije eso, unos me querían mandar a Sierra Chica y otros a la colonia Open Door. Finalmente el juez “Bernaschotti” me propuso largarme con la condición de que trabajara para él como agente encubierto. Es que ese entonces el tipo se había recopado con la idea de investigar a los famosos.
La primera misión que me dio fue la seguir y vigilar estrechamente al Oso Arturo, porque sospechaba por el tamaño de su nariz. (Aclara para los distraídos que Arturo era un Oso Hormiguero que tuvo su momento de gloria en VideoMatch y hoy debe estar en un geriátrico de muñecos junto con Grok, de la Ola Verde, y Petete)
Después me mandó a secuestrar todos los libros de “Blanca Cota” y por último tuve que investigar la vida privada de Carozo y Narizota.
Como todo eso no condujo a nada y solo le hizo perder tiempo y plata a la Justicia, yo renuncié.
Pensar que después de tanto despelote, los culpables hoy son inocentes y los acusadores están todos en cana.
De todas formas me fui contento. Porque Dios te saca por un lado y te da por otro. Durante ese tiempo conocí a la mujer de mi vida. Ella me devolvió la sensación del amor; la posibilidad de tener un futuro mejor. Por eso lo primero que hice fue ir a visitar a mi pobre vieja al geriátrico donde terminó al ver todo lo que me iba sucediendo.
Para mí era como una revancha. Después de tantas malas, quería darle la buena noticia de que su hijo iba a rehacer su vida y su hogar. Quería alegrarla contándole que me la iba a llevar para que viva conmigo y la que sería mi esposa. Y ahí nomás le presenté a mi santa novia, Samantha Farjat. Y a los padrinos de la boda, Yayo y Natalia.
Mucha gente fue al velorio de mamá.
Al menos eso fue los que me contaron cuando salí del coma neurológico en el caí al ver la cara de mi vieja cuando le di la noticia.
Pero Juancito argentino se la banca y le da para adelante.
Estábamos en pleno año ’97 y por haber estado en Dolores, me invitaron a un programa de televisión, conducido por Mauro Viale.
¡Mamita querida! Aquello parecía Titanes en el Ring.
Primero zafé del tirón de pelo de María Fernanda y su mamá. Eludí apenas los arrebatos de Adriana Aguirre y su insólito marido Ricardo García. Después esquivé un cachetazo de "Chizito" Winograd pero al final ligué una trompada de la Momia y volví a caer en coma.
Cuando me desperté, lo primero que me pregunté fue: "¿Juancito Argentino se la banca y le da para adelante o es mejor seguir en coma? Opté por la segunda, pero en el hospital me rajaron de una patada en el culo porque, como ayer y hoy, necesitan camas libres. Así que no tuve más remedio que volver a la lucha.
La primera sorpresa fue que teníamos un nuevo ministro de Economía. Domingo Cavallo se fue al galope y lo reemplazó Rocky Fernández. Ojo; ya sé que se llama Roque. Yo lo bautizé “Rocky” porque nos terminó de noquear.
Y también me encontré con una Alianza.
¿Querés saber como me fue con Alianza? Parece que no te alcanza con saber como te fue a vos. Y no yo no fui la excepción. Lo mío cada vez se hacía más “jorobado”.
martes, 19 de mayo de 2009
¡CATARATA DE MALES!
No paran de pasarme cosas. Cada vez que aparece una oportunidad, viene acompañada de una desgracia. No sé si soy yo o simplemente el hecho de vivir en la Argentina. Lean lo que sucedió
CAPITULO III ( 1989-1999) (octava parte)
Al final del capítulo anterior les contaba que me había comprado un taxi.
Alfredito Argentino no es ningún boludo. Yo sabía perfectamente como ganar plata en lugares donde se conseguían buenos viajes.
Mi primer día con el taxi me fui a los aeropuertos. ¡Para qué!
Primero me agarró la mafia de Ezeiza y después la de Aeroparque.
Me cortaron las cuatro gomas; me dejaron el auto con más rayas que una cebra y me pusieron ácido en el radiador. Pero como ahora estábamos en democracia, me fui a quejar a la Policía Aeronáutica, que actuó inmediatamente.
Estuve dos meses preso a pan y agua.
Por suerte, solo tuve un edema pulmonar, sarnilla y ocho uñas encarnadas. Además salí sonriendo porque Alfredito Argentino a esa altura era un poco boludo nada más.
Mi auto no servía más pero lo tenía asegurado. Preparé la carpeta con los doscientos treinta cinco papeles que te piden cuando tenés un siniestro y me presenté en las oficinas de la Compañía de Seguros.
En lugar de oficinas había un sauna. La compañía había sido liquidada el año pasado.
Resumiendo: tuve que vender el auto como chatarra y morfarme la póliza. Sin embargo Alfredito Argentino se la banca pero ya no sé hasta cuándo.
Me acordé que a un pasajero que llevé le caí tan bien que me dio su tarjeta. Lo fui a ver y ahí nomás me ofreció trabajo como ayudante suyo. Un fenómeno de tipo resultó el fiscal Lanusse.
La macana es que yo ni sabía que investigaba a la mafia del oro.
Por eso cuando esos seis tipos grandotes dijeron que nos iban a dejar un presente; yo pensé en un anillo o una cadenita. ¡Nada que ver!
¡Nos tatuaron la palabra oro!
Al fiscal en la frente y a mí en el culo. Para colmo yo sufrí más porque la bestia que me lo hizo era tan bruto que escribió “oro” con hache.
Uno de los médicos que me atendió se conmovió con mi historia y me recomendó con un tío que tenía una pizzería en Palermo.
Enganché como repartidor. La zona era muy cajetilla y empecé a recibir buenas propinas. Especialmente de un señor que vivía en Libertador al 3500 y solía pedir pizza con champán.
Era re-conocido. Se llamaba Guillermo, tenía el cabello canoso y era algo de Maradona, no me acuerdo bien qué.
Resulta que un día llevo un pedido y estaba lleno de gente. Policías, jueces, periodistas.
Pensé que era otra de sus reuniones habituales pero no; había un allanamiento. Me cazaron de las pestañas y me entraron a preguntar sobre la "merca". Los descubrí enseguida.
Alfredito Argentino no es tan boludo como parece.
Eran de salud pública y estaban investigando la pizzería.
Para quedar bien con el dueño, les dije que era "merca" de primera. Los tipos me miraban extrañados. Entonces el juez quiso saber si llevaba "ravioles". “No, le contesté. Solamente pizzas”.
Después me llevaron adentro del departamento. ¡Qué piso! Un lujo. De pronto hubo un revuelo bárbaro porque alguien encontró algo dentro de un jarrón. "No es nada, muchachos”, los tranquilicé. “Todos lo hacen. Mi abuela guardaba la postiza adentro de un jarrón".
El juez, bastante molesto, me preguntó si conocía al dueño del departamento. Yo le conté lo poco que sabía. Por ejemplo que el hombre trabajaba en Telecom o Telefónica porque oí que varios le pedían que les habilitara una línea. Además debería jugar bien al tenis porque otros comentaban: "Qué buen saque". De la que no pude dar datos fue del ama de llaves. Porque si bien muchos la nombraban, yo a esa tal "Blanca" nunca la vi.
Se ve que algo no quedó claro porque me mandaron preso a Dolores.
Les cuento que la historia sigue y hay datos y hechos que no aparecen ni en el reciente libro de Guillote.
Los espero.
CAPITULO III ( 1989-1999) (octava parte)
Al final del capítulo anterior les contaba que me había comprado un taxi.
Alfredito Argentino no es ningún boludo. Yo sabía perfectamente como ganar plata en lugares donde se conseguían buenos viajes.
Mi primer día con el taxi me fui a los aeropuertos. ¡Para qué!
Primero me agarró la mafia de Ezeiza y después la de Aeroparque.
Me cortaron las cuatro gomas; me dejaron el auto con más rayas que una cebra y me pusieron ácido en el radiador. Pero como ahora estábamos en democracia, me fui a quejar a la Policía Aeronáutica, que actuó inmediatamente.
Estuve dos meses preso a pan y agua.
Por suerte, solo tuve un edema pulmonar, sarnilla y ocho uñas encarnadas. Además salí sonriendo porque Alfredito Argentino a esa altura era un poco boludo nada más.
Mi auto no servía más pero lo tenía asegurado. Preparé la carpeta con los doscientos treinta cinco papeles que te piden cuando tenés un siniestro y me presenté en las oficinas de la Compañía de Seguros.
