miércoles, 21 de enero de 2009

SOBREVIVIENDO EN LOS 90

Ni las siete plagas de Egipto se pueden comparar a lo que me tocó vivir en estos años. Zafaba de una y caía en otra… ¿A vos no te pasaba lo mismo? Seguime, yo sí que no te voy a defraudar.


CAPITULO III ( 1989-1999) (segunda parte)

Relean lo anterior. Me agarró la muzzarella podrida, pero cambié de ramo y puse una verdulería… Apareció el cólera.
¿Ustedes creen que me volví a enfermar? No. Ya estaba canchero. Como había cólera, tiré a la mierda la verdura y me puse a vender lavandina. Era el tema del momento. Hagan memoria.
Tal vez se les mezclen los recuerdos pues para la época en que recomendaban el uso de la lavandina en el agua para combatir la bacteria del cólera, también se hizo una fuerte campaña de prevención del Sida.
Era tanta la saturación en los medios que varias veces le terminé poniendo un preservativo a la canilla y echándome tres gotitas de lavandina en la punta del pene.
El asunto es que mientras calculaba la de plata que me iba a ganar, vine a descubrir que me habían vendido las marcas adulteradas. ¡Cincuenta mil litros de lavandina trucha!!!
Y me las tuve que meter en el culo junto con los nuevos talonarios numerados con CUIT, Ingresos Brutos y Jubilación que pedía la DGI y por los que sufrí diez multas y tres clausuras. Aunque mis negocios no vendieran un soto.
No; si como dijo Vicco, “lo mío es mala leche.” (Miguel Angel Vicco, fue secretario privado de Memen. Estuvo procesado en el año 91 por el tema de la leche adulterada. Obviamente fue sobreseído en el año 94)

Estaba a punto de volverme loco porque tuve un aluvión de enfermedades y mi cobertura era... ¡la del Guemes!
Cuando fui para que me atiendan estaba desierto. Miren como habrá sido el vaciamiento que no dejaron ni una curita.
Así que me entré a automedicar. Fue peor. Terminaron dándome corticoides y ahí me salió esta joroba de mierda. No sabía que corno hacer cuando apareció mi abuela.
¡Qué sería de la salud sin los consejos de las abuelas! La nona me hizo tirar los cuarenta y cuatro remedios que tomaba y me recomendó un medicamento natural que me dejaría como nuevo.
¡Propóleo Huilen!
Milagrosamente zafé, perdiendo solamente el setenta por ciento de la vista y un riñón. ¡Qué momento! Estaba en la cloaca de la vida. Solo; desquiciado, abatido, arruinado física y materialmente.
Y en medio de aquella adversidad, descubrí que la chispa del optimismo aún brillaba. Muy débil. Pero brillaba. Y si me había caído y levantado cien veces, podría hacerlo una vez más. Estaba vivo y eso era lo más importante. Juancito Argentino se la banca y le da para adelante. Sentí ganas de festejar por eso y gracias a Dios, encontré gente humilde que me hizo un lugar en su mesa. A ellos les hablé de mis ilusiones y les pareció increíble que después de todo lo que sufrí, aún fuera optimista. "A la vida hay que pelearla", los animé. "Porque este bendito país, siempre te da otra oportunidad.
Y esa tardecita de febrero del 93, hicimos un cálido y sencillo brindis con vino blanco Soy Cuyano. (Varias partidas de damajuanas de esta marca y de Mansero, fueron adulteradas con alcohol metílico, comunmente llamado “de quemar”. No; si a truchar no nos gana nadie.)
Los dos que quedamos vivos, decidimos festejarlo jugando al Prode.
¿Adiviná como me fue?... No… Te equivocaste. En el próximo capítulo te lo cuento. NO TE LO PIERDAS. (CONTINUARÁ)

viernes, 9 de enero de 2009

REVOLUCION PRODUCTIVA

Llegaron los aires riojanos al gobierno y El Jorobado renovó sus esperanzas de salir adelante, progresar y poder vivir dignamente y sin sobresaltos. (Como muchos de ustedes, bah…) Y enterate de lo que le pasó. (Como a muchos de ustedes)…


