Si las desgracias se cotizaran en bolsa, yo sería multimillonario. Pero no… mis desgracias no se cotizan en bolsa; más bien me terminan haciendo bolsa.
CAPITULO IV ( 1999-2003 – Sèptima parte)
Como les contaba en el capítulo anterior, me gané ciento cincuenta lucas con La Poceada. Ni bien tuve los billetes en la mano, supe lo que debía hacer.
Porque Juancito argentino no es ningún boludo.
Con esa plata me iba a mandar a mudar de semejante malaria. País nuevo, vida nueva. Porque en el exterior estaba la enorme posibilidad de conseguir trabajo y a pasar al frente.
¡Qué voy a pasar! No pude sacar el pasaporte porque se había terminado el papel. En serio. No los estoy jodiendo.
Revisen los diarios viejos. En ese momento no había papel para hacer los pasaportes.
Y todo porque no le pagaban a la empresa proveedora. Eso a pesar de que cuando hacías el trámite te cobraran religiosamente el costo del pasaporte.
Digan la verdad. Este país merecería estar en Libro Guinnes porque tenemos los récords más insólitos del mundo
Yo estaba tan desesperado por irme, que le dije al tipo que me atendió que me lo hiciera con cualquier papel. Papel madera; papel araña; papel higiénico… Me daba lo mismo. Si igual yo no pensaba volver.
Pero no hubo caso y perdí todo. Pasaje, plata y hasta las ganas de seguir.
Se me cayó el ánimo y junto con el ánimo se me cayeron las últimas defensas de organismo que para esa época eran dos. Así que me vino sarampión, paperas, aftosa y celulitis. Los médicos dijeron que yo era una maravilla para la ciencia… Para la ciencia ficción.
Estuve un tiempo como perdido. Tirado debajo de un puente. Viviendo de la caridad… Hasta que un día me acordé que yo tenía un plazo fijo en dólares. Ese que había hecho con una parte de la herencia de mi tía abuela. (ver capítulos anteriores) ¡Salvado!, grité. Y me fui al Citibank a cobrarlo. ¿Adivine que fecha era? Seguro que acertó. Era el 3 de diciembre del año 2001.
Esa fecha no se la olvidan nunca más. Con el tiempo será recordada como el día del gran “choreo” nacional.
Fue como esos robos “express” a los bancos pero al revés. En dos minutos le afanaron los dólares a todos los ahorristas.
Ese día también parió una palabrita que iba a quedar en los anales de la historia argentina. “El Corralito”.
Hay que reconocer que Domingo Cavallo tuvo una imaginación tan grande como la creadora de Harry Potter. De su afiebrada mente surgieron ideas tales como “pagar el aguinaldo en cuotas”; “dolarizar”; o sea reemplazar el peso por el dólar y la famosa “canasta de monedas”
Digan que no le permitieron hacer realidad muchas de ellas que si no... Igual nos embocó “El Corralito. Y de la noche a la mañana nos “bancarizó”.
Todo había que hacerlo con tarjeta. Comprar, vender, viajar, fifar…
Lo peor es que mucha gente el único plástico que conocía era el de la cortina que tenía en la puerta de la pieza o el de la botella de gaseosa.
Y a esa gente humilde con poca instrucción que trabajaba en negro o hacía changas, Mingo le pedía que abriera cajas de ahorro; manejara claves, hiciera transferencias, sacara chequeras y se acordara del CBU.
Yo creo que hasta último momento, Cavallo creyó en serio que vivía en el primer mundo. Y la verdad es que vivía en otro mundo.
La cuestión es que yo fui uno de los primeros en ir a un banco y armar
despelote. Para que la cosa no pasara a mayores; un gerente me llevó aparte y me propuso que si no reclamaba, él usaría su influencia en el más alto nivel político para conseguirme un trabajo muy piola. Algo liviano donde me darían auto, traje y cuatro lucas por mes.
Juancito argentino no es ningún boludo.
Ese era el trabajo con el que sueña cualquiera.
¿A qué no se imaginan cuál era el trabajo? ¿Y con quién?.. Pucha, que son aburridos.
martes, 8 de febrero de 2011
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