Me salvé raspando de mi incursión en el travestismo; pero eso me hizo recapacitar. Hacía rato que no tenía una mujer a mi lado. Ni abajo, ni arriba… Ni cerca siquiera. Hasta que en mi jorobado devenir, apareció una.
CAPITULO III ( 1989-1999) (Undécima parte)
Como ya sabrán, porque es muletilla, Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Vendí regalado el departamento en la Zona Roja y con la plata aproveché para estudiar periodismo. Porque Alfredito argentino no es ningún boludo.
Yo me di cuenta de que esa era la profesión del momento.
El periodismo había pasado de ser el cuarto poder, a ser el primero.
En parte por mérito propio y en parte porque, digamos la verdad, los otros tres ya daban lástima. (Y en general lo siguen dando)
La cosa es que hice un curso super veloz y en marzo ya trabajaba de movilero en una FM trucha. Mi primera nota la tuve que hacer en la casa de Susana Giménez. No me olvido más.
Cuando llegué a la casa había un despelote bárbaro de periodistas. Pero yo tenía que conseguir la exclusiva si quería ser famoso.
Por suerte el destino me ayudó y me pude colar.
Una vez adentro, fui testigo del momento culminante de la pelea entre Susana y Huberto. Y cómo único testigo presencial les puedo asegurar que Susana no le tiró un cenicero. Le tiró dos. Uno le pegó en la nariz a Huberto y el otro me partió la frente a mí.
Por eso hasta el día de la fecha, llevo desde la frente hasta la mitad de la cabeza una prótesis de acrílico con injertos de pelo natural.
Pero volví a recuperarme y salí con una sonrisa, dispuesto a seguir peleándole a la vida.
Porque Alfredito argentino se la banca y le da para adelante.
Lo primero que hice fue ir a buscar la plata que precavidamente había dejado depositada en... ¡El Banco Patricios!
Si ya no podemos confiar en alguien de la colectividad para cuidar la guita, ¿entonces qué nos queda?
Cuando me estaba por tirar debajo de un colectivo me paró un tipo joven y bien vestido. Trató de convencerme de que aún tenía un futuro por delante y me ofreció trabajo. Pero yo ya estaba curtido.
Porque Alfredito argentino no es ningún boludo.
Primero pregunté de qué se trataba. Y resultó ser un laburo legal y fácil. Acepté y al otro día estaba trabajando de portero en Spartacus. ¡No pego una!
Cuando me dijeron que eso era un club de hombres, pensé que iban a jugar al truco, al ajedrez, al billar. Yo creía que hablaban de fútbol cuando los escuchaba decir “tomala vos, dámela a mí”. Y no quieran saber lo que sufrí para convencer a todos de que el que estaba en el video con el juez no era yo.
Terminé humillado; señalado... Y con una crisis nerviosa tal, que me salieron caries en el pie y hongos venenosos en las axilas.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
El Juez me mandó a hacer trabajos comunitarios y ahí conocí a una mujer maravillosa, dulce, amable y sencilla... los días que estaba cuerda.
Es que ella había sufrido mucho. Calculen cómo sería, que comparado con lo de ella lo mío era un pic nic de la primavera.
Por eso le dí ánimo. Le hacía notar que mucha gente estaba en la lona.
Pero que si nosotros nos esforzábamos y luchábamos sin descanso, también podríamos subir a la lona...
El amor floreció. Y es muy lindo estar enamorado. Es la vida.
Claro que también es lindo darle a la matraca. Como para reforzar el amor, digo. El problema fue cuando llegó la hora. ¿Pueden creer que no me funcionó? ¡Me quería matar!
Tanto tiempo esperando ese momento y resulta que a mi órgano sexual; a mi miembro viril, se le ocurre declararse en huelga.
Y miren que le hablé, lo amenacé, le rogué... Y nada. No se paró ni con el Himno Nacional.
La mina, que estaba muy enamorada y también muy caliente, me llevó a un médico. El tordo, ni bien me revisó, me dijo: “Disculpe, pero con todo lo que le pasó, ¿usted qué esperaba?”
“Por lo menos “uno” le contesté”
¿Pude o no pude? ¿Concreté o no? Si la duda cruel los carcome, no se pierdan la próxima entrega de EL JORONADO DE ARGENTINA
domingo, 11 de octubre de 2009
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