CAPITULO III ( 1989-1999) (primera parte)

Como les conté en la página anterior, había nuevo presidente.
Era un riojano patilludo y medio petisón que insistía con eso de “síganme que no los voy a defraudar”. Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, lo seguí.
Otra cosa que me entusiasmaba de Carlos Saúl es que no le temblaba la mano a la hora de los cambios. Corría Enero del 91 y reemplazó al ministro de economía, Erman González (Este hombre debió ser el hombre más instruido, inteligente y capaz del gobierno menemista ya que fue Ministro de Economía, de Defensa y de Trabajo. Le faltó ser Ministro de Dios y cartón lleno) por Domingo Cavallo.
Al saber que el nuevo ministro se llamaba Domingo me dije: “Salvado. Con ese nombre tan “peroncho” seguro que todas sus medidas van a beneficiar a los humildes trabajadores”.
Por la esperanza y porque Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante, salí a buscar trabajo y conseguí uno de sereno en unos galpones de Ezeiza.
Un trabajito piola porque no podría haber nada más tranquilo en un lugar donde lo único que pasaban eran aviones. Corría abril del 91 y estaba preparándome unos mates cuando cayó gente. Pensé que serían los dueños de los galpones pero no.
Eran policías al mando del Juez Alberto Piotti que buscaba un cargamento de droga decomisada que había desaparecido.
“Revise todo lo que quiera, acá solo hay pavadas”, le comenté inmutable mientras me tomaba un “matienzo”.
No eran pavadas. Parece que en el último cuatrimestre del 88, cuando Juan Carlos Delconte, hombre del presidente Alfonsín, estaba al frente de la Aduana, habrían ingresado al país más de mil toneladas de mercadería a través de papeles “truchos”.
Como yo puse cara de no creerle me mostró a nombre de quienes estaban hechos esos papeles. Además de Onassis, escritos en los comprobantes de los bultos sospechosos, y demostrando la total impunidad con la que operaron, aparecían, entre otros nombres, Pablo Prepuccio, Santiago Testiculli y Juan Pedorro.
Estuve a punto de criticar sus prejuicios pues yo tenía una tía segunda que se llamaba Tetamanti pero preferí callar pues al Juez Piotti se lo veía desconcertado al no poder entender cómo en más de dos años ningún inspector había podido descubrir que semejantes nombres eran fraguados y que podían esconder algo sospechoso.
Yo traté de decirle que tampoco lo entendía pero no pude pues del asombro, la bombilla se me atoró en la garganta y me puse más verde que la yerba.
No fui a la cárcel (en general cuando los curros son tan enormes nadie va preso) pero si al hospital donde me hicieron una traqueotomía para sacarme la bombilla.
Ni bien recuperé el habla normal, salí decidido a insultar al ministro de economía pero antes de nombrar la profesión de la madre alcancé a leer que su nuevo plan traía la estabilidad. Ahí frené el grito y recordé que en una época de estabilidad y laburando con todo, mi viejo pasó al frente. Y Alfredito Argentino no podía ser menos.
Así que para aprovechar la revolución productiva, vendí lo poco que me quedaba.
Esa plata la gasté en coimas para conseguir préstamos en los bancos oficiales; con los que pude pagar las coimas para habilitaciones municipales, coimas para obtener permisos y coimas para que no investiguen las coimas.
Por fin; me pude dar el gusto y a principios del 92 abrí una pizzería en Lomas de Zamora. Estaba feliz trabajando veinte horas al día para poder salir adelante cuando de pronto... ¡¡¡Zás!!! Muzzarella podrida.
No entraban a la pizzería ni para vender rifas.
Pero Alfredito Argentino no es ningún boludo.
Antes de que me diera otro ataque, cambié de ramo. Puse una verdulería, justo tres días antes de que aparezca el cólera.
Fue tanto el cagazo de la gente que no venían ni a saludar. Había tanto miedo con eso, que hasta los caballos dejaron de ser vegetarianos.
¿Ustedes creen que me volví a enfermar? No. Ya estaba canchero. Y no se imaginan lo que hice… Porque Alfredito argentino no es ningún boludo. (CONTINUARÁ)