El Jorobado no gana para sustos. Los pollos de Mazzorín lo dejaron sin sentido pero eso no lo haría abandonar su esperanza de vivir en una Argentina mejor. Sus desventuras continúan… ¡Bancalo al Jorobado!
CAPITULO II (1983-1989) (Parte 3)
Cuando desperté ya no estaba en mi casa porque no podía pagar ni el alquiler de una cucha. Estaba en casa de un primo que, de común acuerdo con mi familia; me propuso cambiar de ambiente.
"Las oportunidades están en el interior", me aseguró
La idea me gustó y como Alfredito Argentino no es ningún boludo, me fui para el interior. Con mi primo pusimos un supermercadito en las afueras de Rosario.
Año 89. ¡Hiperinflación! ¡Saqueos!
Cayeron como 500 monos y nos afanaron hasta la maquinita para remarcar. Se imaginan lo que me dio. Tres infartos; veintisiete úlceras y pediculosis en los pelos del ombligo.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
Claro que desde ahora solo, pues mis hijos se habían ido a vivir a Australia y mi esposa, harta de fracasos y miseria, me había dejado por un tipo que tenía un empleo rentable y seguro, respaldado por los legisladores de Congreso Nacional. Era ñoqui.
Me volví a la Capital ni bien cobramos la plata del seguro.
Como no quería perder ese dinero, esta vez estudié cuidadosamente la plaza bancaria y financiera. A mi no me iban a enganchar otra vez.
Alfredito Argentino no es ningún boludo.
Por eso me fui a un lugar recontraseguro donde poner la plata y cobrar buenos intereses. ¡El Hogar Obrero!
Después de 4 colapsos nerviosos; siete intentos de suicidio y más de un año de tratamiento sicológico intensivo, volví a lucha.
Y no me sorprendió saber que Alfonsín ya no era presidente. Se veía venir.
“Don Raúl” llegó con el sueño de fundar el Tercer Movimiento Histórico y se fue con la pesadilla del Histórico Movimiento que le hicieron para hacerlo saltar del sillón de Rivadavia.
Por suerte era peronista. Porque yo siempre dije que los peronistas la tienen clara. No como los radicales; que haciendo oposición son unos fenómenos pero cuando les toca gobernar no pegan una. (Ya sé que cuando asumió el doctor Alfonsín dije todo lo contrario. Pero cuando se trata de política, ser panqueque es una obligación)
El nuevo presidente resultó ser un riojano patilludo y medio petisón que insistía con eso de “síganme que no los voy a defraudar”. Y como Alfredito argentino no es ningún boludo, lo seguí. (Continuará… Y no se imaginan cómo!!!)
lunes, 24 de noviembre de 2008
jueves, 6 de noviembre de 2008
CON EL JOROBADO, LISTO EL "POLLO"
La historia no se detiene y si el Padrino Grondona inmortalizó la frase “todo pasa”, el Jorobado de Argentina patentó el “me pasa de todo”. La última vez lo dejamos en pleno alzamiento carapintada y así continuó nuestro ya querible Jorobado.
CAPITULO II (1983-1989) (Parte 2)
Pese a tener la cara llena de dedos; el cuerpo lleno de moretones y el culo lleno de borceguíes, conseguí mantenerme conciente justo pare escuchar el momento en que el presidente Alfonsín le decía al pueblo desde el balcón de la Rosada la famosa frase: “La casa está en orden”.
Considerando lo que vino después, Don Raúl tendría que haber dicho que la casa estaba en orden pero el patio era un quilombo. Y encima nadie me pagó la mercadería que me habían destrozado, ni los huesos rotos.
Ni bien estuve un poco recuperado, abandoné el Hospital Militar y regresé a casa. Mi familia no sabía si consolarme o matarme porque cada idea mía nos dejaba peor.
Por eso fue que decidimos escuchar la idea de un vecino de dedicarme al transporte de alimentos porque eso dejaba buena plata. Además uno era su propio jefe y lo manejaba como quería.
Aunque para esa época del año 88 en casa comíamos como caballos; como caballos de ajedrez, o sea salteado, pude convencer a mi esposa de vender lo poco que nos quedaba, para comprarme una camioneta con caja de frío para transportar mercadería congelada.
Conseguí una usada pero en buen estado y mi vecino me llevó a un lugar donde me aseguró que tendría trabajo por mucho tiempo.
Y era verdad.
De un ente gubernamental había que llevar a diversos frigoríficos del país treinta y seis mil toneladas de pollo provenientes de Hungría. Una guasada.
Para serles sinceros debo reconocer que un poco me extrañó semejante cantidad porque si algo no faltaba en el país eran pollos.
Sin embargo mi vecino me aconsejó que no preguntara y aprovechara la oportunidad. Así que empezamos a cargar y salimos.
Al rato empecé a sentir un olor raro. Mi primera reacción fue revisar la suela de mis zapatos para comprobar si había pisado algún “souvenir canino” (¿no es fino?). El resultado negativo me hizo pasar a mi segunda opción. Abrí mi “taper” para ver si el guiso que había dejado mi señora para el almuerzo tenía más de treinta días.
