CAPITULO I (1975-1983) (Primera parte)
Había una vez un hermoso país que era el granero del mundo; un crisol de razas; un lugar de paz y prosperidad. En ese país, vivía yo, Alfredito Argentino, un joven y modesto empresario que manejaba una pequeña fábrica textil que había heredado de mi viejo.
Tenía buen aspecto, gozaba de buena salud, pagaba puntualmente los impuestos; mi familia vivía razonablemente bien y mis empleados trabajaban contentos. Todo marchaba de forma normal hasta que llegó el Rodrigazo (Les cuento a los más jóvenes que el Rodrigazo no tiene nada que ver con el cantante bailantero Rodrigo, que en paz descanse, sino que se llamó así por Celestino Rodrigo, ministro de economía del (des)gobierno de Isabelita. A partir de ese momento, los ministros de economía pasaron a convertirse en nuestra peor pesadilla.)
El Rodrigazo fue algo así como el salariazo pero al revés.
Perdí más de la mitad de las máquinas y ahí empezaron mis problemitas de salud. Tuve orzuelos supurantes y convulsiones de 7.4 en la escala de Richter.
Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante!
Estuve más de dos meses en terapia intensiva, pero me dieron el alta y volví con todo a la fábrica.
Ahí me enteré que estaban los militares en el gobierno.
“Por fin”, dije yo. El país necesitaba un poco de orden. Porque acá confunden libertad con libertinaje. Y la gran mayoría pensaba como yo. Inclusive muchos políticos que los fueron a buscar y hoy se rasgan las vestiduras haciéndose los democráticos.
Además pensé: "Después del Rodrigazo, ya nada peor me puede pasar". ¡Cómo le pifié!
A mediados de los setenta apareció otro ministro de economía, que se llamaba Martínez de Hoz. ¿Lo recuerdan? Imposible olvidarlo y no precisamente por tener las orejas más grandes que las de Dumbo.
Entre otras cosas, fue el inventor de “La Tablita” (La famosa “Tablita” fue un sistema de cotización financiera ideado por dicho ministro para planchar el dólar y hacernos creer que el peso valía más que la moneda yanqui.), esa mágica varita, que mantuvo el dólar bajo mientras nos íbamos al Caribe, con el mayor desparpajo.
Fue la época de la denominada “plata dulce”. De los tours de compras y el auge del famoso “deme dos”, latiguillo ciento por ciento nacional.
Conjuntamente con eso, Don Martínez De Hoz abrió la importación, lo que produjo una avalancha de ropa proveniente de Taiwán, Corea, Hong Kong y otros lugares de Oriente que para ese entonces nos resultaban tan desconocidos como la posibilidad de vida en el planeta Neptuno.
La cosa es que la calidad de la ropa importada era malísima y después de dos lavados ya no servía ni para limpiarse el culo, pero como era barata, la gente compraba a lo pavote.
Resultado: a los pocos meses tuve que cerrar y mi fábrica desapareció.
Tiempo después me enteré que en esa época las fábricas no eran lo único que desaparecía.
Ahí tuve un colapso nervioso, se me cayó parte del pelo y me agarró piorrea crónica.
Para relajarme y aprovechando que los intereses eran el boom, me dije: "Alfredito Argentino no es ningún boludo”. Pongo la plata a laburar y vivo de la bicicleta financiera".
Entonces fui y puse toda la guita en el BIR.
Era el Banco de Intercambio Regional que al poco tiempo quebró y me dejó en pelotas. Entonces tuve varios picos de presión con 37 de máxima, que derivó en una hemiplejia recurrente. Iba y venía; iba y venía; iba y venía…
¡Pero Alfredito Argentino se la banca y le da para adelante!
(Continuará…¡No te pierdas las próximas desventuras de Alfredito que seguramente fueron las tuyas!)

