¿Qué habré yo para merecer esto? Esta pregunta se la deben haber hecho millones de argentinos cuando vieron como actuaba el nuevo presidente. También me la hice yo, pero por las cosas que me seguían pasando.
CAPITULO IV (1999-2003 – Primera parte)
Tras la famosa luz de Víctor Sueiro, me desperté y volví a la vida. ¡Para qué! Cuando supe el resultado de las elecciones no lo podía creer.
Resulta que teníamos presidente radical, vicepresidente del Frepaso y un Congreso peronista. ¡Cogobierno! Me quería morir.
Si con los radicales me fue mal y con los peronistas peor; con los dos juntos chau. Seguro que me salían siete jorobas más.
Me agarró un ataque de nervios tan pero tan grande que para tranquilizarme tuvieron que hacerme veinte enemas de Valium.
Dio resultado. Me calmé. Pero tuve una dilatación anal y lo peor fue que me resultó agradable.
Claro que no tanto como enterarme de las declaraciones de los triunfadores en diarios, revistas y televisión. Al escuchar a De La Rua y a Chacho Alvarez renacieron mis esperanzas; el sol volvió a salir; la luz apareció al final del túnel; la felicidad invadió mi cuerpo y hasta tuve una erección. Para qué no sé, pero la tuve. Y Alfredito se la banca y le da para adelante.
Caminaba por la calle eufórico mientras la gente me miraba como si estuviera loco. Pero no. Sentía que por primera vez en muchos años, teníamos la oportunidad de arreglar el país económica y moralmente. Los resultados de la elección lo demostraban con total claridad. Alfredito argentino no es ningún boludo.
Los radicales y los del Frepaso juraban que habían formado la Alianza, “NO” para ganarle a Menem, sino para formar un nuevo país, en base a un programa de gobierno novedoso, estudiado, prolijo y de gran sentido social. Por eso ganaron.
El justicialismo salió segundo con la fórmula Duhalde, Palito Ortega, que era como una “pareja de truco”. Uno cantaba y el otro mentía. Además con ese resultado era una fija que Duhalde desaparecería para siempre de la política. Ya nunca más podría ser presidente.
Y tercero lejos, Domingo Cavallo. Que con ese resultado vio como quedaban sepultados sus sueños de volver al gobierno. Encima con todo lo que dijeron de Mingo los radicales y frepasistas ni bien asumieron, yo estaba recontra seguro que Cavallo nunca más volvería a ser ministro de economía.
Pero a mí lo que más me entusiasmó fue la fórmula ganadora. De La Rua- Chacho Alvarez.!!!
Fernando me copó. Vi los avisos de campaña y era una fiera.
El maestro de todos los chicos; el médico de todos los enfermos; el cliente de todos los travestis… Era una cosa de locos.
Nunca había visto a un presidente tan decidido y con tanto huevo.
Yo le apostaba a todo el mundo que esta vez sí pasábamos al frente.
Si hasta prometió terminar con los ajustes y bajar los impuestos.
Y por si eso fuera poco, de vicepresidente estaba Chacho Alvarez. Un político con ideas nuevas, firme y corajudo al que no iban a joder así nomás.
Cada vez que lo escuchaba hablar, yo pensaba: “Este la tiene clara. Tenemos gobernante por veinte años”.
Como le pifié. Chacho Alvarez fue como un embarazo. Nueve meses y afuera.
¡Ay Dios! Miren que nos hemos comido sapos en estos últimos 30 años. Pero esto ya más que un sapo fue una ensalada de rinocerontes.
Para colmo en esa época estrenaron Jurassic Park Tres que resultó idéntica al gobierno de la Alianza, porque de nuevo nos asustaban con los mismos dinosaurios.
Empezando por el velociraptor Machinea, que volvió como Ministro de Economía para demostrar que los groseros errores que cometió en el anterior gobierno radical no habían sido una casualidad. Y para que no queden dudas nos ajustó hasta las bolas.
Y también reapareció el tiranosaurio Alfonsín; al que yo me imaginaba pescando en Chascomús y resulta que estaba aconsejando al gobierno… ¡Aconsejando!... ¡Y en economía! Como si en ese rubro su gestión hubiera sido un éxito. Encima cada vez que opinaba el gobierno temblaba.
Pero Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Si, señor. Con toda mi experiencia esta vuelta no me iba a quedar afuera. Yo la tenía clara. Alfredito argentino no es ningún boludo.
Era el momento de ponerse al lado del gobierno. Ese es el mejor lugar. Porque si te ponés adelante te “empoma” y se te ponés atrás te “garca”.
¿Cómo siguió mi vida? Ustedes ni se lo imaginan. O sí… Igual no se pierdan el próximo capítulo. El Jorobado siempre tiene una sorpresa.
domingo, 31 de enero de 2010
sábado, 16 de enero de 2010
¡OH MAMA, A MI ME PASAN TODAS, OH MAMA!