Al comprobar que apenas llegaba a veinte, me preocupé pues no podía darme cuenta de dónde venía tan mal olor.
Y más me preocupé cuando me paró la policía y me rodearon un montón de efectivos y personal de bromatología y salubridad con máscaras y trajes anti radiactivos.
Me hicieron bajar, y me pidieron que abriera la caja frigorífica. Yo los miré sobrador; les sonreí canchero y les comenté:
“Muchachos; esta vuelta se equivocaron. Yo transporto unos pollitos congelados”.
Ni bien terminé de hablar, abrí la puerta. La “baranda” nauseabunda que salió de adentro no la olerían ni en el laboratorio del doctor Frankestein.
Mientras la cabeza me daba vuelta y las tripas se me retorcían hasta hacerse un nudo marinero, los tipos me contaron que esos pollos ya habían venido de Hungría en mal estado y encima había riesgo radioactivo porque estuvieron expuestos a la nefasta explosión en la planta nuclear de Chernobyl.
Casi gritando pregunté si tenían alguna pista del siniestro criminal que había ingresado eso de contrabando; sin pasar por los controles sanitarios del estado, poniendo en riesgo la salud del pueblo argentino.
Me contestaron que ni era un siniestro criminal ni entraron de contrabando.
Eran los pollos importados por Ricardo Mazzorin, Secretario de Comercio Exterior, del gobierno del Doctor Alfonsín..
Al escuchar semejante noticia, se me infartaron tres neuronas; se me encarnaron los dedos gordos de los pies y perdí el sentido. (Continuará… No dejes de seguir las desventuras del Jorobado y de preguntar lo que quieras saber de él)
CAPITULO II (1983-1989) (Parte 2)
Pese a tener la cara llena de dedos; el cuerpo lleno de moretones y el culo lleno de borceguíes, conseguí mantenerme conciente justo pare escuchar el momento en que el presidente Alfonsín le decía al pueblo desde el balcón de la Rosada la famosa frase: “La casa está en orden”.
Considerando lo que vino después, Don Raúl tendría que haber dicho que la casa estaba en orden pero el patio era un quilombo. Y encima nadie me pagó la mercadería que me habían destrozado, ni los huesos rotos.
Ni bien estuve un poco recuperado, abandoné el Hospital Militar y regresé a casa. Mi familia no sabía si consolarme o matarme porque cada idea mía nos dejaba peor.
Por eso fue que decidimos escuchar la idea de un vecino de dedicarme al transporte de alimentos porque eso dejaba buena plata. Además uno era su propio jefe y lo manejaba como quería.
Aunque para esa época del año 88 en casa comíamos como caballos; como caballos de ajedrez, o sea salteado, pude convencer a mi esposa de vender lo poco que nos quedaba, para comprarme una camioneta con caja de frío para transportar mercadería congelada.
Conseguí una usada pero en buen estado y mi vecino me llevó a un lugar donde me aseguró que tendría trabajo por mucho tiempo.
Y era verdad.
De un ente gubernamental había que llevar a diversos frigoríficos del país treinta y seis mil toneladas de pollo provenientes de Hungría. Una guasada.
Para serles sinceros debo reconocer que un poco me extrañó semejante cantidad porque si algo no faltaba en el país eran pollos.
Sin embargo mi vecino me aconsejó que no preguntara y aprovechara la oportunidad. Así que empezamos a cargar y salimos.
Al rato empecé a sentir un olor raro. Mi primera reacción fue revisar la suela de mis zapatos para comprobar si había pisado algún “souvenir canino” (¿no es fino?). El resultado negativo me hizo pasar a mi segunda opción. Abrí mi “taper” para ver si el guiso que había dejado mi señora para el almuerzo tenía más de treinta días.
Al comprobar que apenas llegaba a veinte, me preocupé pues no podía darme cuenta de dónde venía tan mal olor.
Y más me preocupé cuando me paró la policía y me rodearon un montón de efectivos y personal de bromatología y salubridad con máscaras y trajes anti radiactivos.
Me hicieron bajar, y me pidieron que abriera la caja frigorífica. Yo los miré sobrador; les sonreí canchero y les comenté:
“Muchachos; esta vuelta se equivocaron. Yo transporto unos pollitos congelados”.
Ni bien terminé de hablar, abrí la puerta. La “baranda” nauseabunda que salió de adentro no la olerían ni en el laboratorio del doctor Frankestein.
Mientras la cabeza me daba vuelta y las tripas se me retorcían hasta hacerse un nudo marinero, los tipos me contaron que esos pollos ya habían venido de Hungría en mal estado y encima había riesgo radioactivo porque estuvieron expuestos a la nefasta explosión en la planta nuclear de Chernobyl.
Casi gritando pregunté si tenían alguna pista del siniestro criminal que había ingresado eso de contrabando; sin pasar por los controles sanitarios del estado, poniendo en riesgo la salud del pueblo argentino.
Me contestaron que ni era un siniestro criminal ni entraron de contrabando.
Eran los pollos importados por Ricardo Mazzorin, Secretario de Comercio Exterior, del gobierno del Doctor Alfonsín..