En lugar de oficinas había un sauna. La compañía había sido liquidada el año pasado.
Resumiendo: tuve que vender el auto como chatarra y morfarme la póliza. Sin embargo Alfredito Argentino se la banca pero ya no sé hasta cuándo.
Me acordé que a un pasajero que llevé le caí tan bien que me dio su tarjeta. Lo fui a ver y ahí nomás me ofreció trabajo como ayudante suyo. Un fenómeno de tipo resultó el fiscal Lanusse.
La macana es que yo ni sabía que investigaba a la mafia del oro.
Por eso cuando esos seis tipos grandotes dijeron que nos iban a dejar un presente; yo pensé en un anillo o una cadenita. ¡Nada que ver!
¡Nos tatuaron la palabra oro!
Al fiscal en la frente y a mí en el culo. Para colmo yo sufrí más porque la bestia que me lo hizo era tan bruto que escribió “oro” con hache.
Uno de los médicos que me atendió se conmovió con mi historia y me recomendó con un tío que tenía una pizzería en Palermo.
Enganché como repartidor. La zona era muy cajetilla y empecé a recibir buenas propinas. Especialmente de un señor que vivía en Libertador al 3500 y solía pedir pizza con champán.
Era re-conocido. Se llamaba Guillermo, tenía el cabello canoso y era algo de Maradona, no me acuerdo bien qué.
Resulta que un día llevo un pedido y estaba lleno de gente. Policías, jueces, periodistas.
Pensé que era otra de sus reuniones habituales pero no; había un allanamiento. Me cazaron de las pestañas y me entraron a preguntar sobre la "merca". Los descubrí enseguida.
Alfredito Argentino no es tan boludo como parece.
Eran de salud pública y estaban investigando la pizzería.
Para quedar bien con el dueño, les dije que era "merca" de primera. Los tipos me miraban extrañados. Entonces el juez quiso saber si llevaba "ravioles". “No, le contesté. Solamente pizzas”.
Después me llevaron adentro del departamento. ¡Qué piso! Un lujo. De pronto hubo un revuelo bárbaro porque alguien encontró algo dentro de un jarrón. "No es nada, muchachos”, los tranquilicé. “Todos lo hacen. Mi abuela guardaba la postiza adentro de un jarrón".
El juez, bastante molesto, me preguntó si conocía al dueño del departamento. Yo le conté lo poco que sabía. Por ejemplo que el hombre trabajaba en Telecom o Telefónica porque oí que varios le pedían que les habilitara una línea. Además debería jugar bien al tenis porque otros comentaban: "Qué buen saque". De la que no pude dar datos fue del ama de llaves. Porque si bien muchos la nombraban, yo a esa tal "Blanca" nunca la vi.
Se ve que algo no quedó claro porque me mandaron preso a Dolores.
Les cuento que la historia sigue y hay datos y hechos que no aparecen ni en el reciente libro de Guillote.
Los espero.
lunes, 20 de abril de 2009
¡QUE SUERTE PARA LAS DESGRACIAS!
Esa inmortal frase del recordado Pepe Biondi (si no saben quien es, busquen en Internet, chicos) me venía como anillo. Y como no iba a ir de desgracia en desgracia si era un simple argentino. Por eso me pasaban cosas como estas.
CAPITULO III ( 1989-1999) (septima parte)
¿Recuerdan que al final del capítulo anterior pedían un ayudante para una carpintería en el gran Buenos Aires?
Bueno, resulta que me presenté y me tomaron. Jamás me olvidaré de ese día de julio del 96. La primera tarea que me encomendaron fue darle un retoque final a un ropero en la casa del cliente.
Allá me fui. Era un departamento impresionante. Y el ropero era un placard con vestidor a todo lujo. Cuando la esposa me contó que valía 19 mil dólares le dije que me parecía un poco caro.
Ni bien terminé de decirlo entraron al departamento un montón de policías y fiscales de la Oficina Anticorrupción.
Parece que ellos tampoco podían creer el costo de ese mueble.
A mi se me dio por comentar que podría parecer caro para uno pero no para el dueño, que debería ser un millonario o un galán de la tele. Y para respaldar mis palabras les mostré el contenido del ropero. Trajes de etiqueta; corbatas de seda y zapatos bicolor. No había duda de que el tipo era un verdadero dandy.
Los fiscales miraron a los policías y se largaron a reir. Luego me aclararon que el tipo no era ni una cosa ni la otra. El ropero pertenecía al Juez Trovato.
En medio de mi perplejidad, alegué que el Juez Trovato no sería un galán de la tele pero algo tenía que ver con la farándula ya que una foto suya bailando con Silvia Suller fue tapa de la revista Caras.
Además si el tipo se quería gastar diecinueve mil dólares en un ropero era cosa suya. Sobre gustos no hay nada escrito decía mi abuela y le ponía dulce de leche al bacalao.
Ahí los fiscales dejaron de reírse y me contaron que el ropero no lo compró sino que lo habría recibido de coima. Encima me acusaron de encubridor, intermediario y no sé que más porque ahí mismo me dio un soponcio.
No era para menos. Se trataba de un Juez de la Nación.
Igual yo confiaba en que éste sería el único Juez que aceptaría un soborno durante el gobierno menemista y los que le siguieran.
Que el resto; Corte Suprema incluida, fallarían de manera justa y ejemplar. (No diga nada. Pensamos igual. Si los boludos fueran globos yo estaría en todos los cumpleaños)
Este nuevo tiempo de reposo me permitió analizar la realidad y fue así como descubrí cual era el rebusque del momento: vendedor ambulante. ¿No vieron la cantidad que hay? Las veredas están llenas de gente y resulta que el ochenta por ciento son vendedores ambulantes, un diez ciento son arrebatadores y punguistas, y el resto transeúntes.
Si a eso le agregamos las mesitas de los bares y los “regalitos” caninos, para poder caminar por una vereda tenés que hacer más gambetas que Maradona en el gol a los ingleses.
De todas formas ni bien dejé la cama, me largué como vendedor ambulante.
Pero atención: Alfredito Argentino no es tan boludo. Busqué un producto que no vendiera nadie. Por eso gasté mis últimos pesos comprando mil paquetes de velas y me armé un puestito en el microcentro. Fue el 12 de setiembre de 1996 a la tardecita. ¡No me olvido más!
Cuando se produjo semejante apagón pensé que era mi día de suerte.
En medio de la oscuridad prendí 50 velas para llamar la atención.
¡Cómo corno iba a saber que era un apagón político organizado por Chacho Alvarez! (que por entonces se dedicaba a la política y no ha levantarse a Solita Silveyra)
La cosa fue que de repente cayeron unos veinte monos del Frepaso (supo ser un partido político que duro lo que Chacho en el gobierno) y antes de que volviera la luz me hicieron morfar todas las velas. Y no quieran saber dónde me metieron las que estaban encendidas.
¡Fue muy duro! Y encima no le sacaron el portavelas.
Por suerte no hay mal que por bien no venga.
Un chabón que vio lo que me pasó, se acercó y me propuso un negocio que me dejaría muy buena plata.
Yo acepté porque Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante aunque le den por atrás...
Después de todas las velas que me tragué, el chabón me hizo comer cuatro kilos de remolacha; siete kilos de acelga, dos de azafrán y de postre, mousse de Cirulaxia.
Fue sentarme y listo. Estuve una semana haciendo velitas de colores. Vendimos cualquier cantidad. Esto comprueba que la gente en la calle compra cualquier mierda.
Aunque no me crean, gané plata y la usé para progresar. Para buscar un trabajo sin patrón y manejar mis propios horarios. No quería depender de nadie. Por eso me compré un taxi.
¿Se imaginan al pobre Alfredito Argentino manejando un taxi? La próxima se los cuento. No me abandonen y de vez en cuando mándeme un mail…
CAPITULO III ( 1989-1999) (septima parte)
¿Recuerdan que al final del capítulo anterior pedían un ayudante para una carpintería en el gran Buenos Aires?
Bueno, resulta que me presenté y me tomaron. Jamás me olvidaré de ese día de julio del 96. La primera tarea que me encomendaron fue darle un retoque final a un ropero en la casa del cliente.
Allá me fui. Era un departamento impresionante. Y el ropero era un placard con vestidor a todo lujo. Cuando la esposa me contó que valía 19 mil dólares le dije que me parecía un poco caro.
Ni bien terminé de decirlo entraron al departamento un montón de policías y fiscales de la Oficina Anticorrupción.
Parece que ellos tampoco podían creer el costo de ese mueble.