Ya no sabía en qué o en quién creer. La malaria me crecía más rápido que el pelo.
CAPITULO III ( 1989-1999) (Décimocuarta parte)
Como les contaba, encontré un establecimiento público con una cama libre. Con abnegados profesionales dispuestos a curarme gratis.
¡Era el hospital Larcade de San Miguel y justo caí el día que lo tomó Aldo Rico! Otra vez se cruzaba en mi vida el ahora democrático y pintoresco militar. (¿Recuerdan cuando en Semana Santa rompió los huevos? Los de Pascua, digo, que traía en el rastrojero según cuento en el Capítulo II Primera parte)
En medio del despelote, el tipo me vio todo dolorido y me dijo: “Venga que yo le reviento ese grano”. Y me clavó la bayoneta en la joroba. Una semana después, cuando finalmente pudieron frenar la hemorragia, me di cuenta de que mi suerte estaba cambiando. Algo en mi interior me decía que las cosas iban a mejorar para mí.
Un enfermero me dijo que lo más conveniente para mí sería descansar un tiempo; distraerme, tomarme vacaciones.
Yo pensaba igual que él pero desgraciadamente no tenía plata ni para acampar debajo de la Autopista. Entonces el enfermero se compadeció de mí y me prestó un departamentito que tenía en Mar del Plata.
Y aunque no era verano, Alfredito se la banca y le da para adelante.
Fui de lo más contento y una tarde, caminando por la peatonal San Martín, la vi. No era muy linda, pero era mujer y joven. Tenía el pelo azul todo parado como Don King, una argolla en la nariz, alfileres de gancho en los párpados y un candado en cada pezón.
Reconozco que se trataba de una chica estrafalaria y llamativa pero yo tampoco era un dechado de belleza.
Empezando por la joroba que se me había puesto bicolor, los pedacitos de metal que se me veían en diferentes partes del cuerpo y los mechones de pelo chamuscado que me quedaban.
Lo importante fue que la mina no me sacaba los ojos de encima.
Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, fui y la invité a tomar un copetín con los cincuenta platitos en la Rambla.
Ella primero me agradeció; después me contó que lo del copetín con los cincuenta platitos no existía más y por último me confesó que tenía ganas de escuchar música. Recuerdo que me preguntó “¿Te gusta el rock?”. Y yo, con tal de volteármela, le dije que sí. ¿Saben dónde me llevó? ¡Al recital de los Redonditos de Ricota!
¡Ay mi Dios que despelote se armó esa noche con la policía de Mar del Plata! Fue una batalla campal.
Tragué tanto gas lacrimógeno que todavía hoy, cada vez que respiro hondo lloro más que Andrea del Boca. Y el cirujano del hospital Interzonal me confesó que nunca hubiera imaginado que en un solo cuerpo humano podían caber tantas balas de goma.
Me banqué bien las primeras 76 operaciones, pero en la última entré en coma 5. Mi alma anduvo vagando por un túnel oscuro. Hasta que de pronto vi una luz que me enceguecía y me atraía a la vez. Llevado por una fuerza incontenible me dirigí hacia ella y ahí lo vi.
Era Víctor Sueiro jodiendo con una linterna.
La cosa es que por entonces el Turco Inmortal terminaba su mandato y yo soñaba, en mi estado comatoso, con que nuestro próximo presidente fuera un hombre decidido, seguro, pujante y carismático para que pueda sacar adelante el país.
¿Cuándo despierte podré seguir diciendo que Alfredito Argentino no es ningún boludo?
CAPITULO III ( 1989-1999) (Décimocuarta parte)
Como les contaba, encontré un establecimiento público con una cama libre. Con abnegados profesionales dispuestos a curarme gratis.
¡Era el hospital Larcade de San Miguel y justo caí el día que lo tomó Aldo Rico! Otra vez se cruzaba en mi vida el ahora democrático y pintoresco militar. (¿Recuerdan cuando en Semana Santa rompió los huevos? Los de Pascua, digo, que traía en el rastrojero según cuento en el Capítulo II Primera parte)
En medio del despelote, el tipo me vio todo dolorido y me dijo: “Venga que yo le reviento ese grano”. Y me clavó la bayoneta en la joroba. Una semana después, cuando finalmente pudieron frenar la hemorragia, me di cuenta de que mi suerte estaba cambiando. Algo en mi interior me decía que las cosas iban a mejorar para mí.
Un enfermero me dijo que lo más conveniente para mí sería descansar un tiempo; distraerme, tomarme vacaciones.
Yo pensaba igual que él pero desgraciadamente no tenía plata ni para acampar debajo de la Autopista. Entonces el enfermero se compadeció de mí y me prestó un departamentito que tenía en Mar del Plata.