Al escuchar semejante noticia, se me infartaron tres neuronas; se me encarnaron los dedos gordos de los pies y perdí el sentido. (Continuará… No dejes de seguir las desventuras del Jorobado y de preguntar lo que quieras saber de él)
martes, 14 de octubre de 2008
AGUANTE JOROBADO
La historia continúa, mis queridos jorobados internautas. Llegaba la democracia y con ella, la esperanza de una vida mejor. ¿A ustedes como les fue? Seguro que algo (o mucho) de lo que viene les ocurrió. Que lo disfruten y hagan comentarios. Es gratis.
CAPITULO II (1983-1989) (Parte 1)
Con la llegada de la democracia comenzó mi lenta recuperación.
Más aún cuando apareció un tipo asegurando que con la democracia se come, se cura, se educa, se depila...todo.
Se llamaba Raúl Alfonsín y era radical. En buena hora. Porque yo siempre dije que los radicales han sido honestos y buenos administradores.
En cambio los peronistas siempre fueron demagogos y prepotentes. Así que yo voté a Don Raúl.
Era el inicio de una nueva esperanza y cuando hay esperanza, “Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante”.
Otra vez laburé día y noche hasta poder ahorrar unos cuantos pesos. Estaba pensando en qué invertir cuando un amigo radical me pasó el dato del traslado de la Capital. Era posta, posta. En serio.
Me lo había dicho el portero... El portero del tío, de la novia, del cuñado de la peluquera de la esposa de Federico Storani.
Je, je, je. “Alfredito Argentino no es ningún boludo”.
Enseguida vi el negocio. Me fui rajando a Viedma y compré un montón de terrenos para después vendérselos al gobierno con una ganancia del mil por ciento. Pero al doctor Alfonsín le pincharon el globo y al final los tuve que vender regalados.
La guita no me alcanzó ni para el pasaje de vuelta, así que me tuve que volver en un camión que transportaba chanchos. Ahí sufrí parálisis facial, estallido del tímpano izquierdo y un principio de triquinosis.
Si usted al leer esto se asombra, tendría que haber visto la cara de los médicos cuando me vieron salir caminando del hospital!
Es que “Alfredito se la banca y le da para adelante”
Lastima que adelante había "otro" ministro de economía, llamado Juan Sourrouille. El hombre se mandó el Plan Austral, que me dejó helado, y después el Plan Primavera, que me dejó el culo abierto como una flor. Fue por entonces cuando sufrí una mutación orgánica. Me salieron sabañones en verano y me daban golpes de calor en invierno.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
La manera de sobrevivir en esta vorágine inflacionaria, era dedicarse a negocios puntuales y efímeros. Es decir; que sirvieran para un momento determinado, hacer la diferencia y pasar a otra cosa.
Como estaba en marzo del 87 y se venía el comienzo de clases, me puse a vender útiles escolares en la calle. Gané unos buenos pesos y me puse contento. Por fin algo me salía bien. Estaba transitando el camino a mi recuperación. Ya nada volvería a enfermarme.
Miré el almanaque y vi que se venían las Pascuas. Para abaratar costos me alquilé una casucha en San Miguel, por la ruta 8 y puse a toda mi familia a fabricar los huevitos de chocolate.
“Alfredito Argentino no es ningún boludo”. Era un buen negocio.
Tanto había cambiado mi suerte, que un puntero político radical me ofreció comprar toda la producción y se la tenía que entregar en el comité el jueves a primera hora.
“Clinc caja, Alfredito”, me repetía una y otra vez ese jueves de abril del 87, mientras iba por la ruta 8, en un rastrojero alquilado, llevando todos los huevitos.
Cuando salieron los tanques de Campo de Mayo, me sorprendí porque no sabía que había un desfile. En cambio lo que realmente me desconcertó fue ver a esos tipos con la “cara pintada” que rodearon mi rastrojerito. Con la mejor intención me asomé por la ventanilla y les aclaré que se habían equivocado de fecha. Estábamos en Semana Santa, no en Carnaval.
¡No pude aclarar nada más! Un tanque pasó por arriba del rastrojero y me rompió los huevos, literalmente. Yo me puse loco; entré a discutir; hasta que en eso vino el milico que los mandaba, un tal Aldo Rico y me gritó: “Estamos alzados”.
“Y yo que culpa tengo”, le contesté. “Si están alzados busquen mujeres en vez de agarrársela conmigo”.
El tal Rico me aplastó en la cara los únicos huevitos de chocolate que había rescatado y me aclaró que estaban alzados contra el gobierno de Alfonsín. Ahí me avivé. Era un levantamiento militar.
Al rato cayeron tropas leales al gobierno y aquello se convirtió en una guerra de nervios. Que atacan, que no atacan. Mensaje va, mensaje viene. El país estaba en vilo, rogando que la cosa no pasara a mayores.
En eso me acerco a un general leal para contarle lo que me había pasado. ¡Maldita idea! Ni bien me vio, gritó una orden y un batallón se me tiró encima. Me dieron para tenga, guarde y archive.