A mi se me dio por comentar que podría parecer caro para uno pero no para el dueño, que debería ser un millonario o un galán de la tele. Y para respaldar mis palabras les mostré el contenido del ropero. Trajes de etiqueta; corbatas de seda y zapatos bicolor. No había duda de que el tipo era un verdadero dandy.
Los fiscales miraron a los policías y se largaron a reir. Luego me aclararon que el tipo no era ni una cosa ni la otra. El ropero pertenecía al Juez Trovato.
En medio de mi perplejidad, alegué que el Juez Trovato no sería un galán de la tele pero algo tenía que ver con la farándula ya que una foto suya bailando con Silvia Suller fue tapa de la revista Caras.
Además si el tipo se quería gastar diecinueve mil dólares en un ropero era cosa suya. Sobre gustos no hay nada escrito decía mi abuela y le ponía dulce de leche al bacalao.
Ahí los fiscales dejaron de reírse y me contaron que el ropero no lo compró sino que lo habría recibido de coima. Encima me acusaron de encubridor, intermediario y no sé que más porque ahí mismo me dio un soponcio.
No era para menos. Se trataba de un Juez de la Nación.
Igual yo confiaba en que éste sería el único Juez que aceptaría un soborno durante el gobierno menemista y los que le siguieran.
Que el resto; Corte Suprema incluida, fallarían de manera justa y ejemplar. (No diga nada. Pensamos igual. Si los boludos fueran globos yo estaría en todos los cumpleaños)
Este nuevo tiempo de reposo me permitió analizar la realidad y fue así como descubrí cual era el rebusque del momento: vendedor ambulante. ¿No vieron la cantidad que hay? Las veredas están llenas de gente y resulta que el ochenta por ciento son vendedores ambulantes, un diez ciento son arrebatadores y punguistas, y el resto transeúntes.
Si a eso le agregamos las mesitas de los bares y los “regalitos” caninos, para poder caminar por una vereda tenés que hacer más gambetas que Maradona en el gol a los ingleses.
De todas formas ni bien dejé la cama, me largué como vendedor ambulante.
Pero atención: Alfredito Argentino no es tan boludo. Busqué un producto que no vendiera nadie. Por eso gasté mis últimos pesos comprando mil paquetes de velas y me armé un puestito en el microcentro. Fue el 12 de setiembre de 1996 a la tardecita. ¡No me olvido más!
Cuando se produjo semejante apagón pensé que era mi día de suerte.
En medio de la oscuridad prendí 50 velas para llamar la atención.
¡Cómo corno iba a saber que era un apagón político organizado por Chacho Alvarez! (que por entonces se dedicaba a la política y no ha levantarse a Solita Silveyra)
La cosa fue que de repente cayeron unos veinte monos del Frepaso (supo ser un partido político que duro lo que Chacho en el gobierno) y antes de que volviera la luz me hicieron morfar todas las velas. Y no quieran saber dónde me metieron las que estaban encendidas.
¡Fue muy duro! Y encima no le sacaron el portavelas.
Por suerte no hay mal que por bien no venga.
Un chabón que vio lo que me pasó, se acercó y me propuso un negocio que me dejaría muy buena plata.
Yo acepté porque Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante aunque le den por atrás...
Después de todas las velas que me tragué, el chabón me hizo comer cuatro kilos de remolacha; siete kilos de acelga, dos de azafrán y de postre, mousse de Cirulaxia.
Fue sentarme y listo. Estuve una semana haciendo velitas de colores. Vendimos cualquier cantidad. Esto comprueba que la gente en la calle compra cualquier mierda.
Aunque no me crean, gané plata y la usé para progresar. Para buscar un trabajo sin patrón y manejar mis propios horarios. No quería depender de nadie. Por eso me compré un taxi.
¿Se imaginan al pobre Alfredito Argentino manejando un taxi? La próxima se los cuento. No me abandonen y de vez en cuando mándeme un mail…
viernes, 27 de marzo de 2009
¡SOBREVIVIENDO EN LA ERA DEL TURCO!
A esta altura que todavía esté vivo para seguir la historia ya anda cerca del milagro. Pero aunque les parezca mentira, lo que me pasó es lo más suave; la caricia de un bebé les diría. ¿No me creen? Entonces ustedes vivían en otro país.
CAPITULO III ( 1989-1999) (sexta parte)
Estábamos en que me crucé con un amigo de la infancia que me ofreció un trabajo bien pago, seguro y en pleno contacto con la naturaleza. Como ese fue siempre uno de mis grandes sueños, le dije que sí y el 10 de enero del 96 estaba en Bariloche, trabajando en el Parque Nacional Nahuel Huapi. ¡Ni en el cine vi semejante incendio.!Para colmo no existían medios para combatirlo. Los camiones tenían nafta pero no agua. Y el avión hidrante tenía agua pero le faltaba nafta. Tratamos de apagarlo a los pisotones, a los ponchazos, a los piedrazos, con lo que fuera. Al final, como siempre que ocurre algo grave en el país, recurrimos al método clásico: le pedimos ayuda a Dios. Y Dios que aprieta pero no ahorca (hasta ahora) otra vez nos ayudó. Mandó a San Pedro que nos trajo la lluvia salvadora pero pidiendo a cambio del favor, que dejemos de repetir esa frase de que “Dios es argentino”. Parece que es mala publicidad.A todo esto, mientras en Bariloche peleábamos contra el fuego; en la City Porteña los demás funcionarios del gobierno se peleaban con María Julia porque ninguno quería hacerse cargo del problema.Aunque parezca mentira, yo la defendí a María Julia. Me parecía lógico que no viniera a ver el incendio. Mirá si se le quemaba el tapado. Además, ella estaba muy ocupada limpiando el Riachuelo.Lo malo de la situación fue que yo terminé con quemaduras de vigésimo grado. Me transplantaron piel de donde pudieron. Tengo áspera; negra, peluda y hasta, escamas. Parece que el hospital andaba escaso de recursos y esa era época donde sobraban las truchas. Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.Me indemnizaron por lo del incendio y con eso me pagué un curso acelerado de computación con salida laboral.Alfredito Argentino no es ningún boludo. Sabía que ese era el futuro. Estudiando día y noche en poco tiempo me recibí de analista-programador. La plata que me sobraba se la di a mi profesor para que me consiguiera trabajo. Y el tipo cumplió. En Febrero empecé a trabajar en el centro de cómputos del Banco Nación. Cuando entré todos estaban convulsionados por el Proyecto Centenario de IBM. Yo pensé que hablaban de la tecnología pero no. Solo se hablaba de... ¡Coimas!. Justo ese día se anulaba el contrato por el cual IBM iba a computarizar las quinientas treinta y cinco sucursales. ¡Se armó un kilombo! Y no era para menos porque las coimas llegaban a la suma de 21 millones dólares. Para colmo el profesor era amigo de Aldo Dadone, el presidente del Banco; de Mario Dadone y Hugo Gaggero que eran directores. Así que cuando saltaron ellos, salté yo también. Por suerte mi corazón se bancó bastante bien los diecinueve by pass. Cuando estaban por darme de alta, apareció mi primo Rosendo. No sé cómo se enteró pero los parientes son así. Caen de sorpresa.Lo bueno fue que Rosendo me quería de socio para abrir una casa de comidas típicas argentinas, en el exterior. La idea me pareció genial, porque acá ya no tenía futuro. Conseguir la plata, no fue problema. Mi primo, gracias a un senador amigo, cobraba 47 pensiones graciables, tres de ellas por invalidez. Y yo la conseguí vendiendo en una semana 30 litros de sangre.Viajamos; trabajamos como locos y allá por abril de 1996 abrimos un típico asador criollo llamado "Argentino hermano fiel"... en Perú. Fue el mismo día en que se salió a la luz pública la venta de armas que le hicimos al Ecuador durante la guerra con los peruanos. Cuando vi esas 300 personas caminando hacia la parrilla, lo primero que pensé fue. "No nos va a alcanzar la carne" … Fue lo último que pensé. Los tipos rompieron todo. A mi primo Rosendo le metieron dulce de leche en cuanto agujero tenía. A mí me agarraron de los huevos con toda la intención hacerme una brochette cuando justo llegó la policía. A ellos los echó y a nosotros nos dieron 362 bastonazos. El tipo que me deportó no podía creer que yo sólo tuviera un moretón. Claro que el moretón iba desde los párpados hasta los tobillos.Cuando llegué a Ezeiza, el de la aduana me preguntó: "¿Trae algo?"“Sí”, le dije. “Todas las costillas fisuradas”Mientras estuve enyesado y en reposo aproveché para leer los avisos clasificados buscando un trabajo, en lo posible uno manual, tranquilo y justo lo encontré el día que estaba por salir de alta. Pedían un ayudante para una carpintería en el gran Buenos Aires. ¡Perfecto! ¿Perfecto? Para Alfredito Argentino nada es perfecto.¡Nunca! No te pierdas la próxima porque las desventuras continúan.
