La historia continúa, mis queridos jorobados internautas. Llegaba la democracia y con ella, la esperanza de una vida mejor. ¿A ustedes como les fue? Seguro que algo (o mucho) de lo que viene les ocurrió. Que lo disfruten y hagan comentarios. Es gratis.
CAPITULO II (1983-1989) (Parte 1)
Con la llegada de la democracia comenzó mi lenta recuperación.
Más aún cuando apareció un tipo asegurando que con la democracia se come, se cura, se educa, se depila...todo.
Se llamaba Raúl Alfonsín y era radical. En buena hora. Porque yo siempre dije que los radicales han sido honestos y buenos administradores.
En cambio los peronistas siempre fueron demagogos y prepotentes. Así que yo voté a Don Raúl.
Era el inicio de una nueva esperanza y cuando hay esperanza, “Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante”.
Otra vez laburé día y noche hasta poder ahorrar unos cuantos pesos. Estaba pensando en qué invertir cuando un amigo radical me pasó el dato del traslado de la Capital. Era posta, posta. En serio.
Me lo había dicho el portero... El portero del tío, de la novia, del cuñado de la peluquera de la esposa de Federico Storani.
Je, je, je. “Alfredito Argentino no es ningún boludo”.
Enseguida vi el negocio. Me fui rajando a Viedma y compré un montón de terrenos para después vendérselos al gobierno con una ganancia del mil por ciento. Pero al doctor Alfonsín le pincharon el globo y al final los tuve que vender regalados.
La guita no me alcanzó ni para el pasaje de vuelta, así que me tuve que volver en un camión que transportaba chanchos. Ahí sufrí parálisis facial, estallido del tímpano izquierdo y un principio de triquinosis.
Si usted al leer esto se asombra, tendría que haber visto la cara de los médicos cuando me vieron salir caminando del hospital!
Es que “Alfredito se la banca y le da para adelante”
Lastima que adelante había "otro" ministro de economía, llamado Juan Sourrouille. El hombre se mandó el Plan Austral, que me dejó helado, y después el Plan Primavera, que me dejó el culo abierto como una flor. Fue por entonces cuando sufrí una mutación orgánica. Me salieron sabañones en verano y me daban golpes de calor en invierno.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante.
La manera de sobrevivir en esta vorágine inflacionaria, era dedicarse a negocios puntuales y efímeros. Es decir; que sirvieran para un momento determinado, hacer la diferencia y pasar a otra cosa.
Como estaba en marzo del 87 y se venía el comienzo de clases, me puse a vender útiles escolares en la calle. Gané unos buenos pesos y me puse contento. Por fin algo me salía bien. Estaba transitando el camino a mi recuperación. Ya nada volvería a enfermarme.
Miré el almanaque y vi que se venían las Pascuas. Para abaratar costos me alquilé una casucha en San Miguel, por la ruta 8 y puse a toda mi familia a fabricar los huevitos de chocolate.
“Alfredito Argentino no es ningún boludo”. Era un buen negocio.
Tanto había cambiado mi suerte, que un puntero político radical me ofreció comprar toda la producción y se la tenía que entregar en el comité el jueves a primera hora.
“Clinc caja, Alfredito”, me repetía una y otra vez ese jueves de abril del 87, mientras iba por la ruta 8, en un rastrojero alquilado, llevando todos los huevitos.
Cuando salieron los tanques de Campo de Mayo, me sorprendí porque no sabía que había un desfile. En cambio lo que realmente me desconcertó fue ver a esos tipos con la “cara pintada” que rodearon mi rastrojerito. Con la mejor intención me asomé por la ventanilla y les aclaré que se habían equivocado de fecha. Estábamos en Semana Santa, no en Carnaval.
¡No pude aclarar nada más! Un tanque pasó por arriba del rastrojero y me rompió los huevos, literalmente. Yo me puse loco; entré a discutir; hasta que en eso vino el milico que los mandaba, un tal Aldo Rico y me gritó: “Estamos alzados”.
“Y yo que culpa tengo”, le contesté. “Si están alzados busquen mujeres en vez de agarrársela conmigo”.
El tal Rico me aplastó en la cara los únicos huevitos de chocolate que había rescatado y me aclaró que estaban alzados contra el gobierno de Alfonsín. Ahí me avivé. Era un levantamiento militar.
Al rato cayeron tropas leales al gobierno y aquello se convirtió en una guerra de nervios. Que atacan, que no atacan. Mensaje va, mensaje viene. El país estaba en vilo, rogando que la cosa no pasara a mayores.
En eso me acerco a un general leal para contarle lo que me había pasado. ¡Maldita idea! Ni bien me vio, gritó una orden y un batallón se me tiró encima. Me dieron para tenga, guarde y archive.
Lo peor es que la culpa fue mía. Me olvidé de sacarme el chocolate de la cara y me tomaron por un “carapintada”. (Continuará… porque el Jorobado no se rendía. Y lo de Semana Santa fue como una estadía en un spa comparado con lo que sufrió después. No te lo pierdas!)
martes, 14 de octubre de 2008
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