Y aunque no era verano, Alfredito se la banca y le da para adelante.
Fui de lo más contento y una tarde, caminando por la peatonal San Martín, la vi. No era muy linda, pero era mujer y joven. Tenía el pelo azul todo parado como Don King, una argolla en la nariz, alfileres de gancho en los párpados y un candado en cada pezón.
Reconozco que se trataba de una chica estrafalaria y llamativa pero yo tampoco era un dechado de belleza.
Empezando por la joroba que se me había puesto bicolor, los pedacitos de metal que se me veían en diferentes partes del cuerpo y los mechones de pelo chamuscado que me quedaban.
Lo importante fue que la mina no me sacaba los ojos de encima.
Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, fui y la invité a tomar un copetín con los cincuenta platitos en la Rambla.
Ella primero me agradeció; después me contó que lo del copetín con los cincuenta platitos no existía más y por último me confesó que tenía ganas de escuchar música. Recuerdo que me preguntó “¿Te gusta el rock?”. Y yo, con tal de volteármela, le dije que sí. ¿Saben dónde me llevó? ¡Al recital de los Redonditos de Ricota!
¡Ay mi Dios que despelote se armó esa noche con la policía de Mar del Plata! Fue una batalla campal.
Tragué tanto gas lacrimógeno que todavía hoy, cada vez que respiro hondo lloro más que Andrea del Boca. Y el cirujano del hospital Interzonal me confesó que nunca hubiera imaginado que en un solo cuerpo humano podían caber tantas balas de goma.
Me banqué bien las primeras 76 operaciones, pero en la última entré en coma 5. Mi alma anduvo vagando por un túnel oscuro. Hasta que de pronto vi una luz que me enceguecía y me atraía a la vez. Llevado por una fuerza incontenible me dirigí hacia ella y ahí lo vi.
Era Víctor Sueiro jodiendo con una linterna.
La cosa es que por entonces el Turco Inmortal terminaba su mandato y yo soñaba, en mi estado comatoso, con que nuestro próximo presidente fuera un hombre decidido, seguro, pujante y carismático para que pueda sacar adelante el país.
¿Cuándo despierte podré seguir diciendo que Alfredito Argentino no es ningún boludo?
domingo, 3 de enero de 2010
EL QUE NACE PARA BERMUDA, NUNCA LLEGA A PANTALON
Yo insisto con eso de “darle para adelante”, pero llega un momento en que me pregunto: ¿vale la pena luchar en este país?... La respuesta me la tienen que dar ustedes, después de que lean lo que pasó esta vez.
CAPITULO III ( 1989-1999) (Décimotercera parte)
Como les contaba al final del capítulo anterior, parecía que la suerte me había llegado y quise aprovecharla.
Por eso antes de volver a Buenos Aires pasé por el casino de Colonia.
Pensando en Pamela Anderson le aposté las últimas monedas que tenía al 28. (si no sabe que significa el número 28 en la Quiniela, pregunte s su quinielero amigo)
La cosa es que el numerete loco salió seis veces seguidas. Gané un montón de guita. Y ahí me agarró la duda. ¿En qué invertirla para no meter la gamba otra vez?
Alfredito argentino no es ningún boludo. Le presté atención a lo que psaba a mi alrededor.
En eso vi pasar a un pescador y se me iluminó el cerebro: “El futuro está en el mar”. No lo pensé más. Pongo una pescadería y me salvo para toda la cosecha.
Me recorrí toda la Capital Federal buscando una zona donde no hubiera una pescadería en 30 cuadras a la redonda. Caminé y caminé por los cien barrios porteños más que Lita de Lázzari hasta que encontré el ideal: Almagro.
Abrí mi negocio feliz entre corvinas y calamaretis cuando de pronto...
¡Incendio en la subestación de Edesur! ¡Once días sin luz.!
Ni las anguilas tenían electricidad.
Esta vez sí que se me pudrió todo. Encima cuando volvió la energía, en vez de 220 mandaron 480 y se me quemaron las heladeras, el acondicionador de aire y la máquina de hacer hielo
Ahí tuve distensión de médula y tortícolis intermitente. Sí, no se rían.
Parecía el Ingeniero Alsogaray corriendo en un fórmula 1.
Pero Alfredito argentino no es ningún boludo.
Le hice juicio a Edesur y se lo gané. Jé, je; a mí no me iban a joder. Cobré 13 pesos con cincuenta por cada día del apagón.
Iba por la calle haciendo números cuando justo me crucé con un amigo y le conté lo que me había pasado.
“No te calentés, loco”, me dijo. “Venite conmigo a la cancha, así te distraés un rato”.
Yo traté de rechazar la invitación alegando que en las canchas había mucha violencia.
Pero él insistió: “Es un amistoso a puertas cerradas, ¿qué puede pasar?”. Con ese argumento irrefutable me convenció y fuimos los más campantes.
