Ya no sabía en qué o en quién creer. La malaria me crecía más rápido que el pelo.
CAPITULO III ( 1989-1999) (Décimocuarta parte)
Como les contaba, encontré un establecimiento público con una cama libre. Con abnegados profesionales dispuestos a curarme gratis.
¡Era el hospital Larcade de San Miguel y justo caí el día que lo tomó Aldo Rico! Otra vez se cruzaba en mi vida el ahora democrático y pintoresco militar. (¿Recuerdan cuando en Semana Santa rompió los huevos? Los de Pascua, digo, que traía en el rastrojero según cuento en el Capítulo II Primera parte)
En medio del despelote, el tipo me vio todo dolorido y me dijo: “Venga que yo le reviento ese grano”. Y me clavó la bayoneta en la joroba. Una semana después, cuando finalmente pudieron frenar la hemorragia, me di cuenta de que mi suerte estaba cambiando. Algo en mi interior me decía que las cosas iban a mejorar para mí.
Un enfermero me dijo que lo más conveniente para mí sería descansar un tiempo; distraerme, tomarme vacaciones.
Yo pensaba igual que él pero desgraciadamente no tenía plata ni para acampar debajo de la Autopista. Entonces el enfermero se compadeció de mí y me prestó un departamentito que tenía en Mar del Plata.
Y aunque no era verano, Alfredito se la banca y le da para adelante.
Fui de lo más contento y una tarde, caminando por la peatonal San Martín, la vi. No era muy linda, pero era mujer y joven. Tenía el pelo azul todo parado como Don King, una argolla en la nariz, alfileres de gancho en los párpados y un candado en cada pezón.
Reconozco que se trataba de una chica estrafalaria y llamativa pero yo tampoco era un dechado de belleza.
Empezando por la joroba que se me había puesto bicolor, los pedacitos de metal que se me veían en diferentes partes del cuerpo y los mechones de pelo chamuscado que me quedaban.
Lo importante fue que la mina no me sacaba los ojos de encima.
Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, fui y la invité a tomar un copetín con los cincuenta platitos en la Rambla.
Ella primero me agradeció; después me contó que lo del copetín con los cincuenta platitos no existía más y por último me confesó que tenía ganas de escuchar música. Recuerdo que me preguntó “¿Te gusta el rock?”. Y yo, con tal de volteármela, le dije que sí. ¿Saben dónde me llevó? ¡Al recital de los Redonditos de Ricota!
¡Ay mi Dios que despelote se armó esa noche con la policía de Mar del Plata! Fue una batalla campal.
Tragué tanto gas lacrimógeno que todavía hoy, cada vez que respiro hondo lloro más que Andrea del Boca. Y el cirujano del hospital Interzonal me confesó que nunca hubiera imaginado que en un solo cuerpo humano podían caber tantas balas de goma.
Me banqué bien las primeras 76 operaciones, pero en la última entré en coma 5. Mi alma anduvo vagando por un túnel oscuro. Hasta que de pronto vi una luz que me enceguecía y me atraía a la vez. Llevado por una fuerza incontenible me dirigí hacia ella y ahí lo vi.
Era Víctor Sueiro jodiendo con una linterna.
La cosa es que por entonces el Turco Inmortal terminaba su mandato y yo soñaba, en mi estado comatoso, con que nuestro próximo presidente fuera un hombre decidido, seguro, pujante y carismático para que pueda sacar adelante el país.
¿Cuándo despierte podré seguir diciendo que Alfredito Argentino no es ningún boludo?
sábado, 16 de enero de 2010
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