viernes, 9 de enero de 2009

REVOLUCION PRODUCTIVA

Llegaron los aires riojanos al gobierno y El Jorobado renovó sus esperanzas de salir adelante, progresar y poder vivir dignamente y sin sobresaltos. (Como muchos de ustedes, bah…) Y enterate de lo que le pasó. (Como a muchos de ustedes)…


CAPITULO III ( 1989-1999) (primera parte)

Como les conté en la página anterior, había nuevo presidente.
Era un riojano patilludo y medio petisón que insistía con eso de “síganme que no los voy a defraudar”. Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, lo seguí.
Otra cosa que me entusiasmaba de Carlos Saúl es que no le temblaba la mano a la hora de los cambios. Corría Enero del 91 y reemplazó al ministro de economía, Erman González (Este hombre debió ser el hombre más instruido, inteligente y capaz del gobierno menemista ya que fue Ministro de Economía, de Defensa y de Trabajo. Le faltó ser Ministro de Dios y cartón lleno) por Domingo Cavallo.
Al saber que el nuevo ministro se llamaba Domingo me dije: “Salvado. Con ese nombre tan “peroncho” seguro que todas sus medidas van a beneficiar a los humildes trabajadores”.
Por la esperanza y porque Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante, salí a buscar trabajo y conseguí uno de sereno en unos galpones de Ezeiza.
Un trabajito piola porque no podría haber nada más tranquilo en un lugar donde lo único que pasaban eran aviones. Corría abril del 91 y estaba preparándome unos mates cuando cayó gente. Pensé que serían los dueños de los galpones pero no.
Eran policías al mando del Juez Alberto Piotti que buscaba un cargamento de droga decomisada que había desaparecido.
“Revise todo lo que quiera, acá solo hay pavadas”, le comenté inmutable mientras me tomaba un “matienzo”.
No eran pavadas. Parece que en el último cuatrimestre del 88, cuando Juan Carlos Delconte, hombre del presidente Alfonsín, estaba al frente de la Aduana, habrían ingresado al país más de mil toneladas de mercadería a través de papeles “truchos”.
Como yo puse cara de no creerle me mostró a nombre de quienes estaban hechos esos papeles. Además de Onassis, escritos en los comprobantes de los bultos sospechosos, y demostrando la total impunidad con la que operaron, aparecían, entre otros nombres, Pablo Prepuccio, Santiago Testiculli y Juan Pedorro.
Estuve a punto de criticar sus prejuicios pues yo tenía una tía segunda que se llamaba Tetamanti pero preferí callar pues al Juez Piotti se lo veía desconcertado al no poder entender cómo en más de dos años ningún inspector había podido descubrir que semejantes nombres eran fraguados y que podían esconder algo sospechoso.
Yo traté de decirle que tampoco lo entendía pero no pude pues del asombro, la bombilla se me atoró en la garganta y me puse más verde que la yerba.
No fui a la cárcel (en general cuando los curros son tan enormes nadie va preso) pero si al hospital donde me hicieron una traqueotomía para sacarme la bombilla.
Ni bien recuperé el habla normal, salí decidido a insultar al ministro de economía pero antes de nombrar la profesión de la madre alcancé a leer que su nuevo plan traía la estabilidad. Ahí frené el grito y recordé que en una época de estabilidad y laburando con todo, mi viejo pasó al frente. Y Alfredito Argentino no podía ser menos.
Así que para aprovechar la revolución productiva, vendí lo poco que me quedaba.
Esa plata la gasté en coimas para conseguir préstamos en los bancos oficiales; con los que pude pagar las coimas para habilitaciones municipales, coimas para obtener permisos y coimas para que no investiguen las coimas.
Por fin; me pude dar el gusto y a principios del 92 abrí una pizzería en Lomas de Zamora. Estaba feliz trabajando veinte horas al día para poder salir adelante cuando de pronto... ¡¡¡Zás!!! Muzzarella podrida.
No entraban a la pizzería ni para vender rifas.
Pero Alfredito Argentino no es ningún boludo.
Antes de que me diera otro ataque, cambié de ramo. Puse una verdulería, justo tres días antes de que aparezca el cólera.
Fue tanto el cagazo de la gente que no venían ni a saludar. Había tanto miedo con eso, que hasta los caballos dejaron de ser vegetarianos.
¿Ustedes creen que me volví a enfermar? No. Ya estaba canchero. Y no se imaginan lo que hice… Porque Alfredito argentino no es ningún boludo. (CONTINUARÁ)

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