CAPITULO III ( 1989-1999) (sexta parte)
Estábamos en que me crucé con un amigo de la infancia que me ofreció un trabajo bien pago, seguro y en pleno contacto con la naturaleza. Como ese fue siempre uno de mis grandes sueños, le dije que sí y el 10 de enero del 96 estaba en Bariloche, trabajando en el Parque Nacional Nahuel Huapi. ¡Ni en el cine vi semejante incendio.!Para colmo no existían medios para combatirlo. Los camiones tenían nafta pero no agua. Y el avión hidrante tenía agua pero le faltaba nafta. Tratamos de apagarlo a los pisotones, a los ponchazos, a los piedrazos, con lo que fuera. Al final, como siempre que ocurre algo grave en el país, recurrimos al método clásico: le pedimos ayuda a Dios. Y Dios que aprieta pero no ahorca (hasta ahora) otra vez nos ayudó. Mandó a San Pedro que nos trajo la lluvia salvadora pero pidiendo a cambio del favor, que dejemos de repetir esa frase de que “Dios es argentino”. Parece que es mala publicidad.A todo esto, mientras en Bariloche peleábamos contra el fuego; en la City Porteña los demás funcionarios del gobierno se peleaban con María Julia porque ninguno quería hacerse cargo del problema.Aunque parezca mentira, yo la defendí a María Julia. Me parecía lógico que no viniera a ver el incendio. Mirá si se le quemaba el tapado. Además, ella estaba muy ocupada limpiando el Riachuelo.Lo malo de la situación fue que yo terminé con quemaduras de vigésimo grado. Me transplantaron piel de donde pudieron. Tengo áspera; negra, peluda y hasta, escamas. Parece que el hospital andaba escaso de recursos y esa era época donde sobraban las truchas. Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.Me indemnizaron por lo del incendio y con eso me pagué un curso acelerado de computación con salida laboral.Alfredito Argentino no es ningún boludo. Sabía que ese era el futuro. Estudiando día y noche en poco tiempo me recibí de analista-programador. La plata que me sobraba se la di a mi profesor para que me consiguiera trabajo. Y el tipo cumplió. En Febrero empecé a trabajar en el centro de cómputos del Banco Nación. Cuando entré todos estaban convulsionados por el Proyecto Centenario de IBM. Yo pensé que hablaban de la tecnología pero no. Solo se hablaba de... ¡Coimas!. Justo ese día se anulaba el contrato por el cual IBM iba a computarizar las quinientas treinta y cinco sucursales. ¡Se armó un kilombo! Y no era para menos porque las coimas llegaban a la suma de 21 millones dólares. Para colmo el profesor era amigo de Aldo Dadone, el presidente del Banco; de Mario Dadone y Hugo Gaggero que eran directores. Así que cuando saltaron ellos, salté yo también. Por suerte mi corazón se bancó bastante bien los diecinueve by pass. Cuando estaban por darme de alta, apareció mi primo Rosendo. No sé cómo se enteró pero los parientes son así. Caen de sorpresa.Lo bueno fue que Rosendo me quería de socio para abrir una casa de comidas típicas argentinas, en el exterior. La idea me pareció genial, porque acá ya no tenía futuro. Conseguir la plata, no fue problema. Mi primo, gracias a un senador amigo, cobraba 47 pensiones graciables, tres de ellas por invalidez. Y yo la conseguí vendiendo en una semana 30 litros de sangre.Viajamos; trabajamos como locos y allá por abril de 1996 abrimos un típico asador criollo llamado "Argentino hermano fiel"... en Perú. Fue el mismo día en que se salió a la luz pública la venta de armas que le hicimos al Ecuador durante la guerra con los peruanos. Cuando vi esas 300 personas caminando hacia la parrilla, lo primero que pensé fue. "No nos va a alcanzar la carne" … Fue lo último que pensé. Los tipos rompieron todo. A mi primo Rosendo le metieron dulce de leche en cuanto agujero tenía. A mí me agarraron de los huevos con toda la intención hacerme una brochette cuando justo llegó la policía. A ellos los echó y a nosotros nos dieron 362 bastonazos. El tipo que me deportó no podía creer que yo sólo tuviera un moretón. Claro que el moretón iba desde los párpados hasta los tobillos.Cuando llegué a Ezeiza, el de la aduana me preguntó: "¿Trae algo?"“Sí”, le dije. “Todas las costillas fisuradas”Mientras estuve enyesado y en reposo aproveché para leer los avisos clasificados buscando un trabajo, en lo posible uno manual, tranquilo y justo lo encontré el día que estaba por salir de alta. Pedían un ayudante para una carpintería en el gran Buenos Aires. ¡Perfecto! ¿Perfecto? Para Alfredito Argentino nada es perfecto.¡Nunca! No te pierdas la próxima porque las desventuras continúan.
miércoles, 11 de marzo de 2009
NO ME PEGUEN, SOY EL JOROBADO
A mí no pega la gente, me pega el destino. Cada decisión que tomaba para mejorar mi vida, me terminaba resultando una terrible trompada en el hígado o un tremebundo patadón en los testículos, por nombrar solo dos de las cien partes de mi cuerpo afectadas por hechos.
La hora de elegir candidatos presidenciales, no sería una excepción. Y no me digas que vos no te ensartaste con este tipo.
CAPITULO III ( 1989-1999) (quinta parte)
Como Alfredito Argentino no es ningún boludo, analicé el prontuario, perdón el curriculum, de cada uno de los candidatos hasta que descubrí a un provinciano decidido y seductor, que prometía sacarnos adelante cuando fuera presidente.
¡Sin ningún tipo de dudas, puse toda la plata apoyando la campaña de Massaccesi! (Horacio Massaccesi, del que hoy no se acuerda ni Alfonsín, fue el candidato radical venido de Río Negro. Será por eso que todavía cada vez que veo una manzana, lloro.)
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Estaba convencido de que, en su segundo mandato, Carlos Saúl se mandaba el salariazo y la revolución productiva.
Récord máximo de la desocupación!
¡Fue tal mi depresión que en vez de un médico, llamaron a un agrimensor. Al mismo tiempo se me cayó el pene de repuesto y tuve cálculos en la joroba. Por las dudas, decidieron internarme.
Como me mandaron a un hospital público, tuve que compartir la cama con un señor operado de próstata. El tipo se conmovió cuando le conté mis desventuras y prometió ayudarme.
Por medio de un pariente, me consiguió trabajo. "Es en la provincia de Córdoba, me dijo. Buen sueldo y el lugar es muy tranquilo."
Alfredito argentino no es ningún boludo.
Acepté volando y en los primeros días de noviembre del 95 empecé a trabajar en la fábrica militar de Río Tercero.
Hasta hoy me dura el brote cursiadérico. Explota un globo y se me derriten los intestinos. Los centros nerviosos me quedaron destruidos; cada vez que tosía parecía una ametralladora y en el cuerpo todavía tengo más metal que Robocop.
Mientras me recuperaba del cuadragésimo post-operatorio, llegué a la conclusión de que el ‘95 no había sido un buen año para mí.
De verdad les digo. No es que sea pesimista y me guste tirar mala onda. Simplemente tuve la sensación de que las cosas no andaban del todo bien.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Para encarar el 96 seguro y confiado, decidí consultar a una vidente, astróloga, tarotista y todo eso, para que me cante la justa sobre el nuevo año. Agarré Clarín; Rubro 59. No, perdón. Rubro 60. En el rubro 60 figuran las que tiran el tarot, el dominó, los dados... Las del rubro 59 tiran otra cosa....
Mi primera satisfacción fue comprobar que no cobraba la consulta.
Menos mal porque lo único que me quedaba de valor era un anillo de oro, herencia de mi viejo.
Y miren lo que son las cosas. La vidente enseguida descubrió que ese oro era el causante de mi mala suerte; producto de una conjunción maligna de estrellas, planetas y unos cuantos meteoritos.