Fue ese partido Boca-Chacarita en la Bombonera, donde los barras boquenses emboscaron a varios de Chacarita. Al lado de lo que pasó en esa tribuna, Kosovo era el show de los Teletubbies.
Miren cómo me habrán pegado, que Crónica TV cortó las imágenes mías porque le parecieron demasiado sangrientas.
Cuando recuperé la conciencia, los médicos casi se infartan. Y era lógico. Estaban en la morgue a punto de hacerme la autopsia.
Pero aunque algunos lo den por muerto, Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Igual los doctores decidieron dejarme en observación, no sé si como curiosidad médica o como milagro religioso.
El problema fue que como no tenía obra social y mucho menos medicina prepaga, anduve dando vueltas por ochocientas clínicas y sanatorios del conurbano. No tenían lugar ni en las incubadoras.
Hasta que por fin encontré un establecimiento público con una cama libre. Con abnegados profesionales dispuestos a curarme gratis.
¿Saben donde fui a parar? Repasen los diarios de la época; busquen por Internet. La pista que les doy es que no se trataba de un hospital para ricos, pero había uno. Y no es una pista “aldo pe”. El Jorobado la tiene clara… ¡No me dejen solo!
CAPITULO III ( 1989-1999) (Décimotercera parte)
Como les contaba al final del capítulo anterior, parecía que la suerte me había llegado y quise aprovecharla.
Por eso antes de volver a Buenos Aires pasé por el casino de Colonia.
Pensando en Pamela Anderson le aposté las últimas monedas que tenía al 28. (si no sabe que significa el número 28 en la Quiniela, pregunte s su quinielero amigo)
La cosa es que el numerete loco salió seis veces seguidas. Gané un montón de guita. Y ahí me agarró la duda. ¿En qué invertirla para no meter la gamba otra vez?
Alfredito argentino no es ningún boludo. Le presté atención a lo que psaba a mi alrededor.
En eso vi pasar a un pescador y se me iluminó el cerebro: “El futuro está en el mar”. No lo pensé más. Pongo una pescadería y me salvo para toda la cosecha.
Me recorrí toda la Capital Federal buscando una zona donde no hubiera una pescadería en 30 cuadras a la redonda. Caminé y caminé por los cien barrios porteños más que Lita de Lázzari hasta que encontré el ideal: Almagro.
Abrí mi negocio feliz entre corvinas y calamaretis cuando de pronto...
¡Incendio en la subestación de Edesur! ¡Once días sin luz.!
Ni las anguilas tenían electricidad.
Esta vez sí que se me pudrió todo. Encima cuando volvió la energía, en vez de 220 mandaron 480 y se me quemaron las heladeras, el acondicionador de aire y la máquina de hacer hielo
Ahí tuve distensión de médula y tortícolis intermitente. Sí, no se rían.
Parecía el Ingeniero Alsogaray corriendo en un fórmula 1.
Pero Alfredito argentino no es ningún boludo.
Le hice juicio a Edesur y se lo gané. Jé, je; a mí no me iban a joder. Cobré 13 pesos con cincuenta por cada día del apagón.
Iba por la calle haciendo números cuando justo me crucé con un amigo y le conté lo que me había pasado.
“No te calentés, loco”, me dijo. “Venite conmigo a la cancha, así te distraés un rato”.
Yo traté de rechazar la invitación alegando que en las canchas había mucha violencia.
Pero él insistió: “Es un amistoso a puertas cerradas, ¿qué puede pasar?”. Con ese argumento irrefutable me convenció y fuimos los más campantes.
Fue ese partido Boca-Chacarita en la Bombonera, donde los barras boquenses emboscaron a varios de Chacarita. Al lado de lo que pasó en esa tribuna, Kosovo era el show de los Teletubbies.
Miren cómo me habrán pegado, que Crónica TV cortó las imágenes mías porque le parecieron demasiado sangrientas.
Cuando recuperé la conciencia, los médicos casi se infartan. Y era lógico. Estaban en la morgue a punto de hacerme la autopsia.
Pero aunque algunos lo den por muerto, Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Igual los doctores decidieron dejarme en observación, no sé si como curiosidad médica o como milagro religioso.
El problema fue que como no tenía obra social y mucho menos medicina prepaga, anduve dando vueltas por ochocientas clínicas y sanatorios del conurbano. No tenían lugar ni en las incubadoras.
Hasta que por fin encontré un establecimiento público con una cama libre. Con abnegados profesionales dispuestos a curarme gratis.
¿Saben donde fui a parar? Repasen los diarios de la época; busquen por Internet. La pista que les doy es que no se trataba de un hospital para ricos, pero había uno. Y no es una pista “aldo pe”. El Jorobado la tiene clara… ¡No me dejen solo!
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

