Yo jamás bajé los brazos, pero de tanto remarla, mis brazos ya parecían dos muñones. Cada vez que quería asomar la cabecita, la realidad me pegaba una trompada y otra vez a la lona.
¿No me crees? Leé lo que sigue.
CAPITULO III ( 1989-1999) (cuarta parte)
Como yo no quería ponerme a discutir los milagros de la política, dejé de preguntar y fui a ocupar mi puesto. Justo en Agosto de 1994, cuando saltó el escándalo por una licitación dudosa que perjudicó al Banco Hipotecario en 600 millones de dólares.
Recuerdo que Adelina me había mandado a buscar unas cortinas que había comprado para su despacho. El precio de las cortinitas era de treinta mil pesos, cosa que no me llamó la atención porque las funcionarias de Carlos Saúl se manejaban así. Por ejemplo María Julia gastó quinientos mil para remodelar su oficina.
El asunto fue que cuando volví, el ministro Cavallo ya la había rajado. No solo no cobré un peso del sueldo sino que tampoco pude recuperar lo que puse mi bolsillo para pagar el flete que trajo las cortinas. Recaliente me puse a buscar a Adelina Dalesio de Viola pero, como tantas estrellas fugaces de la política, nunca más apareció.
Con esa búsqueda llegué al final del 94. Así que no quise meterme en nada para poder terminar el año con toda tranquilidad.
Y esta vez se cumplió mi deseo.
La pasé re-tranquilo en una cama del Instituto del Quemado porque el 24 a la noche me agarraron treinta cañitas voladoras; siete bombas de estruendo y tres balas perdidas.
Ahí quedé sordo del este oído izquierdo, perdí un pulmón y tuve más operaciones que un cajero automático.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Como el flaco que disparó las balas perdidas resultó ser hijo de un concejal, me ofrecieron plata para que no hiciera la denuncia.
Yo agarré porque a esta altura ya tenía la sensación de que la guita no se hacía trabajando. Y como Alfredito Argentino no es ningún boludo; esa vez me asesoré muy bien antes de invertir. Y en enero del 95 puse toda la guita en la bolsa.
¡Efecto tequila!
Ahí fue donde me vino una soriasis aguda, triquinosis crónica y tuve hepatitis P , de pelotudo.
Encima cuando el ministro Cavallo dijo que la culpa fue de los mejicanos, me agarró tal ataque de odio hacia ellos que le prendí fuego a todos los discos de Manzanero; rompí la foto de Verónica Castro y cada vez que veía un mariachi lo quería cagar a trompadas.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Vendí las acciones y cuando pensaba qué hacer con esa plata, vino mi tío Prudencio y me abrió los ojos. "El negocio está en el campo", me repetía una y otra vez. Y no le faltaba razón.
Si tenemos la mejor tierra del mundo. Tirás lo que sea y brota. Por eso fui y me compré un campito en Pergamino. Fue en abril del 95, ese fatídico mes de las lluvias. Que digo lluvias. ¡Me agarró el segundo diluvio universal!
Cayó tanta agua que para levantar la cosecha tuve que alquilar el submarino de Jacques Cousteau.
Esa vez tuve dieciocho espasmos y todavía tengo que ir cada quince días a sacarme agua de la joroba.
Por suerte pude venderle el campito a Mundo Marino y me volví al centro. Justo era tiempo de elecciones presidenciales.
Una buena oportunidad de subirse al carro del vencedor y acomodarse en algún cargo.
Si quieren saber por quién voté, no se pierdan el próximo capítulo.
viernes, 20 de febrero de 2009
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