Alfredito Argentino no es ningún boludo. Inmediatamente me saqué el anillo y se lo di. Momentos después me revelaba que el ‘96 era mi año. Obtendría trabajo, fama y mujeres. ¡¡¡Mujeres!!! Cómo las extrañaba. Porque con tantos quilombos, tenía menos sexo que la película Patoruzito.
Salí a la calle entusiasmado y crean o no, pasó lo previsto. Me crucé con un amigo de la infancia que me ofreció un trabajo bien pago, seguro y en pleno contacto con la naturaleza.
¿Querés saber dónde fui y cómo me fue?
Tenés dos posibilidades: o buscás en los diarios de aquella época o lees el próximo capítulo.
La hora de elegir candidatos presidenciales, no sería una excepción. Y no me digas que vos no te ensartaste con este tipo.
CAPITULO III ( 1989-1999) (quinta parte)
Como Alfredito Argentino no es ningún boludo, analicé el prontuario, perdón el curriculum, de cada uno de los candidatos hasta que descubrí a un provinciano decidido y seductor, que prometía sacarnos adelante cuando fuera presidente.
¡Sin ningún tipo de dudas, puse toda la plata apoyando la campaña de Massaccesi! (Horacio Massaccesi, del que hoy no se acuerda ni Alfonsín, fue el candidato radical venido de Río Negro. Será por eso que todavía cada vez que veo una manzana, lloro.)
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Estaba convencido de que, en su segundo mandato, Carlos Saúl se mandaba el salariazo y la revolución productiva.
Récord máximo de la desocupación!
¡Fue tal mi depresión que en vez de un médico, llamaron a un agrimensor. Al mismo tiempo se me cayó el pene de repuesto y tuve cálculos en la joroba. Por las dudas, decidieron internarme.
Como me mandaron a un hospital público, tuve que compartir la cama con un señor operado de próstata. El tipo se conmovió cuando le conté mis desventuras y prometió ayudarme.
Por medio de un pariente, me consiguió trabajo. "Es en la provincia de Córdoba, me dijo. Buen sueldo y el lugar es muy tranquilo."
Alfredito argentino no es ningún boludo.
Acepté volando y en los primeros días de noviembre del 95 empecé a trabajar en la fábrica militar de Río Tercero.
Hasta hoy me dura el brote cursiadérico. Explota un globo y se me derriten los intestinos. Los centros nerviosos me quedaron destruidos; cada vez que tosía parecía una ametralladora y en el cuerpo todavía tengo más metal que Robocop.
Mientras me recuperaba del cuadragésimo post-operatorio, llegué a la conclusión de que el ‘95 no había sido un buen año para mí.
De verdad les digo. No es que sea pesimista y me guste tirar mala onda. Simplemente tuve la sensación de que las cosas no andaban del todo bien.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Para encarar el 96 seguro y confiado, decidí consultar a una vidente, astróloga, tarotista y todo eso, para que me cante la justa sobre el nuevo año. Agarré Clarín; Rubro 59. No, perdón. Rubro 60. En el rubro 60 figuran las que tiran el tarot, el dominó, los dados... Las del rubro 59 tiran otra cosa....
Mi primera satisfacción fue comprobar que no cobraba la consulta.
Menos mal porque lo único que me quedaba de valor era un anillo de oro, herencia de mi viejo.
Y miren lo que son las cosas. La vidente enseguida descubrió que ese oro era el causante de mi mala suerte; producto de una conjunción maligna de estrellas, planetas y unos cuantos meteoritos.
Alfredito Argentino no es ningún boludo. Inmediatamente me saqué el anillo y se lo di. Momentos después me revelaba que el ‘96 era mi año. Obtendría trabajo, fama y mujeres. ¡¡¡Mujeres!!! Cómo las extrañaba. Porque con tantos quilombos, tenía menos sexo que la película Patoruzito.
Salí a la calle entusiasmado y crean o no, pasó lo previsto. Me crucé con un amigo de la infancia que me ofreció un trabajo bien pago, seguro y en pleno contacto con la naturaleza.
¿Querés saber dónde fui y cómo me fue?
Tenés dos posibilidades: o buscás en los diarios de aquella época o lees el próximo capítulo.
viernes, 20 de febrero de 2009
LAS DESGRACIAS NO VIENEN SOLAS
Yo jamás bajé los brazos, pero de tanto remarla, mis brazos ya parecían dos muñones. Cada vez que quería asomar la cabecita, la realidad me pegaba una trompada y otra vez a la lona.
¿No me crees? Leé lo que sigue.
CAPITULO III ( 1989-1999) (cuarta parte)
Como yo no quería ponerme a discutir los milagros de la política, dejé de preguntar y fui a ocupar mi puesto. Justo en Agosto de 1994, cuando saltó el escándalo por una licitación dudosa que perjudicó al Banco Hipotecario en 600 millones de dólares.
Recuerdo que Adelina me había mandado a buscar unas cortinas que había comprado para su despacho. El precio de las cortinitas era de treinta mil pesos, cosa que no me llamó la atención porque las funcionarias de Carlos Saúl se manejaban así. Por ejemplo María Julia gastó quinientos mil para remodelar su oficina.
El asunto fue que cuando volví, el ministro Cavallo ya la había rajado. No solo no cobré un peso del sueldo sino que tampoco pude recuperar lo que puse mi bolsillo para pagar el flete que trajo las cortinas. Recaliente me puse a buscar a Adelina Dalesio de Viola pero, como tantas estrellas fugaces de la política, nunca más apareció.
Con esa búsqueda llegué al final del 94. Así que no quise meterme en nada para poder terminar el año con toda tranquilidad.
Y esta vez se cumplió mi deseo.
La pasé re-tranquilo en una cama del Instituto del Quemado porque el 24 a la noche me agarraron treinta cañitas voladoras; siete bombas de estruendo y tres balas perdidas.
Ahí quedé sordo del este oído izquierdo, perdí un pulmón y tuve más operaciones que un cajero automático.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Como el flaco que disparó las balas perdidas resultó ser hijo de un concejal, me ofrecieron plata para que no hiciera la denuncia.
Yo agarré porque a esta altura ya tenía la sensación de que la guita no se hacía trabajando. Y como Alfredito Argentino no es ningún boludo; esa vez me asesoré muy bien antes de invertir. Y en enero del 95 puse toda la guita en la bolsa.
¡Efecto tequila!
Ahí fue donde me vino una soriasis aguda, triquinosis crónica y tuve hepatitis P , de pelotudo.
Encima cuando el ministro Cavallo dijo que la culpa fue de los mejicanos, me agarró tal ataque de odio hacia ellos que le prendí fuego a todos los discos de Manzanero; rompí la foto de Verónica Castro y cada vez que veía un mariachi lo quería cagar a trompadas.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Vendí las acciones y cuando pensaba qué hacer con esa plata, vino mi tío Prudencio y me abrió los ojos. "El negocio está en el campo", me repetía una y otra vez. Y no le faltaba razón.
Si tenemos la mejor tierra del mundo. Tirás lo que sea y brota. Por eso fui y me compré un campito en Pergamino. Fue en abril del 95, ese fatídico mes de las lluvias. Que digo lluvias. ¡Me agarró el segundo diluvio universal!
Cayó tanta agua que para levantar la cosecha tuve que alquilar el submarino de Jacques Cousteau.
Esa vez tuve dieciocho espasmos y todavía tengo que ir cada quince días a sacarme agua de la joroba.
Por suerte pude venderle el campito a Mundo Marino y me volví al centro. Justo era tiempo de elecciones presidenciales.
Una buena oportunidad de subirse al carro del vencedor y acomodarse en algún cargo.
Si quieren saber por quién voté, no se pierdan el próximo capítulo.
¿No me crees? Leé lo que sigue.
CAPITULO III ( 1989-1999) (cuarta parte)
Como yo no quería ponerme a discutir los milagros de la política, dejé de preguntar y fui a ocupar mi puesto. Justo en Agosto de 1994, cuando saltó el escándalo por una licitación dudosa que perjudicó al Banco Hipotecario en 600 millones de dólares.
Recuerdo que Adelina me había mandado a buscar unas cortinas que había comprado para su despacho. El precio de las cortinitas era de treinta mil pesos, cosa que no me llamó la atención porque las funcionarias de Carlos Saúl se manejaban así. Por ejemplo María Julia gastó quinientos mil para remodelar su oficina.
El asunto fue que cuando volví, el ministro Cavallo ya la había rajado. No solo no cobré un peso del sueldo sino que tampoco pude recuperar lo que puse mi bolsillo para pagar el flete que trajo las cortinas. Recaliente me puse a buscar a Adelina Dalesio de Viola pero, como tantas estrellas fugaces de la política, nunca más apareció.