Lo peor es que la culpa fue mía. Me olvidé de sacarme el chocolate de la cara y me tomaron por un “carapintada”. (Continuará… porque el Jorobado no se rendía. Y lo de Semana Santa fue como una estadía en un spa comparado con lo que sufrió después. No te lo pierdas!)
CAPITULO II (1983-1989) (Parte 1)
Con la llegada de la democracia comenzó mi lenta recuperación.
Más aún cuando apareció un tipo asegurando que con la democracia se come, se cura, se educa, se depila...todo.
Se llamaba Raúl Alfonsín y era radical. En buena hora. Porque yo siempre dije que los radicales han sido honestos y buenos administradores.
En cambio los peronistas siempre fueron demagogos y prepotentes. Así que yo voté a Don Raúl.
Era el inicio de una nueva esperanza y cuando hay esperanza, “Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante”.
Otra vez laburé día y noche hasta poder ahorrar unos cuantos pesos. Estaba pensando en qué invertir cuando un amigo radical me pasó el dato del traslado de la Capital. Era posta, posta. En serio.
Me lo había dicho el portero... El portero del tío, de la novia, del cuñado de la peluquera de la esposa de Federico Storani.
Je, je, je. “Alfredito Argentino no es ningún boludo”.
Enseguida vi el negocio. Me fui rajando a Viedma y compré un montón de terrenos para después vendérselos al gobierno con una ganancia del mil por ciento. Pero al doctor Alfonsín le pincharon el globo y al final los tuve que vender regalados.
La guita no me alcanzó ni para el pasaje de vuelta, así que me tuve que volver en un camión que transportaba chanchos. Ahí sufrí parálisis facial, estallido del tímpano izquierdo y un principio de triquinosis.
Si usted al leer esto se asombra, tendría que haber visto la cara de los médicos cuando me vieron salir caminando del hospital!
Es que “Alfredito se la banca y le da para adelante”
Lastima que adelante había "otro" ministro de economía, llamado Juan Sourrouille. El hombre se mandó el Plan Austral, que me dejó helado, y después el Plan Primavera, que me dejó el culo abierto como una flor. Fue por entonces cuando sufrí una mutación orgánica. Me salieron sabañones en verano y me daban golpes de calor en invierno.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
La manera de sobrevivir en esta vorágine inflacionaria, era dedicarse a negocios puntuales y efímeros. Es decir; que sirvieran para un momento determinado, hacer la diferencia y pasar a otra cosa.
Como estaba en marzo del 87 y se venía el comienzo de clases, me puse a vender útiles escolares en la calle. Gané unos buenos pesos y me puse contento. Por fin algo me salía bien. Estaba transitando el camino a mi recuperación. Ya nada volvería a enfermarme.
Miré el almanaque y vi que se venían las Pascuas. Para abaratar costos me alquilé una casucha en San Miguel, por la ruta 8 y puse a toda mi familia a fabricar los huevitos de chocolate.
“Alfredito Argentino no es ningún boludo”. Era un buen negocio.
Tanto había cambiado mi suerte, que un puntero político radical me ofreció comprar toda la producción y se la tenía que entregar en el comité el jueves a primera hora.
“Clinc caja, Alfredito”, me repetía una y otra vez ese jueves de abril del 87, mientras iba por la ruta 8, en un rastrojero alquilado, llevando todos los huevitos.
Cuando salieron los tanques de Campo de Mayo, me sorprendí porque no sabía que había un desfile. En cambio lo que realmente me desconcertó fue ver a esos tipos con la “cara pintada” que rodearon mi rastrojerito. Con la mejor intención me asomé por la ventanilla y les aclaré que se habían equivocado de fecha. Estábamos en Semana Santa, no en Carnaval.
¡No pude aclarar nada más! Un tanque pasó por arriba del rastrojero y me rompió los huevos, literalmente. Yo me puse loco; entré a discutir; hasta que en eso vino el milico que los mandaba, un tal Aldo Rico y me gritó: “Estamos alzados”.
“Y yo que culpa tengo”, le contesté. “Si están alzados busquen mujeres en vez de agarrársela conmigo”.
El tal Rico me aplastó en la cara los únicos huevitos de chocolate que había rescatado y me aclaró que estaban alzados contra el gobierno de Alfonsín. Ahí me avivé. Era un levantamiento militar.
Al rato cayeron tropas leales al gobierno y aquello se convirtió en una guerra de nervios. Que atacan, que no atacan. Mensaje va, mensaje viene. El país estaba en vilo, rogando que la cosa no pasara a mayores.
En eso me acerco a un general leal para contarle lo que me había pasado. ¡Maldita idea! Ni bien me vio, gritó una orden y un batallón se me tiró encima. Me dieron para tenga, guarde y archive.
Lo peor es que la culpa fue mía. Me olvidé de sacarme el chocolate de la cara y me tomaron por un “carapintada”. (Continuará… porque el Jorobado no se rendía. Y lo de Semana Santa fue como una estadía en un spa comparado con lo que sufrió después. No te lo pierdas!)
jueves, 25 de septiembre de 2008
LAS DESVENTURAS CONTINUAN
Segunda parte del Capítulo I. La joroba crece y los males del país también. Seguro que vos los sufriste. Repasalos y acordate que el Jorobado espera tus comentarios o tus mails. Enganchate y dejate de jorobar.
