A esta altura que todavía esté vivo para seguir la historia ya anda cerca del milagro. Pero aunque les parezca mentira, lo que me pasó es lo más suave; la caricia de un bebé les diría. ¿No me creen? Entonces ustedes vivían en otro país.
CAPITULO III ( 1989-1999) (sexta parte)
Estábamos en que me crucé con un amigo de la infancia que me ofreció un trabajo bien pago, seguro y en pleno contacto con la naturaleza. Como ese fue siempre uno de mis grandes sueños, le dije que sí y el 10 de enero del 96 estaba en Bariloche, trabajando en el Parque Nacional Nahuel Huapi. ¡Ni en el cine vi semejante incendio.!Para colmo no existían medios para combatirlo. Los camiones tenían nafta pero no agua. Y el avión hidrante tenía agua pero le faltaba nafta. Tratamos de apagarlo a los pisotones, a los ponchazos, a los piedrazos, con lo que fuera. Al final, como siempre que ocurre algo grave en el país, recurrimos al método clásico: le pedimos ayuda a Dios. Y Dios que aprieta pero no ahorca (hasta ahora) otra vez nos ayudó. Mandó a San Pedro que nos trajo la lluvia salvadora pero pidiendo a cambio del favor, que dejemos de repetir esa frase de que “Dios es argentino”. Parece que es mala publicidad.A todo esto, mientras en Bariloche peleábamos contra el fuego; en la City Porteña los demás funcionarios del gobierno se peleaban con María Julia porque ninguno quería hacerse cargo del problema.Aunque parezca mentira, yo la defendí a María Julia. Me parecía lógico que no viniera a ver el incendio. Mirá si se le quemaba el tapado. Además, ella estaba muy ocupada limpiando el Riachuelo.Lo malo de la situación fue que yo terminé con quemaduras de vigésimo grado. Me transplantaron piel de donde pudieron. Tengo áspera; negra, peluda y hasta, escamas. Parece que el hospital andaba escaso de recursos y esa era época donde sobraban las truchas. Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.Me indemnizaron por lo del incendio y con eso me pagué un curso acelerado de computación con salida laboral.Alfredito Argentino no es ningún boludo. Sabía que ese era el futuro. Estudiando día y noche en poco tiempo me recibí de analista-programador. La plata que me sobraba se la di a mi profesor para que me consiguiera trabajo. Y el tipo cumplió. En Febrero empecé a trabajar en el centro de cómputos del Banco Nación. Cuando entré todos estaban convulsionados por el Proyecto Centenario de IBM. Yo pensé que hablaban de la tecnología pero no. Solo se hablaba de... ¡Coimas!. Justo ese día se anulaba el contrato por el cual IBM iba a computarizar las quinientas treinta y cinco sucursales. ¡Se armó un kilombo! Y no era para menos porque las coimas llegaban a la suma de 21 millones dólares. Para colmo el profesor era amigo de Aldo Dadone, el presidente del Banco; de Mario Dadone y Hugo Gaggero que eran directores. Así que cuando saltaron ellos, salté yo también. Por suerte mi corazón se bancó bastante bien los diecinueve by pass. Cuando estaban por darme de alta, apareció mi primo Rosendo. No sé cómo se enteró pero los parientes son así. Caen de sorpresa.Lo bueno fue que Rosendo me quería de socio para abrir una casa de comidas típicas argentinas, en el exterior. La idea me pareció genial, porque acá ya no tenía futuro. Conseguir la plata, no fue problema. Mi primo, gracias a un senador amigo, cobraba 47 pensiones graciables, tres de ellas por invalidez. Y yo la conseguí vendiendo en una semana 30 litros de sangre.Viajamos; trabajamos como locos y allá por abril de 1996 abrimos un típico asador criollo llamado "Argentino hermano fiel"... en Perú. Fue el mismo día en que se salió a la luz pública la venta de armas que le hicimos al Ecuador durante la guerra con los peruanos. Cuando vi esas 300 personas caminando hacia la parrilla, lo primero que pensé fue. "No nos va a alcanzar la carne" … Fue lo último que pensé. Los tipos rompieron todo. A mi primo Rosendo le metieron dulce de leche en cuanto agujero tenía. A mí me agarraron de los huevos con toda la intención hacerme una brochette cuando justo llegó la policía. A ellos los echó y a nosotros nos dieron 362 bastonazos. El tipo que me deportó no podía creer que yo sólo tuviera un moretón. Claro que el moretón iba desde los párpados hasta los tobillos.Cuando llegué a Ezeiza, el de la aduana me preguntó: "¿Trae algo?"“Sí”, le dije. “Todas las costillas fisuradas”Mientras estuve enyesado y en reposo aproveché para leer los avisos clasificados buscando un trabajo, en lo posible uno manual, tranquilo y justo lo encontré el día que estaba por salir de alta. Pedían un ayudante para una carpintería en el gran Buenos Aires. ¡Perfecto! ¿Perfecto? Para Alfredito Argentino nada es perfecto.¡Nunca! No te pierdas la próxima porque las desventuras continúan.
viernes, 27 de marzo de 2009
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