Con esa búsqueda llegué al final del 94. Así que no quise meterme en nada para poder terminar el año con toda tranquilidad.
Y esta vez se cumplió mi deseo.
La pasé re-tranquilo en una cama del Instituto del Quemado porque el 24 a la noche me agarraron treinta cañitas voladoras; siete bombas de estruendo y tres balas perdidas.
Ahí quedé sordo del este oído izquierdo, perdí un pulmón y tuve más operaciones que un cajero automático.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Como el flaco que disparó las balas perdidas resultó ser hijo de un concejal, me ofrecieron plata para que no hiciera la denuncia.
Yo agarré porque a esta altura ya tenía la sensación de que la guita no se hacía trabajando. Y como Alfredito Argentino no es ningún boludo; esa vez me asesoré muy bien antes de invertir. Y en enero del 95 puse toda la guita en la bolsa.
¡Efecto tequila!
Ahí fue donde me vino una soriasis aguda, triquinosis crónica y tuve hepatitis P , de pelotudo.
Encima cuando el ministro Cavallo dijo que la culpa fue de los mejicanos, me agarró tal ataque de odio hacia ellos que le prendí fuego a todos los discos de Manzanero; rompí la foto de Verónica Castro y cada vez que veía un mariachi lo quería cagar a trompadas.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Vendí las acciones y cuando pensaba qué hacer con esa plata, vino mi tío Prudencio y me abrió los ojos. "El negocio está en el campo", me repetía una y otra vez. Y no le faltaba razón.
Si tenemos la mejor tierra del mundo. Tirás lo que sea y brota. Por eso fui y me compré un campito en Pergamino. Fue en abril del 95, ese fatídico mes de las lluvias. Que digo lluvias. ¡Me agarró el segundo diluvio universal!
Cayó tanta agua que para levantar la cosecha tuve que alquilar el submarino de Jacques Cousteau.
Esa vez tuve dieciocho espasmos y todavía tengo que ir cada quince días a sacarme agua de la joroba.
Por suerte pude venderle el campito a Mundo Marino y me volví al centro. Justo era tiempo de elecciones presidenciales.
Una buena oportunidad de subirse al carro del vencedor y acomodarse en algún cargo.
Si quieren saber por quién voté, no se pierdan el próximo capítulo.
lunes, 2 de febrero de 2009
QUE RACHA LA DE LOS 90
En el auge de las cosas truchas, me venía salvando aunque las secuelas para mi salud eran importantes. Mi transformación en Quasimodo era lenta pero constante. Y todavía me quedaban varios años por delante con El Turco en la presidencia. Pero Alfredito se la bancaba y le daba para adelante. ¿Y vos?.. Claro, otra no quedaba…
CAPITULO III ( 1989-1999) (tercera parte)
Los dos que quedamos vivos, decidimos festejarlo jugando al Prode.
¡Y lo ganamos!... Junto con otras doscientas personas.
Nos tocó poco, pero alcanzó para poner el negocio que era furor en ese momento. Un parripollo.
Trabajé mañana, tarde y noche, para progresar. Porque Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Encima un conocido nos ofreció diez mil pollos a precio regalado. Era el momento de dar el gran salto. Y lo di... A la cárcel.
Era un remanente extraviado de los pollos de Mazzorín. (ver capítulos de la era Alfonsín) "Otra vez me garcan con esos pollos. No puede ser", insistí yo y me comí dos. ¡Para qué!
No sólo fui en cana sino que además se me alteró el metabolismo. Me salió otro pene. Al pedo, porque también me agarró impotencia.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Por tener doble pene, me llevaron al programa de Susana Giménez. Estuve antes del hombre más bajo del mundo y después de la mujer que se depilaba con un cepillo de carpintero.
Con el dinero que cobré por esa participación, tomé una sabia decisión. Después de casi veinte años de sufrimientos, merecía unas vacaciones. Tenía que gastar la plata en algo que me gustara; que me diera alegría y felicidad. Por eso, como Alfredito Argentino no es ningún boludo, a mediados del 94, me fui a Estados Unidos y aposté todos mis ahorros a mano de la Selección argentina.
“Alfredito Argentino no es ningún boludo”, pensé. Con Maradona tan flaco ganar el Mundial de fútbol era un trámite.
¡¡Quién carajo habrá inventado la efedrina!!
Al Diego le cortaron las piernas y yo casi me corto las pelotas.
La selección se volvió pero yo me quedé porque ya tenía todo pago hasta la final. No se imaginan lo que sufrí en medio de los brasileros. Yo me hacía el distraído, cuando se me arrimaron dos negros grandotes. Para disimular, empecé a elogiar a un jugador de ellos: "Me gusta Dunga... Dunga", les dije.
¿Saben que no eran brasucas? Eran africanos. Sonrieron y me susurraron " Vení que te hacemos dunga, dunga.".
Me llevaron detrás de la tribuna todo el segundo tiempo, el alargue y los penales. Perdí por goleada.
Pero no hay mal que por bien no venga. Los morochones me curaron las hemorroides y cada tanto me mandan una tarjeta postal.
Volví de polizón en un barco de carga, comiendo ratas, gaviotas y tomando agua de lluvia. Justo me descubrieron al llegar.
Mientras pensaba que me iban a deportar, pues no aceptarían que yo fuese argentino, no va y resulta que el oficial de la prefectura resultó amigo del barrio de mi infancia. El tipo se portó de diez. Me dio de comer y me consiguió trabajo. ¡Y un flor de trabajo!
Cadete de la presidenta del Banco Hipotecario.
Yo agradecía a Dios esta gran oportunidad en mi vida cuando supe que la presidente era Adelina Dalesio de Viola. Ahí se me prendió una lucecita roja. Porque Adelina era de la U.C.D. (Unión del Centro Democrático. Partido creado por el Ingeniero Alvaro Alsogaray y que, con María Julia y Adelina a la cabeza, terminó siendo un semillero menemista)
Entonces me contaron que se había convertido al menemismo y pasó por varios cargos hasta que José Luis Manzano la terminó ubicando en el Banco Hipotecario.
Como yo no quería ponerme a discutir los milagros de la política, dejé de preguntar y fui a ocupar mi puesto.
¿Ustedes piensan que por fin se me había dado la buena? Lean el próximo capítulo y se van a enterar.
CAPITULO III ( 1989-1999) (tercera parte)
Los dos que quedamos vivos, decidimos festejarlo jugando al Prode.
¡Y lo ganamos!... Junto con otras doscientas personas.
Nos tocó poco, pero alcanzó para poner el negocio que era furor en ese momento. Un parripollo.
Trabajé mañana, tarde y noche, para progresar. Porque Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Encima un conocido nos ofreció diez mil pollos a precio regalado. Era el momento de dar el gran salto. Y lo di... A la cárcel.
Era un remanente extraviado de los pollos de Mazzorín. (ver capítulos de la era Alfonsín) "Otra vez me garcan con esos pollos. No puede ser", insistí yo y me comí dos. ¡Para qué!
No sólo fui en cana sino que además se me alteró el metabolismo. Me salió otro pene. Al pedo, porque también me agarró impotencia.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Por tener doble pene, me llevaron al programa de Susana Giménez. Estuve antes del hombre más bajo del mundo y después de la mujer que se depilaba con un cepillo de carpintero.
Con el dinero que cobré por esa participación, tomé una sabia decisión. Después de casi veinte años de sufrimientos, merecía unas vacaciones. Tenía que gastar la plata en algo que me gustara; que me diera alegría y felicidad. Por eso, como Alfredito Argentino no es ningún boludo, a mediados del 94, me fui a Estados Unidos y aposté todos mis ahorros a mano de la Selección argentina.
“Alfredito Argentino no es ningún boludo”, pensé. Con Maradona tan flaco ganar el Mundial de fútbol era un trámite.
¡¡Quién carajo habrá inventado la efedrina!!
Al Diego le cortaron las piernas y yo casi me corto las pelotas.
La selección se volvió pero yo me quedé porque ya tenía todo pago hasta la final. No se imaginan lo que sufrí en medio de los brasileros. Yo me hacía el distraído, cuando se me arrimaron dos negros grandotes. Para disimular, empecé a elogiar a un jugador de ellos: "Me gusta Dunga... Dunga", les dije.
¿Saben que no eran brasucas? Eran africanos. Sonrieron y me susurraron " Vení que te hacemos dunga, dunga.".
Me llevaron detrás de la tribuna todo el segundo tiempo, el alargue y los penales. Perdí por goleada.