¡Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante!
Luego del BIR (ver anterior) conseguí varios trabajos, algo que en esa época todavía era posible, y pude juntar plata otra vez.
Rápidamente y para estar a cubierto de cualquier contingencia financiera, decidí comprar dólares. Pero justo antes de salir para el banco escuché por radio al nuevo ministro de economía, porque a Martínez de Hoz ya le habían dado el olivo y lo habían reemplazo por un tal Lorenzo Sigaut, otro de los funcionarios “derechos y humanos” que nos había impuesto el Proceso Militar.
El mencionado Lorenzo Sigaut afirmó de manera seria y convincente que: "El que apuesta al dólar pierde".
Obviamente, Alfredito argentino no es ningún boludo.
¡Minga iba a ir al banco a perder mi plata! Me quedé con todos los pesos encima. Fue la enema más cara de mi vida. Encima casi me da una embolia; me agarró artrosis estomacal y me salieron verrugas hasta en las uñas.
Y no hablar de mi depresión; de mi falta de ánimo. Por eso el médico me aconsejó mudarme a un lugar muy tranquilo; de hermosos paisajes marinos y lejos del mundanal ruido. Ni bien miré el mapa, descubrí ese lugar. Estaba en el sur. Así que empeñé todo lo que tenía y me preparé para viajar a Ushuaia. Conseguí pasajes de avión para el dos de abril de 1982, a la tarde.
Cuando por la mañana leí que habíamos invadido Las Islas Malvinas no supe si reír o llorar. Como todo argentino yo quería recuperar las islas, pero mudarse en ese momento al sur era más peligroso que tener pirañas en un jacuzzi.
Mientras analizaba este sentimiento encontrado, vino a buscarme un grupo de amigos para que fuésemos a la Plaza de Mayo a festejar. ¡Ustedes están completamente locos!, les recriminé “Recuerden que tenemos una dictadura y cuando fuimos por la convocatoria de Ubaldini la infantería de policía nos molió a palos. Nos pegó tanto que hasta a los bastones le salieron chichones”
Pero no hubo caso y fuimos. Casi me infarto. La Plaza desbordaba de gente con banderitas argentinas que saltaba y gritaba. De golpe (de qué otra forma podría ser) el General Leopoldo Galtieri salió al famoso balcón de la Casa Rosada. Y la gente lo aplaudió. Yo no entendía nada.
Lo primero que hizo Galtieri tras salir al balcón fue apoyarse en la baranda porque de la curda que tenía no se podía mantener en pie. Luego se dirigió a la muchedumbre, que lo volvió a aplaudir.
Yo traté de explicarles que eso no era correcto pues se trataba de un presidente de facto. ¡Para qué! Me rodearon unas cien personas y al grito de traidor; cipayo inglés y vende patria, me sacaron a patadas de la Plaza. Me pegaron tan pero tan fuerte que durante unos meses lleve la marca “suelas Febo” estampada en el culo.
La euforia siguió un tiempo, alentada desde un noticiero llamado “Sesenta minutos” donde su conductor José Gómez Fuentes nos decía, recurrentemente, “vamos ganando”.
Hasta que la realidad nos despertó de un cachetazo. Inglaterra, ayudada por nuestros falsos amigos norteamericanos y la dictadura chilena, recuperó las islas y nos dejó otra generación de jóvenes herida para siempre.
Lo único positivo fue que se abrió el camino para el retorno a la democracia.
Y como Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante; me puse contento por eso. Con los políticos manejando el país, se terminaría la pobreza, la corrupción, el desempleo y florecerían la salud, la educación y la honestidad! ¿Habré acertado?
No te pierdas el comienzo del Capítulo II (1983 – 1989) – ¡¡¡Desopilante!!!
CAPITULO I (1975-1983) Segunda Parte
¡Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante!
Luego del BIR (ver anterior) conseguí varios trabajos, algo que en esa época todavía era posible, y pude juntar plata otra vez.
Rápidamente y para estar a cubierto de cualquier contingencia financiera, decidí comprar dólares. Pero justo antes de salir para el banco escuché por radio al nuevo ministro de economía, porque a Martínez de Hoz ya le habían dado el olivo y lo habían reemplazo por un tal Lorenzo Sigaut, otro de los funcionarios “derechos y humanos” que nos había impuesto el Proceso Militar.
El mencionado Lorenzo Sigaut afirmó de manera seria y convincente que: "El que apuesta al dólar pierde".
Obviamente, Alfredito argentino no es ningún boludo.
¡Minga iba a ir al banco a perder mi plata! Me quedé con todos los pesos encima. Fue la enema más cara de mi vida. Encima casi me da una embolia; me agarró artrosis estomacal y me salieron verrugas hasta en las uñas.
Y no hablar de mi depresión; de mi falta de ánimo. Por eso el médico me aconsejó mudarme a un lugar muy tranquilo; de hermosos paisajes marinos y lejos del mundanal ruido. Ni bien miré el mapa, descubrí ese lugar. Estaba en el sur. Así que empeñé todo lo que tenía y me preparé para viajar a Ushuaia. Conseguí pasajes de avión para el dos de abril de 1982, a la tarde.
