Yo insisto con eso de “darle para adelante”, pero llega un momento en que me pregunto: ¿vale la pena luchar en este país?... La respuesta me la tienen que dar ustedes, después de que lean lo que pasó esta vez.
CAPITULO III ( 1989-1999) (Décimotercera parte)
Como les contaba al final del capítulo anterior, parecía que la suerte me había llegado y quise aprovecharla.
Por eso antes de volver a Buenos Aires pasé por el casino de Colonia.
Pensando en Pamela Anderson le aposté las últimas monedas que tenía al 28. (si no sabe que significa el número 28 en la Quiniela, pregunte s su quinielero amigo)
La cosa es que el numerete loco salió seis veces seguidas. Gané un montón de guita. Y ahí me agarró la duda. ¿En qué invertirla para no meter la gamba otra vez?
Alfredito argentino no es ningún boludo. Le presté atención a lo que psaba a mi alrededor.
En eso vi pasar a un pescador y se me iluminó el cerebro: “El futuro está en el mar”. No lo pensé más. Pongo una pescadería y me salvo para toda la cosecha.
Me recorrí toda la Capital Federal buscando una zona donde no hubiera una pescadería en 30 cuadras a la redonda. Caminé y caminé por los cien barrios porteños más que Lita de Lázzari hasta que encontré el ideal: Almagro.
Abrí mi negocio feliz entre corvinas y calamaretis cuando de pronto...
¡Incendio en la subestación de Edesur! ¡Once días sin luz.!
Ni las anguilas tenían electricidad.
Esta vez sí que se me pudrió todo. Encima cuando volvió la energía, en vez de 220 mandaron 480 y se me quemaron las heladeras, el acondicionador de aire y la máquina de hacer hielo
Ahí tuve distensión de médula y tortícolis intermitente. Sí, no se rían.
Parecía el Ingeniero Alsogaray corriendo en un fórmula 1.
Pero Alfredito argentino no es ningún boludo.
Le hice juicio a Edesur y se lo gané. Jé, je; a mí no me iban a joder. Cobré 13 pesos con cincuenta por cada día del apagón.
Iba por la calle haciendo números cuando justo me crucé con un amigo y le conté lo que me había pasado.
“No te calentés, loco”, me dijo. “Venite conmigo a la cancha, así te distraés un rato”.
Yo traté de rechazar la invitación alegando que en las canchas había mucha violencia.
Pero él insistió: “Es un amistoso a puertas cerradas, ¿qué puede pasar?”. Con ese argumento irrefutable me convenció y fuimos los más campantes.
Fue ese partido Boca-Chacarita en la Bombonera, donde los barras boquenses emboscaron a varios de Chacarita. Al lado de lo que pasó en esa tribuna, Kosovo era el show de los Teletubbies.
Miren cómo me habrán pegado, que Crónica TV cortó las imágenes mías porque le parecieron demasiado sangrientas.
Cuando recuperé la conciencia, los médicos casi se infartan. Y era lógico. Estaban en la morgue a punto de hacerme la autopsia.
Pero aunque algunos lo den por muerto, Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Igual los doctores decidieron dejarme en observación, no sé si como curiosidad médica o como milagro religioso.
El problema fue que como no tenía obra social y mucho menos medicina prepaga, anduve dando vueltas por ochocientas clínicas y sanatorios del conurbano. No tenían lugar ni en las incubadoras.
Hasta que por fin encontré un establecimiento público con una cama libre. Con abnegados profesionales dispuestos a curarme gratis.
¿Saben donde fui a parar? Repasen los diarios de la época; busquen por Internet. La pista que les doy es que no se trataba de un hospital para ricos, pero había uno. Y no es una pista “aldo pe”. El Jorobado la tiene clara… ¡No me dejen solo!
domingo, 3 de enero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)


No hay comentarios:
Publicar un comentario