Pero no hay mal que por bien no venga. Los morochones me curaron las hemorroides y cada tanto me mandan una tarjeta postal.
Volví de polizón en un barco de carga, comiendo ratas, gaviotas y tomando agua de lluvia. Justo me descubrieron al llegar.
Mientras pensaba que me iban a deportar, pues no aceptarían que yo fuese argentino, no va y resulta que el oficial de la prefectura resultó amigo del barrio de mi infancia. El tipo se portó de diez. Me dio de comer y me consiguió trabajo. ¡Y un flor de trabajo!
Cadete de la presidenta del Banco Hipotecario.
Yo agradecía a Dios esta gran oportunidad en mi vida cuando supe que la presidente era Adelina Dalesio de Viola. Ahí se me prendió una lucecita roja. Porque Adelina era de la U.C.D. (Unión del Centro Democrático. Partido creado por el Ingeniero Alvaro Alsogaray y que, con María Julia y Adelina a la cabeza, terminó siendo un semillero menemista)
Entonces me contaron que se había convertido al menemismo y pasó por varios cargos hasta que José Luis Manzano la terminó ubicando en el Banco Hipotecario.
Como yo no quería ponerme a discutir los milagros de la política, dejé de preguntar y fui a ocupar mi puesto.
¿Ustedes piensan que por fin se me había dado la buena? Lean el próximo capítulo y se van a enterar.
miércoles, 21 de enero de 2009
SOBREVIVIENDO EN LOS 90
Ni las siete plagas de Egipto se pueden comparar a lo que me tocó vivir en estos años. Zafaba de una y caía en otra… ¿A vos no te pasaba lo mismo? Seguime, yo sí que no te voy a defraudar.
CAPITULO III ( 1989-1999) (segunda parte)
Relean lo anterior. Me agarró la muzzarella podrida, pero cambié de ramo y puse una verdulería… Apareció el cólera.
¿Ustedes creen que me volví a enfermar? No. Ya estaba canchero. Como había cólera, tiré a la mierda la verdura y me puse a vender lavandina. Era el tema del momento. Hagan memoria.
Tal vez se les mezclen los recuerdos pues para la época en que recomendaban el uso de la lavandina en el agua para combatir la bacteria del cólera, también se hizo una fuerte campaña de prevención del Sida.
Era tanta la saturación en los medios que varias veces le terminé poniendo un preservativo a la canilla y echándome tres gotitas de lavandina en la punta del pene.
El asunto es que mientras calculaba la de plata que me iba a ganar, vine a descubrir que me habían vendido las marcas adulteradas. ¡Cincuenta mil litros de lavandina trucha!!!
Y me las tuve que meter en el culo junto con los nuevos talonarios numerados con CUIT, Ingresos Brutos y Jubilación que pedía la DGI y por los que sufrí diez multas y tres clausuras. Aunque mis negocios no vendieran un soto.
No; si como dijo Vicco, “lo mío es mala leche.” (Miguel Angel Vicco, fue secretario privado de Memen. Estuvo procesado en el año 91 por el tema de la leche adulterada. Obviamente fue sobreseído en el año 94)
Estaba a punto de volverme loco porque tuve un aluvión de enfermedades y mi cobertura era... ¡la del Guemes!
Cuando fui para que me atiendan estaba desierto. Miren como habrá sido el vaciamiento que no dejaron ni una curita.
Así que me entré a automedicar. Fue peor. Terminaron dándome corticoides y ahí me salió esta joroba de mierda. No sabía que corno hacer cuando apareció mi abuela.
¡Qué sería de la salud sin los consejos de las abuelas! La nona me hizo tirar los cuarenta y cuatro remedios que tomaba y me recomendó un medicamento natural que me dejaría como nuevo.
¡Propóleo Huilen!
Milagrosamente zafé, perdiendo solamente el setenta por ciento de la vista y un riñón. ¡Qué momento! Estaba en la cloaca de la vida. Solo; desquiciado, abatido, arruinado física y materialmente.
Y en medio de aquella adversidad, descubrí que la chispa del optimismo aún brillaba. Muy débil. Pero brillaba. Y si me había caído y levantado cien veces, podría hacerlo una vez más. Estaba vivo y eso era lo más importante. Juancito Argentino se la banca y le da para adelante. Sentí ganas de festejar por eso y gracias a Dios, encontré gente humilde que me hizo un lugar en su mesa. A ellos les hablé de mis ilusiones y les pareció increíble que después de todo lo que sufrí, aún fuera optimista. "A la vida hay que pelearla", los animé. "Porque este bendito país, siempre te da otra oportunidad.
Y esa tardecita de febrero del 93, hicimos un cálido y sencillo brindis con vino blanco Soy Cuyano. (Varias partidas de damajuanas de esta marca y de Mansero, fueron adulteradas con alcohol metílico, comunmente llamado “de quemar”. No; si a truchar no nos gana nadie.)
Los dos que quedamos vivos, decidimos festejarlo jugando al Prode.
¿Adiviná como me fue?... No… Te equivocaste. En el próximo capítulo te lo cuento. NO TE LO PIERDAS. (CONTINUARÁ)
CAPITULO III ( 1989-1999) (segunda parte)
Relean lo anterior. Me agarró la muzzarella podrida, pero cambié de ramo y puse una verdulería… Apareció el cólera.
¿Ustedes creen que me volví a enfermar? No. Ya estaba canchero. Como había cólera, tiré a la mierda la verdura y me puse a vender lavandina. Era el tema del momento. Hagan memoria.
Tal vez se les mezclen los recuerdos pues para la época en que recomendaban el uso de la lavandina en el agua para combatir la bacteria del cólera, también se hizo una fuerte campaña de prevención del Sida.
Era tanta la saturación en los medios que varias veces le terminé poniendo un preservativo a la canilla y echándome tres gotitas de lavandina en la punta del pene.
El asunto es que mientras calculaba la de plata que me iba a ganar, vine a descubrir que me habían vendido las marcas adulteradas. ¡Cincuenta mil litros de lavandina trucha!!!
Y me las tuve que meter en el culo junto con los nuevos talonarios numerados con CUIT, Ingresos Brutos y Jubilación que pedía la DGI y por los que sufrí diez multas y tres clausuras. Aunque mis negocios no vendieran un soto.
No; si como dijo Vicco, “lo mío es mala leche.” (Miguel Angel Vicco, fue secretario privado de Memen. Estuvo procesado en el año 91 por el tema de la leche adulterada. Obviamente fue sobreseído en el año 94)
Estaba a punto de volverme loco porque tuve un aluvión de enfermedades y mi cobertura era... ¡la del Guemes!
Cuando fui para que me atiendan estaba desierto. Miren como habrá sido el vaciamiento que no dejaron ni una curita.
Así que me entré a automedicar. Fue peor. Terminaron dándome corticoides y ahí me salió esta joroba de mierda. No sabía que corno hacer cuando apareció mi abuela.
¡Qué sería de la salud sin los consejos de las abuelas! La nona me hizo tirar los cuarenta y cuatro remedios que tomaba y me recomendó un medicamento natural que me dejaría como nuevo.
¡Propóleo Huilen!
Milagrosamente zafé, perdiendo solamente el setenta por ciento de la vista y un riñón. ¡Qué momento! Estaba en la cloaca de la vida. Solo; desquiciado, abatido, arruinado física y materialmente.
Y en medio de aquella adversidad, descubrí que la chispa del optimismo aún brillaba. Muy débil. Pero brillaba. Y si me había caído y levantado cien veces, podría hacerlo una vez más. Estaba vivo y eso era lo más importante. Juancito Argentino se la banca y le da para adelante. Sentí ganas de festejar por eso y gracias a Dios, encontré gente humilde que me hizo un lugar en su mesa. A ellos les hablé de mis ilusiones y les pareció increíble que después de todo lo que sufrí, aún fuera optimista. "A la vida hay que pelearla", los animé. "Porque este bendito país, siempre te da otra oportunidad.
Y esa tardecita de febrero del 93, hicimos un cálido y sencillo brindis con vino blanco Soy Cuyano. (Varias partidas de damajuanas de esta marca y de Mansero, fueron adulteradas con alcohol metílico, comunmente llamado “de quemar”. No; si a truchar no nos gana nadie.)
Los dos que quedamos vivos, decidimos festejarlo jugando al Prode.