Cuando por la mañana leí que habíamos invadido Las Islas Malvinas no supe si reír o llorar. Como todo argentino yo quería recuperar las islas, pero mudarse en ese momento al sur era más peligroso que tener pirañas en un jacuzzi.
Mientras analizaba este sentimiento encontrado, vino a buscarme un grupo de amigos para que fuésemos a la Plaza de Mayo a festejar. ¡Ustedes están completamente locos!, les recriminé “Recuerden que tenemos una dictadura y cuando fuimos por la convocatoria de Ubaldini la infantería de policía nos molió a palos. Nos pegó tanto que hasta a los bastones le salieron chichones”
Pero no hubo caso y fuimos. Casi me infarto. La Plaza desbordaba de gente con banderitas argentinas que saltaba y gritaba. De golpe (de qué otra forma podría ser) el General Leopoldo Galtieri salió al famoso balcón de la Casa Rosada. Y la gente lo aplaudió. Yo no entendía nada.
Lo primero que hizo Galtieri tras salir al balcón fue apoyarse en la baranda porque de la curda que tenía no se podía mantener en pie. Luego se dirigió a la muchedumbre, que lo volvió a aplaudir.
Yo traté de explicarles que eso no era correcto pues se trataba de un presidente de facto. ¡Para qué! Me rodearon unas cien personas y al grito de traidor; cipayo inglés y vende patria, me sacaron a patadas de la Plaza. Me pegaron tan pero tan fuerte que durante unos meses lleve la marca “suelas Febo” estampada en el culo.
La euforia siguió un tiempo, alentada desde un noticiero llamado “Sesenta minutos” donde su conductor José Gómez Fuentes nos decía, recurrentemente, “vamos ganando”.
Hasta que la realidad nos despertó de un cachetazo. Inglaterra, ayudada por nuestros falsos amigos norteamericanos y la dictadura chilena, recuperó las islas y nos dejó otra generación de jóvenes herida para siempre.
Lo único positivo fue que se abrió el camino para el retorno a la democracia.
Y como Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante; me puse contento por eso. Con los políticos manejando el país, se terminaría la pobreza, la corrupción, el desempleo y florecerían la salud, la educación y la honestidad! ¿Habré acertado?
No te pierdas el comienzo del Capítulo II (1983 – 1989) – ¡¡¡Desopilante!!!
sábado, 30 de agosto de 2008
SE VA LA PRIMERA
Arranca la historia de nunca acabar. Y el Jorobado espera tus comentarios o tus mails. Enganchate y dejate de jorobar.
Había una vez un hermoso país que era el granero del mundo; un crisol de razas; un lugar de paz y prosperidad. En ese país, vivía yo, Alfredito Argentino, un joven y modesto empresario que manejaba una pequeña fábrica textil que había heredado de mi viejo.
Tenía buen aspecto, gozaba de buena salud, pagaba puntualmente los impuestos; mi familia vivía razonablemente bien y mis empleados trabajaban contentos. Todo marchaba de forma normal hasta que llegó el Rodrigazo (Les cuento a los más jóvenes que el Rodrigazo no tiene nada que ver con el cantante bailantero Rodrigo, que en paz descanse, sino que se llamó así por Celestino Rodrigo, ministro de economía del (des)gobierno de Isabelita. A partir de ese momento, los ministros de economía pasaron a convertirse en nuestra peor pesadilla.)
El Rodrigazo fue algo así como el salariazo pero al revés.
Perdí más de la mitad de las máquinas y ahí empezaron mis problemitas de salud. Tuve orzuelos supurantes y convulsiones de 7.4 en la escala de Richter.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante!
Estuve más de dos meses en terapia intensiva, pero me dieron el alta y volví con todo a la fábrica.
Ahí me enteré que estaban los militares en el gobierno.
“Por fin”, dije yo. El país necesitaba un poco de orden. Porque acá confunden libertad con libertinaje. Y la gran mayoría pensaba como yo. Inclusive muchos políticos que los fueron a buscar y hoy se rasgan las vestiduras haciéndose los democráticos.
Además pensé: "Después del Rodrigazo, ya nada peor me puede pasar". ¡Cómo le pifié!
A mediados de los setenta apareció otro ministro de economía, que se llamaba Martínez de Hoz. ¿Lo recuerdan? Imposible olvidarlo y no precisamente por tener las orejas más grandes que las de Dumbo.
Entre otras cosas, fue el inventor de “La Tablita” (La famosa “Tablita” fue un sistema de cotización financiera ideado por dicho ministro para planchar el dólar y hacernos creer que el peso valía más que la moneda yanqui.), esa mágica varita, que mantuvo el dólar bajo mientras nos íbamos al Caribe, con el mayor desparpajo.
Fue la época de la denominada “plata dulce”. De los tours de compras y el auge del famoso “deme dos”, latiguillo ciento por ciento nacional.
Conjuntamente con eso, Don Martínez De Hoz abrió la importación, lo que produjo una avalancha de ropa proveniente de Taiwán, Corea, Hong Kong y otros lugares de Oriente que para ese entonces nos resultaban tan desconocidos como la posibilidad de vida en el planeta Neptuno.
