lunes, 24 de noviembre de 2008

SIGANME...

El Jorobado no gana para sustos. Los pollos de Mazzorín lo dejaron sin sentido pero eso no lo haría abandonar su esperanza de vivir en una Argentina mejor. Sus desventuras continúan… ¡Bancalo al Jorobado!

CAPITULO II (1983-1989) (Parte 3)

Cuando desperté ya no estaba en mi casa porque no podía pagar ni el alquiler de una cucha. Estaba en casa de un primo que, de común acuerdo con mi familia; me propuso cambiar de ambiente.
"Las oportunidades están en el interior", me aseguró
La idea me gustó y como Alfredito Argentino no es ningún boludo, me fui para el interior. Con mi primo pusimos un supermercadito en las afueras de Rosario.
Año 89. ¡Hiperinflación! ¡Saqueos!
Cayeron como 500 monos y nos afanaron hasta la maquinita para remarcar. Se imaginan lo que me dio. Tres infartos; veintisiete úlceras y pediculosis en los pelos del ombligo.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Claro que desde ahora solo, pues mis hijos se habían ido a vivir a Australia y mi esposa, harta de fracasos y miseria, me había dejado por un tipo que tenía un empleo rentable y seguro, respaldado por los legisladores de Congreso Nacional. Era ñoqui.
Me volví a la Capital ni bien cobramos la plata del seguro.
Como no quería perder ese dinero, esta vez estudié cuidadosamente la plaza bancaria y financiera. A mi no me iban a enganchar otra vez.
Alfredito Argentino no es ningún boludo.
Por eso me fui a un lugar recontraseguro donde poner la plata y cobrar buenos intereses. ¡El Hogar Obrero!
Después de 4 colapsos nerviosos; siete intentos de suicidio y más de un año de tratamiento sicológico intensivo, volví a lucha.
Y no me sorprendió saber que Alfonsín ya no era presidente. Se veía venir.
“Don Raúl” llegó con el sueño de fundar el Tercer Movimiento Histórico y se fue con la pesadilla del Histórico Movimiento que le hicieron para hacerlo saltar del sillón de Rivadavia.
Por suerte era peronista. Porque yo siempre dije que los peronistas la tienen clara. No como los radicales; que haciendo oposición son unos fenómenos pero cuando les toca gobernar no pegan una. (Ya sé que cuando asumió el doctor Alfonsín dije todo lo contrario. Pero cuando se trata de política, ser panqueque es una obligación)
El nuevo presidente resultó ser un riojano patilludo y medio petisón que insistía con eso de “síganme que no los voy a defraudar”. Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, lo seguí. (Continuará… Y no se imaginan cómo!!!)

jueves, 6 de noviembre de 2008

CON EL JOROBADO, LISTO EL "POLLO"

La historia no se detiene y si el Padrino Grondona inmortalizó la frase “todo pasa”, el Jorobado de Argentina patentó el “me pasa de todo”. La última vez lo dejamos en pleno alzamiento carapintada y así continuó nuestro ya querible Jorobado.

CAPITULO II (1983-1989) (Parte 2)

Pese a tener la cara llena de dedos; el cuerpo lleno de moretones y el culo lleno de borceguíes, conseguí mantenerme conciente justo pare escuchar el momento en que el presidente Alfonsín le decía al pueblo desde el balcón de la Rosada la famosa frase: “La casa está en orden”.
Considerando lo que vino después, Don Raúl tendría que haber dicho que la casa estaba en orden pero el patio era un quilombo. Y encima nadie me pagó la mercadería que me habían destrozado, ni los huesos rotos.
Ni bien estuve un poco recuperado, abandoné el Hospital Militar y regresé a casa. Mi familia no sabía si consolarme o matarme porque cada idea mía nos dejaba peor.
Por eso fue que decidimos escuchar la idea de un vecino de dedicarme al transporte de alimentos porque eso dejaba buena plata. Además uno era su propio jefe y lo manejaba como quería.
Aunque para esa época del año 88 en casa comíamos como caballos; como caballos de ajedrez, o sea salteado, pude convencer a mi esposa de vender lo poco que nos quedaba, para comprarme una camioneta con caja de frío para transportar mercadería congelada.
Conseguí una usada pero en buen estado y mi vecino me llevó a un lugar donde me aseguró que tendría trabajo por mucho tiempo.
Y era verdad.
De un ente gubernamental había que llevar a diversos frigoríficos del país treinta y seis mil toneladas de pollo provenientes de Hungría. Una guasada.
Para serles sinceros debo reconocer que un poco me extrañó semejante cantidad porque si algo no faltaba en el país eran pollos.
Sin embargo mi vecino me aconsejó que no preguntara y aprovechara la oportunidad. Así que empezamos a cargar y salimos.
Al rato empecé a sentir un olor raro. Mi primera reacción fue revisar la suela de mis zapatos para comprobar si había pisado algún “souvenir canino” (¿no es fino?). El resultado negativo me hizo pasar a mi segunda opción. Abrí mi “taper” para ver si el guiso que había dejado mi señora para el almuerzo tenía más de treinta días.
Al comprobar que apenas llegaba a veinte, me preocupé pues no podía darme cuenta de dónde venía tan mal olor.
Y más me preocupé cuando me paró la policía y me rodearon un montón de efectivos y personal de bromatología y salubridad con máscaras y trajes anti radiactivos.
Me hicieron bajar, y me pidieron que abriera la caja frigorífica. Yo los miré sobrador; les sonreí canchero y les comenté:
“Muchachos; esta vuelta se equivocaron. Yo transporto unos pollitos congelados”.
Ni bien terminé de hablar, abrí la puerta. La “baranda” nauseabunda que salió de adentro no la olerían ni en el laboratorio del doctor Frankestein.
Mientras la cabeza me daba vuelta y las tripas se me retorcían hasta hacerse un nudo marinero, los tipos me contaron que esos pollos ya habían venido de Hungría en mal estado y encima había riesgo radioactivo porque estuvieron expuestos a la nefasta explosión en la planta nuclear de Chernobyl.
Casi gritando pregunté si tenían alguna pista del siniestro criminal que había ingresado eso de contrabando; sin pasar por los controles sanitarios del estado, poniendo en riesgo la salud del pueblo argentino.
Me contestaron que ni era un siniestro criminal ni entraron de contrabando.
Eran los pollos importados por Ricardo Mazzorin, Secretario de Comercio Exterior, del gobierno del Doctor Alfonsín..
Al escuchar semejante noticia, se me infartaron tres neuronas; se me encarnaron los dedos gordos de los pies y perdí el sentido. (Continuará… No dejes de seguir las desventuras del Jorobado y de preguntar lo que quieras saber de él)