jueves, 6 de noviembre de 2008

CON EL JOROBADO, LISTO EL "POLLO"

La historia no se detiene y si el Padrino Grondona inmortalizó la frase “todo pasa”, el Jorobado de Argentina patentó el “me pasa de todo”. La última vez lo dejamos en pleno alzamiento carapintada y así continuó nuestro ya querible Jorobado.

CAPITULO II (1983-1989) (Parte 2)

Pese a tener la cara llena de dedos; el cuerpo lleno de moretones y el culo lleno de borceguíes, conseguí mantenerme conciente justo pare escuchar el momento en que el presidente Alfonsín le decía al pueblo desde el balcón de la Rosada la famosa frase: “La casa está en orden”.
Considerando lo que vino después, Don Raúl tendría que haber dicho que la casa estaba en orden pero el patio era un quilombo. Y encima nadie me pagó la mercadería que me habían destrozado, ni los huesos rotos.
Ni bien estuve un poco recuperado, abandoné el Hospital Militar y regresé a casa. Mi familia no sabía si consolarme o matarme porque cada idea mía nos dejaba peor.
Por eso fue que decidimos escuchar la idea de un vecino de dedicarme al transporte de alimentos porque eso dejaba buena plata. Además uno era su propio jefe y lo manejaba como quería.
Aunque para esa época del año 88 en casa comíamos como caballos; como caballos de ajedrez, o sea salteado, pude convencer a mi esposa de vender lo poco que nos quedaba, para comprarme una camioneta con caja de frío para transportar mercadería congelada.
Conseguí una usada pero en buen estado y mi vecino me llevó a un lugar donde me aseguró que tendría trabajo por mucho tiempo.
Y era verdad.
De un ente gubernamental había que llevar a diversos frigoríficos del país treinta y seis mil toneladas de pollo provenientes de Hungría. Una guasada.
Para serles sinceros debo reconocer que un poco me extrañó semejante cantidad porque si algo no faltaba en el país eran pollos.
Sin embargo mi vecino me aconsejó que no preguntara y aprovechara la oportunidad. Así que empezamos a cargar y salimos.
Al rato empecé a sentir un olor raro. Mi primera reacción fue revisar la suela de mis zapatos para comprobar si había pisado algún “souvenir canino” (¿no es fino?). El resultado negativo me hizo pasar a mi segunda opción. Abrí mi “taper” para ver si el guiso que había dejado mi señora para el almuerzo tenía más de treinta días.
Al comprobar que apenas llegaba a veinte, me preocupé pues no podía darme cuenta de dónde venía tan mal olor.
Y más me preocupé cuando me paró la policía y me rodearon un montón de efectivos y personal de bromatología y salubridad con máscaras y trajes anti radiactivos.
Me hicieron bajar, y me pidieron que abriera la caja frigorífica. Yo los miré sobrador; les sonreí canchero y les comenté:
“Muchachos; esta vuelta se equivocaron. Yo transporto unos pollitos congelados”.
Ni bien terminé de hablar, abrí la puerta. La “baranda” nauseabunda que salió de adentro no la olerían ni en el laboratorio del doctor Frankestein.
Mientras la cabeza me daba vuelta y las tripas se me retorcían hasta hacerse un nudo marinero, los tipos me contaron que esos pollos ya habían venido de Hungría en mal estado y encima había riesgo radioactivo porque estuvieron expuestos a la nefasta explosión en la planta nuclear de Chernobyl.
Casi gritando pregunté si tenían alguna pista del siniestro criminal que había ingresado eso de contrabando; sin pasar por los controles sanitarios del estado, poniendo en riesgo la salud del pueblo argentino.
Me contestaron que ni era un siniestro criminal ni entraron de contrabando.
Eran los pollos importados por Ricardo Mazzorin, Secretario de Comercio Exterior, del gobierno del Doctor Alfonsín..
Al escuchar semejante noticia, se me infartaron tres neuronas; se me encarnaron los dedos gordos de los pies y perdí el sentido. (Continuará… No dejes de seguir las desventuras del Jorobado y de preguntar lo que quieras saber de él)

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