La cosa es que la calidad de la ropa importada era malísima y después de dos lavados ya no servía ni para limpiarse el culo, pero como era barata, la gente compraba a lo pavote.
Resultado: a los pocos meses tuve que cerrar y mi fábrica desapareció.
Tiempo después me enteré que en esa época las fábricas no eran lo único que desaparecía.
Ahí tuve un colapso nervioso, se me cayó parte del pelo y me agarró piorrea crónica.
Para relajarme y aprovechando que los intereses eran el boom, me dije: "Alfredito Argentino no es ningún boludo”. Pongo la plata a laburar y vivo de la bicicleta financiera".
Entonces fui y puse toda la guita en el BIR.
Era el Banco de Intercambio Regional que al poco tiempo quebró y me dejó en pelotas. Entonces tuve varios picos de presión con 37 de máxima, que derivó en una hemiplejia recurrente. Iba y venía; iba y venía; iba y venía…
¡Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante!
(Continuará…¡No te pierdas las próximas desventuras de Alfredito que seguramente fueron las tuyas!)
CAPITULO I (1975-1983) (Primera parte)
Había una vez un hermoso país que era el granero del mundo; un crisol de razas; un lugar de paz y prosperidad. En ese país, vivía yo, Alfredito Argentino, un joven y modesto empresario que manejaba una pequeña fábrica textil que había heredado de mi viejo.
Tenía buen aspecto, gozaba de buena salud, pagaba puntualmente los impuestos; mi familia vivía razonablemente bien y mis empleados trabajaban contentos. Todo marchaba de forma normal hasta que llegó el Rodrigazo (Les cuento a los más jóvenes que el Rodrigazo no tiene nada que ver con el cantante bailantero Rodrigo, que en paz descanse, sino que se llamó así por Celestino Rodrigo, ministro de economía del (des)gobierno de Isabelita. A partir de ese momento, los ministros de economía pasaron a convertirse en nuestra peor pesadilla.)
El Rodrigazo fue algo así como el salariazo pero al revés.
Perdí más de la mitad de las máquinas y ahí empezaron mis problemitas de salud. Tuve orzuelos supurantes y convulsiones de 7.4 en la escala de Richter.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante!
Estuve más de dos meses en terapia intensiva, pero me dieron el alta y volví con todo a la fábrica.
Ahí me enteré que estaban los militares en el gobierno.
“Por fin”, dije yo. El país necesitaba un poco de orden. Porque acá confunden libertad con libertinaje. Y la gran mayoría pensaba como yo. Inclusive muchos políticos que los fueron a buscar y hoy se rasgan las vestiduras haciéndose los democráticos.
Además pensé: "Después del Rodrigazo, ya nada peor me puede pasar". ¡Cómo le pifié!
A mediados de los setenta apareció otro ministro de economía, que se llamaba Martínez de Hoz. ¿Lo recuerdan? Imposible olvidarlo y no precisamente por tener las orejas más grandes que las de Dumbo.
Entre otras cosas, fue el inventor de “La Tablita” (La famosa “Tablita” fue un sistema de cotización financiera ideado por dicho ministro para planchar el dólar y hacernos creer que el peso valía más que la moneda yanqui.), esa mágica varita, que mantuvo el dólar bajo mientras nos íbamos al Caribe, con el mayor desparpajo.
Fue la época de la denominada “plata dulce”. De los tours de compras y el auge del famoso “deme dos”, latiguillo ciento por ciento nacional.
Conjuntamente con eso, Don Martínez De Hoz abrió la importación, lo que produjo una avalancha de ropa proveniente de Taiwán, Corea, Hong Kong y otros lugares de Oriente que para ese entonces nos resultaban tan desconocidos como la posibilidad de vida en el planeta Neptuno.
La cosa es que la calidad de la ropa importada era malísima y después de dos lavados ya no servía ni para limpiarse el culo, pero como era barata, la gente compraba a lo pavote.
Resultado: a los pocos meses tuve que cerrar y mi fábrica desapareció.
Tiempo después me enteré que en esa época las fábricas no eran lo único que desaparecía.
Ahí tuve un colapso nervioso, se me cayó parte del pelo y me agarró piorrea crónica.
Para relajarme y aprovechando que los intereses eran el boom, me dije: "Alfredito Argentino no es ningún boludo”. Pongo la plata a laburar y vivo de la bicicleta financiera".
Entonces fui y puse toda la guita en el BIR.
Era el Banco de Intercambio Regional que al poco tiempo quebró y me dejó en pelotas. Entonces tuve varios picos de presión con 37 de máxima, que derivó en una hemiplejia recurrente. Iba y venía; iba y venía; iba y venía…
¡Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante!
(Continuará…¡No te pierdas las próximas desventuras de Alfredito que seguramente fueron las tuyas!)
viernes, 8 de agosto de 2008
HOLA, JOROBADOS Y JOROBADAS
Les doy la bienvenida a la historia de Alfredito Argentino, "El Jorobado de Argentina" (Un cuento de nunca acabar)
Es mi deber advertirle a usted, internauta, que si tiene alguna tendencia suicida, por más leve que sea la misma, no lea esta historia.