¿Adiviná como me fue?... No… Te equivocaste. En el próximo capítulo te lo cuento. NO TE LO PIERDAS. (CONTINUARÁ)
viernes, 9 de enero de 2009
REVOLUCION PRODUCTIVA
Llegaron los aires riojanos al gobierno y El Jorobado renovó sus esperanzas de salir adelante, progresar y poder vivir dignamente y sin sobresaltos. (Como muchos de ustedes, bah…) Y enterate de lo que le pasó. (Como a muchos de ustedes)…
CAPITULO III ( 1989-1999) (primera parte)
Como les conté en la página anterior, había nuevo presidente.
Era un riojano patilludo y medio petisón que insistía con eso de “síganme que no los voy a defraudar”. Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, lo seguí.
Otra cosa que me entusiasmaba de Carlos Saúl es que no le temblaba la mano a la hora de los cambios. Corría Enero del 91 y reemplazó al ministro de economía, Erman González (Este hombre debió ser el hombre más instruido, inteligente y capaz del gobierno menemista ya que fue Ministro de Economía, de Defensa y de Trabajo. Le faltó ser Ministro de Dios y cartón lleno) por Domingo Cavallo.
Al saber que el nuevo ministro se llamaba Domingo me dije: “Salvado. Con ese nombre tan “peroncho” seguro que todas sus medidas van a beneficiar a los humildes trabajadores”.
Por la esperanza y porque Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante, salí a buscar trabajo y conseguí uno de sereno en unos galpones de Ezeiza.
Un trabajito piola porque no podría haber nada más tranquilo en un lugar donde lo único que pasaban eran aviones. Corría abril del 91 y estaba preparándome unos mates cuando cayó gente. Pensé que serían los dueños de los galpones pero no.
Eran policías al mando del Juez Alberto Piotti que buscaba un cargamento de droga decomisada que había desaparecido.
“Revise todo lo que quiera, acá solo hay pavadas”, le comenté inmutable mientras me tomaba un “matienzo”.
No eran pavadas. Parece que en el último cuatrimestre del 88, cuando Juan Carlos Delconte, hombre del presidente Alfonsín, estaba al frente de la Aduana, habrían ingresado al país más de mil toneladas de mercadería a través de papeles “truchos”.
Como yo puse cara de no creerle me mostró a nombre de quienes estaban hechos esos papeles. Además de Onassis, escritos en los comprobantes de los bultos sospechosos, y demostrando la total impunidad con la que operaron, aparecían, entre otros nombres, Pablo Prepuccio, Santiago Testiculli y Juan Pedorro.
Estuve a punto de criticar sus prejuicios pues yo tenía una tía segunda que se llamaba Tetamanti pero preferí callar pues al Juez Piotti se lo veía desconcertado al no poder entender cómo en más de dos años ningún inspector había podido descubrir que semejantes nombres eran fraguados y que podían esconder algo sospechoso.
Yo traté de decirle que tampoco lo entendía pero no pude pues del asombro, la bombilla se me atoró en la garganta y me puse más verde que la yerba.
No fui a la cárcel (en general cuando los curros son tan enormes nadie va preso) pero si al hospital donde me hicieron una traqueotomía para sacarme la bombilla.
Ni bien recuperé el habla normal, salí decidido a insultar al ministro de economía pero antes de nombrar la profesión de la madre alcancé a leer que su nuevo plan traía la estabilidad. Ahí frené el grito y recordé que en una época de estabilidad y laburando con todo, mi viejo pasó al frente. Y Alfredito Argentino no podía ser menos.
Así que para aprovechar la revolución productiva, vendí lo poco que me quedaba.
Esa plata la gasté en coimas para conseguir préstamos en los bancos oficiales; con los que pude pagar las coimas para habilitaciones municipales, coimas para obtener permisos y coimas para que no investiguen las coimas.
Por fin; me pude dar el gusto y a principios del 92 abrí una pizzería en Lomas de Zamora. Estaba feliz trabajando veinte horas al día para poder salir adelante cuando de pronto... ¡¡¡Zás!!! Muzzarella podrida.
No entraban a la pizzería ni para vender rifas.
Pero Alfredito Argentino no es ningún boludo.
Antes de que me diera otro ataque, cambié de ramo. Puse una verdulería, justo tres días antes de que aparezca el cólera.
Fue tanto el cagazo de la gente que no venían ni a saludar. Había tanto miedo con eso, que hasta los caballos dejaron de ser vegetarianos.
¿Ustedes creen que me volví a enfermar? No. Ya estaba canchero. Y no se imaginan lo que hice… Porque Alfredito argentino no es ningún boludo. (CONTINUARÁ)
CAPITULO III ( 1989-1999) (primera parte)
Como les conté en la página anterior, había nuevo presidente.
Era un riojano patilludo y medio petisón que insistía con eso de “síganme que no los voy a defraudar”. Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, lo seguí.
Otra cosa que me entusiasmaba de Carlos Saúl es que no le temblaba la mano a la hora de los cambios. Corría Enero del 91 y reemplazó al ministro de economía, Erman González (Este hombre debió ser el hombre más instruido, inteligente y capaz del gobierno menemista ya que fue Ministro de Economía, de Defensa y de Trabajo. Le faltó ser Ministro de Dios y cartón lleno) por Domingo Cavallo.
Al saber que el nuevo ministro se llamaba Domingo me dije: “Salvado. Con ese nombre tan “peroncho” seguro que todas sus medidas van a beneficiar a los humildes trabajadores”.
Por la esperanza y porque Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante, salí a buscar trabajo y conseguí uno de sereno en unos galpones de Ezeiza.
Un trabajito piola porque no podría haber nada más tranquilo en un lugar donde lo único que pasaban eran aviones. Corría abril del 91 y estaba preparándome unos mates cuando cayó gente. Pensé que serían los dueños de los galpones pero no.
Eran policías al mando del Juez Alberto Piotti que buscaba un cargamento de droga decomisada que había desaparecido.
“Revise todo lo que quiera, acá solo hay pavadas”, le comenté inmutable mientras me tomaba un “matienzo”.
No eran pavadas. Parece que en el último cuatrimestre del 88, cuando Juan Carlos Delconte, hombre del presidente Alfonsín, estaba al frente de la Aduana, habrían ingresado al país más de mil toneladas de mercadería a través de papeles “truchos”.
Como yo puse cara de no creerle me mostró a nombre de quienes estaban hechos esos papeles. Además de Onassis, escritos en los comprobantes de los bultos sospechosos, y demostrando la total impunidad con la que operaron, aparecían, entre otros nombres, Pablo Prepuccio, Santiago Testiculli y Juan Pedorro.
Estuve a punto de criticar sus prejuicios pues yo tenía una tía segunda que se llamaba Tetamanti pero preferí callar pues al Juez Piotti se lo veía desconcertado al no poder entender cómo en más de dos años ningún inspector había podido descubrir que semejantes nombres eran fraguados y que podían esconder algo sospechoso.
Yo traté de decirle que tampoco lo entendía pero no pude pues del asombro, la bombilla se me atoró en la garganta y me puse más verde que la yerba.
No fui a la cárcel (en general cuando los curros son tan enormes nadie va preso) pero si al hospital donde me hicieron una traqueotomía para sacarme la bombilla.
Ni bien recuperé el habla normal, salí decidido a insultar al ministro de economía pero antes de nombrar la profesión de la madre alcancé a leer que su nuevo plan traía la estabilidad. Ahí frené el grito y recordé que en una época de estabilidad y laburando con todo, mi viejo pasó al frente. Y Alfredito Argentino no podía ser menos.
Así que para aprovechar la revolución productiva, vendí lo poco que me quedaba.
Esa plata la gasté en coimas para conseguir préstamos en los bancos oficiales; con los que pude pagar las coimas para habilitaciones municipales, coimas para obtener permisos y coimas para que no investiguen las coimas.
Por fin; me pude dar el gusto y a principios del 92 abrí una pizzería en Lomas de Zamora. Estaba feliz trabajando veinte horas al día para poder salir adelante cuando de pronto... ¡¡¡Zás!!! Muzzarella podrida.
No entraban a la pizzería ni para vender rifas.
Pero Alfredito Argentino no es ningún boludo.
Antes de que me diera otro ataque, cambié de ramo. Puse una verdulería, justo tres días antes de que aparezca el cólera.
Fue tanto el cagazo de la gente que no venían ni a saludar. Había tanto miedo con eso, que hasta los caballos dejaron de ser vegetarianos.
¿Ustedes creen que me volví a enfermar? No. Ya estaba canchero. Y no se imaginan lo que hice… Porque Alfredito argentino no es ningún boludo. (CONTINUARÁ)
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