No paran de pasarme cosas. Cada vez que aparece una oportunidad, viene acompañada de una desgracia. No sé si soy yo o simplemente el hecho de vivir en la Argentina. Lean lo que sucedió
CAPITULO III ( 1989-1999) (octava parte)
Al final del capítulo anterior les contaba que me había comprado un taxi.
Alfredito Argentino no es ningún boludo. Yo sabía perfectamente como ganar plata en lugares donde se conseguían buenos viajes.
Mi primer día con el taxi me fui a los aeropuertos. ¡Para qué!
Primero me agarró la mafia de Ezeiza y después la de Aeroparque.
Me cortaron las cuatro gomas; me dejaron el auto con más rayas que una cebra y me pusieron ácido en el radiador. Pero como ahora estábamos en democracia, me fui a quejar a la Policía Aeronáutica, que actuó inmediatamente.
Estuve dos meses preso a pan y agua.
Por suerte, solo tuve un edema pulmonar, sarnilla y ocho uñas encarnadas. Además salí sonriendo porque Alfredito Argentino a esa altura era un poco boludo nada más.
Mi auto no servía más pero lo tenía asegurado. Preparé la carpeta con los doscientos treinta cinco papeles que te piden cuando tenés un siniestro y me presenté en las oficinas de la Compañía de Seguros.
En lugar de oficinas había un sauna. La compañía había sido liquidada el año pasado.
Resumiendo: tuve que vender el auto como chatarra y morfarme la póliza. Sin embargo Alfredito Argentino se la banca pero ya no sé hasta cuándo.
Me acordé que a un pasajero que llevé le caí tan bien que me dio su tarjeta. Lo fui a ver y ahí nomás me ofreció trabajo como ayudante suyo. Un fenómeno de tipo resultó el fiscal Lanusse.
La macana es que yo ni sabía que investigaba a la mafia del oro.
Por eso cuando esos seis tipos grandotes dijeron que nos iban a dejar un presente; yo pensé en un anillo o una cadenita. ¡Nada que ver!
¡Nos tatuaron la palabra oro!
Al fiscal en la frente y a mí en el culo. Para colmo yo sufrí más porque la bestia que me lo hizo era tan bruto que escribió “oro” con hache.
Uno de los médicos que me atendió se conmovió con mi historia y me recomendó con un tío que tenía una pizzería en Palermo.
Enganché como repartidor. La zona era muy cajetilla y empecé a recibir buenas propinas. Especialmente de un señor que vivía en Libertador al 3500 y solía pedir pizza con champán.
Era re-conocido. Se llamaba Guillermo, tenía el cabello canoso y era algo de Maradona, no me acuerdo bien qué.
Resulta que un día llevo un pedido y estaba lleno de gente. Policías, jueces, periodistas.
Pensé que era otra de sus reuniones habituales pero no; había un allanamiento. Me cazaron de las pestañas y me entraron a preguntar sobre la "merca". Los descubrí enseguida.
Alfredito Argentino no es tan boludo como parece.
Eran de salud pública y estaban investigando la pizzería.
Para quedar bien con el dueño, les dije que era "merca" de primera. Los tipos me miraban extrañados. Entonces el juez quiso saber si llevaba "ravioles". “No, le contesté. Solamente pizzas”.
Después me llevaron adentro del departamento. ¡Qué piso! Un lujo. De pronto hubo un revuelo bárbaro porque alguien encontró algo dentro de un jarrón. "No es nada, muchachos”, los tranquilicé. “Todos lo hacen. Mi abuela guardaba la postiza adentro de un jarrón".
El juez, bastante molesto, me preguntó si conocía al dueño del departamento. Yo le conté lo poco que sabía. Por ejemplo que el hombre trabajaba en Telecom o Telefónica porque oí que varios le pedían que les habilitara una línea. Además debería jugar bien al tenis porque otros comentaban: "Qué buen saque". De la que no pude dar datos fue del ama de llaves. Porque si bien muchos la nombraban, yo a esa tal "Blanca" nunca la vi.
Se ve que algo no quedó claro porque me mandaron preso a Dolores.
Les cuento que la historia sigue y hay datos y hechos que no aparecen ni en el reciente libro de Guillote.
Los espero.
martes, 19 de mayo de 2009
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