Caso contrario antes de llegar a la mitad ya se habrá tirado por el inodoro o se habrá tomado diez frascos de Valium con dos litros de insecticida.
En cambio si usted practica alguna clase de masoquismo, disfrutará esta página oración por oración, palabra por palabra.
Y si no es ni una cosa ni la otra, entonces es un jorobado igual que yo pues cualquiera sea su sexo y su edad, seguramente le ha tocado vivir algunas de las situaciones que le voy a relatar. De todas formas sería aconsejable que previamente a la lectura, realice unas sesiones de yoga,reiki o aprenda a tejer crochet.
Vale aclarar, para evitar comparaciones y posibles juicios por plagio, que este jorobado no tiene nada que ver con el famoso Jorobado de Notre Dame, ya que Quasimodo era feo pero vivía en la catedral de París y aunque este es más lindo, sufre lo mismo y encima vive en el Gran Buenos Aires.
Para que tengan una idea, hoy el Gran Buenos Aires parece un hidromasaje: salen chorros de todos lados.
Pero no nos vayamos del tema. Si lo comparamos con el jorobado de Argentina, el de Notre Dame es un ganador. Y para muestra, basta con estas comparaciones.
Pepito Cibrián montó una comedia musical sobre el Jorobado francés.
Al jorobado de acá hace años que se lo vienen montando y siempre con la misma musiquita.
Quasimodo le dio ganancias a los capos de Walt Disney.
Este jorobado le da ganancias a los capos de Wall Street.
Quasimodo convivía con las gárgolas.
Este vive con las bolas en la garganta.
El jorobado francés vivía encerrado y no lo dejaban salir a la calle.
Al de acá lo dejan salir a la calle pero solo para vender La Solidaria.
Quasimodo era tan ganador que hasta perdiendo le fue mejor que a nosotros. Claro; porque al final él pierde a Esmeralda.
En cambio acá ya perdimos las esmeraldas, las joyas de la abuela, el petróleo, las tierras, el trabajo, la seguridad, la salud, la educación, etc, etc.
Y si al Jorobado de Notre Dame lo dejaron tocar las campanas, al nuestro lo hicieron sonar.
Aclarado esto, dejo en claro también que todos los hechos sufridos por mí, son reales y cualquier parecido con la ciencia ficción, es pura casualidad.
En la próxima entrega, el comienzo de la historia allá por el año 1975.
Los espero. Y si alguien se lo pierde, que se jorobe.
Es mi deber advertirle a usted, internauta, que si tiene alguna tendencia suicida, por más leve que sea la misma, no lea esta historia.
Caso contrario antes de llegar a la mitad ya se habrá tirado por el inodoro o se habrá tomado diez frascos de Valium con dos litros de insecticida.
En cambio si usted practica alguna clase de masoquismo, disfrutará esta página oración por oración, palabra por palabra.
Y si no es ni una cosa ni la otra, entonces es un jorobado igual que yo pues cualquiera sea su sexo y su edad, seguramente le ha tocado vivir algunas de las situaciones que le voy a relatar. De todas formas sería aconsejable que previamente a la lectura, realice unas sesiones de yoga,reiki o aprenda a tejer crochet.
Vale aclarar, para evitar comparaciones y posibles juicios por plagio, que este jorobado no tiene nada que ver con el famoso Jorobado de Notre Dame, ya que Quasimodo era feo pero vivía en la catedral de París y aunque este es más lindo, sufre lo mismo y encima vive en el Gran Buenos Aires.
Para que tengan una idea, hoy el Gran Buenos Aires parece un hidromasaje: salen chorros de todos lados.
Pero no nos vayamos del tema. Si lo comparamos con el jorobado de Argentina, el de Notre Dame es un ganador. Y para muestra, basta con estas comparaciones.
Pepito Cibrián montó una comedia musical sobre el Jorobado francés.
Al jorobado de acá hace años que se lo vienen montando y siempre con la misma musiquita.
Quasimodo le dio ganancias a los capos de Walt Disney.
Este jorobado le da ganancias a los capos de Wall Street.
Quasimodo convivía con las gárgolas.
Este vive con las bolas en la garganta.
El jorobado francés vivía encerrado y no lo dejaban salir a la calle.
Al de acá lo dejan salir a la calle pero solo para vender La Solidaria.
Quasimodo era tan ganador que hasta perdiendo le fue mejor que a nosotros. Claro; porque al final él pierde a Esmeralda.
En cambio acá ya perdimos las esmeraldas, las joyas de la abuela, el petróleo, las tierras, el trabajo, la seguridad, la salud, la educación, etc, etc.
Y si al Jorobado de Notre Dame lo dejaron tocar las campanas, al nuestro lo hicieron sonar.
Aclarado esto, dejo en claro también que todos los hechos sufridos por mí, son reales y cualquier parecido con la ciencia ficción, es pura casualidad.
En la próxima entrega, el comienzo de la historia allá por el año 1975.
Los espero. Y si alguien se lo pierde, que se jorobe.
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