lunes, 20 de abril de 2009

¡QUE SUERTE PARA LAS DESGRACIAS!

Esa inmortal frase del recordado Pepe Biondi (si no saben quien es, busquen en Internet, chicos) me venía como anillo. Y como no iba a ir de desgracia en desgracia si era un simple argentino. Por eso me pasaban cosas como estas.

CAPITULO III ( 1989-1999) (septima parte)

¿Recuerdan que al final del capítulo anterior pedían un ayudante para una carpintería en el gran Buenos Aires?
Bueno, resulta que me presenté y me tomaron. Jamás me olvidaré de ese día de julio del 96. La primera tarea que me encomendaron fue darle un retoque final a un ropero en la casa del cliente.
Allá me fui. Era un departamento impresionante. Y el ropero era un placard con vestidor a todo lujo. Cuando la esposa me contó que valía 19 mil dólares le dije que me parecía un poco caro.
Ni bien terminé de decirlo entraron al departamento un montón de policías y fiscales de la Oficina Anticorrupción.
Parece que ellos tampoco podían creer el costo de ese mueble.
A mi se me dio por comentar que podría parecer caro para uno pero no para el dueño, que debería ser un millonario o un galán de la tele. Y para respaldar mis palabras les mostré el contenido del ropero. Trajes de etiqueta; corbatas de seda y zapatos bicolor. No había duda de que el tipo era un verdadero dandy.
Los fiscales miraron a los policías y se largaron a reir. Luego me aclararon que el tipo no era ni una cosa ni la otra. El ropero pertenecía al Juez Trovato.
En medio de mi perplejidad, alegué que el Juez Trovato no sería un galán de la tele pero algo tenía que ver con la farándula ya que una foto suya bailando con Silvia Suller fue tapa de la revista Caras.
Además si el tipo se quería gastar diecinueve mil dólares en un ropero era cosa suya. Sobre gustos no hay nada escrito decía mi abuela y le ponía dulce de leche al bacalao.
Ahí los fiscales dejaron de reírse y me contaron que el ropero no lo compró sino que lo habría recibido de coima. Encima me acusaron de encubridor, intermediario y no sé que más porque ahí mismo me dio un soponcio.
No era para menos. Se trataba de un Juez de la Nación.
Igual yo confiaba en que éste sería el único Juez que aceptaría un soborno durante el gobierno menemista y los que le siguieran.
Que el resto; Corte Suprema incluida, fallarían de manera justa y ejemplar. (No diga nada. Pensamos igual. Si los boludos fueran globos yo estaría en todos los cumpleaños)
Este nuevo tiempo de reposo me permitió analizar la realidad y fue así como descubrí cual era el rebusque del momento: vendedor ambulante. ¿No vieron la cantidad que hay? Las veredas están llenas de gente y resulta que el ochenta por ciento son vendedores ambulantes, un diez ciento son arrebatadores y punguistas, y el resto transeúntes.
Si a eso le agregamos las mesitas de los bares y los “regalitos” caninos, para poder caminar por una vereda tenés que hacer más gambetas que Maradona en el gol a los ingleses.
De todas formas ni bien dejé la cama, me largué como vendedor ambulante.
Pero atención: Alfredito Argentino no es tan boludo. Busqué un producto que no vendiera nadie. Por eso gasté mis últimos pesos comprando mil paquetes de velas y me armé un puestito en el microcentro. Fue el 12 de setiembre de 1996 a la tardecita. ¡No me olvido más!
Cuando se produjo semejante apagón pensé que era mi día de suerte.
En medio de la oscuridad prendí 50 velas para llamar la atención.
¡Cómo corno iba a saber que era un apagón político organizado por Chacho Alvarez! (que por entonces se dedicaba a la política y no ha levantarse a Solita Silveyra)
La cosa fue que de repente cayeron unos veinte monos del Frepaso (supo ser un partido político que duro lo que Chacho en el gobierno) y antes de que volviera la luz me hicieron morfar todas las velas. Y no quieran saber dónde me metieron las que estaban encendidas.
¡Fue muy duro! Y encima no le sacaron el portavelas.
Por suerte no hay mal que por bien no venga.
Un chabón que vio lo que me pasó, se acercó y me propuso un negocio que me dejaría muy buena plata.
Yo acepté porque Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante aunque le den por atrás...
Después de todas las velas que me tragué, el chabón me hizo comer cuatro kilos de remolacha; siete kilos de acelga, dos de azafrán y de postre, mousse de Cirulaxia.
Fue sentarme y listo. Estuve una semana haciendo velitas de colores. Vendimos cualquier cantidad. Esto comprueba que la gente en la calle compra cualquier mierda.
Aunque no me crean, gané plata y la usé para progresar. Para buscar un trabajo sin patrón y manejar mis propios horarios. No quería depender de nadie. Por eso me compré un taxi.
¿Se imaginan al pobre Alfredito Argentino manejando un taxi? La próxima se los cuento. No me abandonen y de vez en cuando mándeme un mail…

No hay comentarios: