Ni las siete plagas de Egipto se pueden comparar a lo que me tocó vivir en estos años. Zafaba de una y caía en otra… ¿A vos no te pasaba lo mismo? Seguime, yo sí que no te voy a defraudar.
CAPITULO III ( 1989-1999) (segunda parte)
Relean lo anterior. Me agarró la muzzarella podrida, pero cambié de ramo y puse una verdulería… Apareció el cólera.
¿Ustedes creen que me volví a enfermar? No. Ya estaba canchero. Como había cólera, tiré a la mierda la verdura y me puse a vender lavandina. Era el tema del momento. Hagan memoria.
Tal vez se les mezclen los recuerdos pues para la época en que recomendaban el uso de la lavandina en el agua para combatir la bacteria del cólera, también se hizo una fuerte campaña de prevención del Sida.
Era tanta la saturación en los medios que varias veces le terminé poniendo un preservativo a la canilla y echándome tres gotitas de lavandina en la punta del pene.
El asunto es que mientras calculaba la de plata que me iba a ganar, vine a descubrir que me habían vendido las marcas adulteradas. ¡Cincuenta mil litros de lavandina trucha!!!
Y me las tuve que meter en el culo junto con los nuevos talonarios numerados con CUIT, Ingresos Brutos y Jubilación que pedía la DGI y por los que sufrí diez multas y tres clausuras. Aunque mis negocios no vendieran un soto.
No; si como dijo Vicco, “lo mío es mala leche.” (Miguel Angel Vicco, fue secretario privado de Memen. Estuvo procesado en el año 91 por el tema de la leche adulterada. Obviamente fue sobreseído en el año 94)
Estaba a punto de volverme loco porque tuve un aluvión de enfermedades y mi cobertura era... ¡la del Guemes!
Cuando fui para que me atiendan estaba desierto. Miren como habrá sido el vaciamiento que no dejaron ni una curita.
Así que me entré a automedicar. Fue peor. Terminaron dándome corticoides y ahí me salió esta joroba de mierda. No sabía que corno hacer cuando apareció mi abuela.
¡Qué sería de la salud sin los consejos de las abuelas! La nona me hizo tirar los cuarenta y cuatro remedios que tomaba y me recomendó un medicamento natural que me dejaría como nuevo.
¡Propóleo Huilen!
Milagrosamente zafé, perdiendo solamente el setenta por ciento de la vista y un riñón. ¡Qué momento! Estaba en la cloaca de la vida. Solo; desquiciado, abatido, arruinado física y materialmente.
Y en medio de aquella adversidad, descubrí que la chispa del optimismo aún brillaba. Muy débil. Pero brillaba. Y si me había caído y levantado cien veces, podría hacerlo una vez más. Estaba vivo y eso era lo más importante. Juancito Argentino se la banca y le da para adelante. Sentí ganas de festejar por eso y gracias a Dios, encontré gente humilde que me hizo un lugar en su mesa. A ellos les hablé de mis ilusiones y les pareció increíble que después de todo lo que sufrí, aún fuera optimista. "A la vida hay que pelearla", los animé. "Porque este bendito país, siempre te da otra oportunidad.
Y esa tardecita de febrero del 93, hicimos un cálido y sencillo brindis con vino blanco Soy Cuyano. (Varias partidas de damajuanas de esta marca y de Mansero, fueron adulteradas con alcohol metílico, comunmente llamado “de quemar”. No; si a truchar no nos gana nadie.)
Los dos que quedamos vivos, decidimos festejarlo jugando al Prode.
¿Adiviná como me fue?... No… Te equivocaste. En el próximo capítulo te lo cuento. NO TE LO PIERDAS. (CONTINUARÁ)
miércoles, 21 de enero de 2009
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